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Entrevista:

"Ahora soy tan sólo un espectador"

A los 85 años, Francisco Ayala vivió el pasado mes de noviembre en Nueva York dos experiencias dramáticamente opuestas: gravemente enfermo, con riesgo para su vida, el escritor granadino recibía en el hospital donde le trataban una pulmonía la noticia de que había recibido el Premio Cervantes de Literatura. El médico le había dicho ese mismo día que tenía que tomar en cuenta la seriedad de su estado y le había prohibido incluso las llamadas telefónicas. Hubo una excepción, y el ministro de Cultura, Jordi Solé Tura, traspasó el cordón sanitario para comunicarle que había ingresado en la nómina de los galardonados con el premio principal de las letras españolas. "Pudo haber sido un premio póstumo".

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Una vez repuesto y de regreso a España, Ayala da la impresión de que por él no ha pasado ninguna tormenta.Pregunta. ¿Cómo está ahora?

Respuesta. Estoy bien, estoy repuesto. Fue un contratiempo muy fuerte de salud y ahora me he restablecido. Como yo digo a veces, esto ha sido un aplazamiento. Como cuando a uno lo condenan a muerte o a otra cosa y se pospone el cumplimiento de la sentencia.

P. ¿Qué pasó exactamente?

R. Una pulmonía que se complicó con una neumonía y estuve muy mal. Coincidió precisamente con la noticia del Premio Cervantes, que me dio el ministro por. teléfono mientras yo estaba en el por momento. Por fortuna, me fallaron muchísimas Cosas en esos momentos de gravedad, pero nunca me falló la cabeza y pude tener una conversación coherente con él.

P. ¿Qué impresión da una noticia, de ese carácter dada en un momento de salud tan delicado para el que la recibe?

R. La verdad es que está uno entre la vida y la muerte y pensando si va a seguir o no viviendo, y todas estas cosas palidecen frente a ese panorama. Se trivializa todo.

P. ¿Qué piensa uno de la vida en ese momento en que todo parece incierto e inseguro?

R. A la edad que tengo, y probablemente a causa de mi visión del mundo, ésa es una perspectiva que está ahí permanentemente y que a la edad de 85 años hace que uno piense que ya es tiempo. No pasa nada. Es lo normal.

P. ¿El Cervantes ha sido la mayor satisfacción profesional de su vida como escritor?

R. La mayor satisfacción como profesional es la de tener la suerte de encontrarme con una crítica buena, que me muestre una percepción de lo que he escrito y, a través de eso, de mi propia personalidad. Y esa satisfacción la he tenido muchas veces en mi vida, y a raíz del Cervantes precisamente tuve una: el artículo que sobre mí escribió en EL PAÍS Ángel Fernández-Santos, que me ayudó y conmovió.

P. ¿Por qué cree que le dieron el Cervantes?

R. En las circunstancias en que se me dio, es decir, sin haber hecho yo nada, porque yo no me muevo para estas cosas, supongo que fue porque consideraron que ya era tiempo de considerar una labor como la mía. Supongo.

P. Su premio y su enfermedad coincidieron mientras estuvo usted en Nueva York. Ya repuesto, de Vuelta a España, ¿cómo encuentra este país?

R. He regresado en unos días de vacaciones y da la impresión de que hoy en día en España las vacaciones suceden todos los días. Me he encontrado con un país que hace una pausa, que, por otra parte, me resulta muy conveniente porque no estoy todavía en condiciones normales. La verdad es que España ha tenido un despliegue muy importante a nivel internacional: ha dado un salto tremendo. Posiblemente, la sociedad no ha asumido eso todavía, y eso se nota en ciertos elementos de irresponsabilidad que hay en la vida cotidiana.

P. ¿Qué cree que queda de la España del pasado inmediato?

R. Yo creo que ha cambiado el país muchísimo. Y, como ocurre con todos los cambios, para bien y para mal. Unas cosas son ventajosas, y otras, no tanto. Pero España ya no se parece para nada a la de hace poco tiempo, y no digamos a la antigua.

P. ¿Cuáles son los indicios de cambio?

R. La vida es mejor, a pesar de que existan esos márgenes que en gran parte son abultados y en gran parte son permanentes por la propia condición humana: hay mucha gente que es marginal no porque la sociedad los haya empujado, sino porque ellos se marginan. ¿Aspectos negativos? La gente trabaja menos, no asume responsabilidades... Hay, además, en la sociedad española actual un aspecto de insolencia, de actitud de nuevos ricos que también figura como un elemento de desmejora. Pero la vida es colectivamente muchísimo mejor.

El temible 92

P. Usted ha inaugurado en España su propio año 1992. ¿Cómo se enfrenta a los tópicos y a las realidades de esta fecha?

R. La perspectiva es temible. Hay que temblar un poco ante el futuro inmediato. Vamos a ver cómo sale todo.

P. ¿No cree que la vocación europea que parece animar a los políticos españoles nos está alejando de América Latina?

R. No lo creo en absoluto: la apertura de España es a todo el mundo, y a América Latina en especial, por supuesto.

P. En los últimos tiempos se reitera mucho que éste es un país que convive con la corrupción como si fuera natural. ¿Usted lo percibe así?

R. No, no tanto. Yo nací en un periodo muy excepcional, cuando no había corrupción administrativa prácticamente: los ministros perdían dinero, e incluso algunos se arruinaban por serlo. Poco antes, sin embargo, hubo una corrupción galopante, que fue extraordinaria en la época de los Austrias, donde se produjo un robadero espantoso por parte de los administradores públicos. Cuando la República, de nuevo, hubo el escándalo del estraperlo, del que la gente no se acuerda ya: un ministro hizo una concesión para una máquina de juego y le regalaron un reloj de oro. Ahora parece que regalan otras cosas a los administradores del bien público... Durante el franquismo la corrupción era lo normal: no sólo se daba en la Administración, sino que se filtraba a toda la sociedad, lo que producía un ambiente de inmoralidad general del que la gente no hablaba, porque aquello era una dictadura. Ahora se habla de eso, y se infla, además. Porque hay acusaciones que luego no responden a nada en realidad.

P. ¿Qué le mantiene tan alerta?

R. Eso es cuestión de las ganas de vivir que uno tenga o no. Hay gente que se echa al surco en seguida y hay gente que seguimos con los ojos abiertos.

P. ¿Y qué le preocupa más de la vida que ve alrededor?

R. Yo ya soy un espectador. Me preocupa todo y nada. Personalmente no me preocupa nada.

P. ¿Y como espectador?

R. El mundo en general. Europa, el futuro. Pero, personalmente, ¿a mí qué?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de enero de 1992

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