Editorial:Editorial
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Más cerca de la paz mundial

LA DRÁSTICA y unilateral reducción del arsenal atómico norteamericano anunciada ayer por el presidente George Bush es la oferta de paz de mayor relieve efectuada desde el final de la Il Guerra Mundial. Con ello, el mundo puede encarar con realismo el intento de construcción de un sueño largamente anhelado: un planeta en el que la paz tenga más peso en la vida diaria que la guerra, con los efectos beneficiosos que tal apuesta puede tener en el desarrollo y en el bienestar de la humanidad entera.Repatriar y destruir todas las cabezas nucleares de corto alcance; desmantelar todo el armamento nuclear táctico, incluyendo misiles de crucero instalados en buques y submarinos; cancelar los misiles atómicos de corto alcance y la alerta de todos los misiles intercontinentales, así como la de los bombarderos estratégicos; abandonar los planes para instalar sobre plataformas móviles el misil MX de 10 ojivas nucleares y proponer a la URSS un acuerdo para eliminar todos los misiles balísticos intercontinentales (ICBM) de cabezas múltiples son, a grandes rasgos, las bases de la espectacular oferta norteamericana.

La oferta ha sido especialmente bien recibida por la URSS, cuyas dificultades económicas y políticas exigen la concentración de todos los medios económicos propios y ayudas exteriores sin desviaciones apreciables en gastos de defensa. Así lo confirmó ayer el presidente Gorbachov. En el ámbito occidental, la respuesta ha comenzado a producirse en concordancia con los planes de Bush. El Reino Unido ya se sumó al nuevo ritmo de desarme; Francia -presumiblemente- hará lo propio, y el resto de los países desarrollados aprobará sin reservas una iniciativa unilateral, básicamente por dos razones: en primer lugar, porque Europa, precisamente desde el final de la II Guerra Mundial, fue el escenario clave en la acumulación de armamento nuclear de corto alcance, pero también porque toda plasmación práctica de la eliminación de tensiones entre bloques -hoy ya formalmente inexistentes- comporta una mayor liberalización y flexibilidad presupuestaria, una mayor capacidad de reinvertir buena parte de las partidas presupuestarias nacionales de defensa en planes y objetivos estrictamente civiles.

La propuesta del presidente Bush es, en alguna medida, la guinda de un ambicioso y complejo pastel que comenzó a gestarse en 1972 con la firma del acuerdo SALT I sobre instalaciones estratégicas y cuya consolidacíón se inició en 1981 con las conversaciones sobre desarme de armas estratégicas de largo alcance. Los hitos de este largo proceso han sido los tratados de Washington (1987) - de reducción de armamento nuclear de corto y medio alcance-, el de París (1990) -de desarme convencional en Europa-, y sobre todo la firma del Tratado sobre Reducción de Armas Estratégicas (START), realizada a finales de julio en Moscú, durante la cumbre de Bush y Gorbachov, y que supuso la reducción del arsenal estratégico de ambos países en un 30%.

Si ya en Moscú se había comenzado a hablar de la conveniencia de iniciar un START II, el fallido golpe de Estado del 19 de agosto y el espectacular derrumbe del régimen comunista que conllevó su fracaso modificaron sustancialmente las relaciones internacionales. La credibilidad de un hipotético choque entre la URSS y EE UU perdió cualquier tipo de justificación ideológica, moral o militar, afianzando la convicción de que es innecesario proseguir una carrera nuclear costosa y arriesgada. El presidente Bush, con su oferta, acaba de demostrar su confianza en un mundo menos agresivo, aunque no falten conflictos concretos -Oriente Próximo, Yugoslavia...- y puedan surgir otros nuevos. La novedad, la muy importante novedad, es que su resolución puede y debe encararse desde los mecanismos democráticos: las presiones, mesas de paz, potenciación del papel de las Naciones Unidas, todo aquello que permita recuperar también, y a todos, la confianza en el género humano.

El resto de los dirigentes mundiales tendrá que plantearse el futuro inmediato de todas las secuelas que aún quedan de un mundo bipolar que ya no existe ni siquiera en las estadísticas de armamento. Desaparecido el Pacto de Varsovia y sin grandes amenazas previsibles, un organismo como la OTAN deberá replantearse sus fines, al tiempo que emerge la CSCE como un foro en el que pueden debatir y entenderse cuantos hasta ayer se veían como enemigos. Europa tendrá que decidir sus mecanismos de defensa (propios o integrados en Naciones Unidas) desde la funcionalidad, no desde esquemas ya superados.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0028, 28 de septiembre de 1991.

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