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Tribuna:

Tras la caseta

Personajes, estampas y sorpresas en la Feria del Libro de Madrid desde el otro lado del mostrador

A la caseta se accede por detrás y se comparece por delante. Mediante ese tránsito se recala en un espacio donde uno mismo se expone junto a la mercancía del libro y el autor se convierte en parte de un trato diferente al que merecería estando exento del tinglado. Exhibido allí, los amigos extraviados en el tiempo se acercan con una actitud reverencial que intimida mutuamente. Mi primera experiencia del sábado dentro del tenderete se produjo con un viejo compañero de ejercicios espirituales en Paterna, de lo cual han trascurrido unos cuarenta años. Él me recordaba a mí nítidamente y yo no lograba, pese a la alta velocidad con que rebobinaba la memoria, recobrar su cara entre un amasijo de décadas. El encuentro se saldó mal, porque a una torpe tentativa por recobrar indicios pretéritos se sumaba otra. Cuando se marchaba presumí que iba maldiciéndome.Gala, que firmaba en la caseta 361, tenía una cola de admiradoras con una longitud de 15 metros, y es él, sin embargo, quien acostumbra a maldecir a ciertas devotas a las que no vacila en llamar pedorras cuando se le acercan o de interpelarlas sobre el real interés por su arte.

Un autor de mi audiencia se cuida mucho de maldecir, y, por el contrario, todo son bendiciones para quien solicita una firma. Incluso una manada de scouts que reclamaba por doquier un autógrafo fue recibida como una benéfica lluvia. Enseguida firmé también a una joven que se llamaba Agua y a dos americanos a quienes hice repetir su spelling. Tratándose de un libro sobre Estados Unidos como es El planeta americano, siempre, como ayer, hay que intercambiar impresiones con pilotos y azafatas de Ibería, hombres de negocios o chicos con un master en Ohio. Además de departir con madres que proyectan mandar sus hijos a un camp este verano y desean que viajen acompañados de una guía protectora. Los jóvenes suelen engancharse mucho a Estados Unidos, y los, padres españoles de ascendencia izquierdista viven contradictoriamente el deseo de que sus chicos se formen allí.

Incluso Emilio Lledó, que ya está protegido de todo, me decía: "¿No dejarás bien a Estados Unidos?". El libro critica el modelo social americano, pero no a sus individuos, claro está. Una novia de un americano me pidió una dedicatoria para Steve en la que se dijera de qué modo tan inteligente se comportaría si eligiera de una vez vivir aquí. A continuación, como no había demanda, me puse a comer patatas fritas, y en eso me sorprendió una chica muy delicada que me declaró su admiración. Dijo, refiriéndose a las columnas de la última página, que me leía con mucho gusto porque mi escritura sintonizaba con el punto exacto del dial que prefería oír. Entonces tenía yo los dedos pringados del aceite de las patatas y me aturullé queriendo redactar algo que no la decepcionara. Mi esperanza, una vez acabé, fue que no entendiera la letra. Resultaba difícil saber qué punto del dial era efectivamente el suyo si tenía además que ser también el mío. Cuando se ve de frente a un lector entusiasta aumenta mucho la confusión sobre uno mismo. En peso mercantil, sin embargo, es más sencillo de distinguir, y Arturo Pérez Reverte, por ejemplo, caseta 354, sabe con claridad que es un fenómeno de masas. Pero ¿qué clase de fenómeno secreto induce a ser elegido al por menor? Esto genera una vanidad desazonante o una desazón muy fatua.

"Enciclopedias en CD ROM, ¿tiene algo?", me soltó un señor recio, y con eso atajó cualquier turbación. En ese instante mismo dejaba de ser una firma para ser un anónimo, era un mero expendedor én lugar de un autor. Gracias a estos frecuentes latigazos de feria, la normalidad se recupera, los libros recobran su autonomía y el escritor rebajado de egolatría obtiene la libertad solitaria para escribir otra vez.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de junio de 1996