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Tribuna:

A pesar del ruido

Al tiempo que España ruge como si Madrid fuera el epicentro de un terremoto, hay gente tranquila haciendo su obra como si el tiempo fuera una más de las ficciones que se oyen en las tertulias y que aparecen en les telediarios y en las primeras páginas de los periódicos.Algunos ejemplos: en una sala oscura de Valencia, Carles Alfaro ensaya en silencio el Borgia de Manuel Vicent para estrenarlo en seguida en Barcelona; José Luis Gómez prepara como un orfebre del Renacimiento el estreno de un nuevo teatro que además será escuela de arte dramático, y empezara además con Valle-Inclán, símbolo del testigo dramático que falta hoy ante la farsa creciente de la vida nacional; en una casa de la calle de Atocha, un pintor Minucioso, José Hernández, le pone genio y memoria a figuras insólitas, y pinta, además, como fábula, las puertas del Parlamento, como si éste estuviera habitado por las nubes, para ultimar la exposición que va a abrir en seguida; Juan Genovés, que durante décadas conservó la memoria del horror que vivió en la niñez valenciana, revisa su última muestra pictórica y sirve a la memoria colectiva el ejemplo de la dignidad de quien persevera en la revolución que supone aquí insistir en el recuerdo; Cristino de Vera, olvidado de Dios y ole los hombres, sale del silencio y pone sus ojos, cercados por el aro blanco que ha hecho tan misteriosa su mirada, sobre los cuadros de la antología que abre ahora en Madrid tras años de un descuido que perjudica más a los que le relegan que a su propia figura de eremita; el leonés Antonio Pereira presenta sus cuentos (Las ciudades del Poniente, premio Torrente Ballester; Anaya-Muchnick) y lee uno de ellos en público en el Círculo de Bellas Artes ("algunas veces amigo del obispo..."), con la ausencia sentida de Torrente, representado en el acto por un espléndido re trato de Álvaro Delgado: a pesar del ruido exterior, de los telediarios y de las series, van a escuchar a Pereira cerca de cuatrocientas personas; en Segovia, a pesar del frío, y de la distancia que el ruido de Madrid impone a sus periferias, unos jóvenes siguen montando tertulias para hablar de literatura; Javier Gurruchaga insiste en ser él mismo una orquesta y después de su paseo periférico se enfrenta a los colmillos retorcidos de Madrid: sale invicto; Pedro Almodóvar desafía la quietud del éxito y apuesta de nuevo por el riesgo de rodar, y lo hace como quien empieza siempre de nuevo; un montón de poetas escriben versos y miles de músicos componen frente a las compuertas de la indiferencia; y contra el viento y la marea, un hombre. tranquilo, y perplejo, insiste en defender lo clásico frente a las olas y a las mareas de la moda del tiempo. Es Adolfo Marsillach.

Mucha gente trabajando a pesar del ruido. Y Marsillach entre ellos. Estrenó anoche (El médico de su honra, Calderón de la Barca) al lado de su despacho, en el Centro Nacional Clásico, que dirige desde hace ocho años. Su despacho está, en efecto, al lado del teatro de la Comedia, rodeado de sastre rías y de bares antiguos; desde que ponía en escena a los clásicos griegos y latinos hasta ahora que se atreve con los clásicos españoles, Marsillach siempre ha parecido el mismo hombre tranquilo capaz de razonar en medio) de las tempestades. In sistiendo en el verso, y en el verso clásico, Marsillach ha crea do una escuela, y ahora mira desde esa altura media que da la satisfácción de haberlo hecho con la perplejidad del que des conoce si la sociedad quiere lo que él y su equipo están ha ciendo en esta atmósfera de silencio que él mismo simboliza.

Con la paciencia de un portero de fútbol, Marsillach insiste; la vida le ha dado una enorme capacidad de espera, y el resultado de esa actitud se observa no sólo en los años que han pasado, sino en los escuetos pasillos que dan a su despacho, rellenos de programas de esos montajes clásicos que han mantenido la bandera desleída de los clásicos abierta en me dio de la capital del ruido. Con sus manos depuradas por la edad y por la pulcritud de los tipos bien organizados, Marsillach sigue diseñando escenas para otros y pensando en la mejor manera de respetar el espíritu de los clásicos; para ver si se inquietan las aguas del espectador español y sigue atrayendo hacia su teatro a los que aún creen en la palabra dicha en escena, este catalán trasterrado monta a Calderón, pero ya tiene a Molière en la cabeza. Lo hace, decimos, con paciencia, pero con la conciencia del que sabe que en cualquier momento el terremoto de nieve también le da al teatro clásico el aire helado de las nuevas zarzuelas. Pero, en fin, como portero no fue malo, así que sigue teniendo ese aire paciente que tuvieron los monjes cuando las tempestades duraban siglos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de enero de 1995

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