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47º FESTIVAL DE BERLÍN

Ausencias místicas

Jack Nicholson, un magnífico exagerador vocacional, sobreactúa cuanto quiere en ¡Marte ataca! Es lo que le pide el director de la corrosiva farsa y no hace falta decir que Nicholson obedece encantado. Su presencia ayer en Berlín estaba anunciada y a este actor le gusta (ya lo hizo hace unos meses en Venecia) bañarse en multitudes. Pero Nicholson no vino, y es el último de un reguero de deserciones. Ni un solo rostro de Hollywood se asomó por aquí este año, cuando antes llegaban, en manada. La Berlinale ha cambiado de estrategia programadora, se ha desmarcado de las majors californianas y les ha programado con el mismo rasero que a las cinematografías de Europa. Intolerable, han murmurado los capos hollywoodenses, y sus chicos y chicas han tomado nota.Para que la obediencia no se les note demasiado, las estrellas se han excusado en una ridícula cláusula de conciencia y, quienes no han fingido estar trabajando, han proclamado su indignación mística por las dificultades legales que una secta religiosa (a la que por lo visto pertenece Tom Cruise) encuentra en Alemania. Y así de gruesa es la lista de guapas y guapos que han dejado como regalo su vacío: Winona Ryder, Sandra Bullock, Daniel Day Lewis, Joan Allen, Woody Harrelson, John Voight, Robert de Niro, Leonardo DiCaprio, Claire Danes, Meryl Streep, Diane Keaton y, ayer, Glenn Close y Jack Nicholson.

Pero en esta Berlinale, la mejor de los últimos años, no se ha notado su ausencia: son gente prescindible. La hueca mitología de que se rodean los grandes rostros del cine norteamericano ha demostrado ser aquí bastante más frágil y desmontable de lo que se suponía. Esta edición de, la Berlinale está resultando viva, brillante y, por primera vez en mucho tiempo, programada con racionalidad y armonía. No ha hecho falla para lograrlo ni una gota de glamour.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 23 de febrero de 1997