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Tribuna:

De los terrores nazi y estalinista

En los últimos años, la rehabilitación oficial soviética de miles de personas ejecutadas por Stalin y las renovadas manifestaciones de antisemitismo y nacionalismo violento en muchas partes de la URSS y Europa, tanto oriental como occidental, me han recordado las purgas nazis y estalinistas que tuvieron lugar en los años 1935-1952. No es que las hubiera olvidado, ya que recibieron una prominente atención en mis clases de historia europea del siglo XX entre 1950 y mi jubilación en 1983. Ahora que la democracia, con todos sus defectos, ha triunfado en Occidente, y se ha convertido en la norma a seguir en toda la zona dominada por el socialismo real hasta 1989, podría parecer que dichos recuerdos carecen de relevancia para el futuro europeo, pero, por el contrario, pienso que sería peligroso que la generación actual, pragmática y aburrida por la política, sea incapaz de reconocer los excesos de los que es capaz el ser humano cuando se exacerba su sensibilidad religiosa, nacional y de clase.Hitler llegó al poder con el apoyo de cerca de una tercera parte de los votantes alemanes, como portavoz de su perfectamente comprensible resentimiento por la cláusula del Tratado de Versalles que proclamaba que la agresión alemana había sido la única causa de la I Guerra Mundial. Hitler era una persona que podía hacer que la venganza y el racismo sonasen como el noble heroísmo del inocente y ultrajado pueblo alemán. Se habría librado de judíos y gitanos, envenenadores de la sangre alemana. Habría conquistado Polonia y Ucrania para dotar de tierras de labor a la población aria, supuestamente superior desde el punto de vista biológico a los eslavos, que accidentalmente vivían en dichos países. Silenció a la izquierda internando en campos de concentración a todos los diputados socialistas y comunistas y a los líderes sindicales. En la súbita purga de disidentes llevada a cabo dentro de sus propias filas, se encargó de asesinar personalmente a uno de sus primeros partidarios, y jefe de las tropas de asalto, Ernst Röhm.

Los motivos soviéticos no eran tan crudos como el racismo /nacionalismo nazi. Lenin, el indiscutido líder del régimen soviético hasta su muerte, en 1924, había asesinado a cientos de personas, por crímenes diversos, reales e imaginarios, por lo que, en realidad, no había falta de precedentes en las deportaciones y asesinatos de Stalin, salvo su escala cuantitativa y la insana paranoia mediante la que se justificaba. La paranoia adoptó tres formas principales, la primera de las cuales se refería a la resistencia de los agricultores a la colectivización. Entre 1930 y 1933, Stalin creyó que millones de granjeros ucranianos, moderadamente prósperos, estaban, de hecho, determinados a matar de hambre a las ciudades. Deportó a Siberia a varios millones de ellos, colectivizó el 95% de su tierra y confiscó lo que quedaba del ganado, que habían sacrificado como resistencia desesperada a su política.

La segunda forma de paranoia consistió en creer que cualquier accidente que pudiera suceder en la Unión Soviética, en proceso de rápida industrialización, no eran en realidad accidentes, sino sabotaje. En 1930 organizó el primero de los muchos juicios espectáculo, en los que los acusados eran en su mayoría ingenieros que salvaban sus vidas efectuando las adecuadas confesiones y siendo deportados fuera de Rusia. En los juicios de las purgas de 1936-1938, varios de los principales demandados fueron acusados de sabotaje industrial o económico, y llegaron a confesar solemnemente cosas como haber construido deliberadamente albergues para obreros en zonas a las que el viento transportaba emanaciones venenosas procedentes de las fábricas.

La tercera forma de paranoia consistió en la idea de que los líderes rivales del partido habían tramado asesinar a Lenin, y estaban entonces tramando su propio asesinato. Dado que había enviado al extranjero pelotones de ejecución para asesinar a los opositores (el más famoso de los cuales fue León Trotski, asesinado en México), y que casi con toda certeza había dispuesto el asesinato de Serguéi Kirov, crimen que desencadenó las sangrientas purgas de 1935-1938, es posible que creyera que Zinoviev, Karnenev, Bujarin y otros estuvieran tramando su asesinato.

Lo que resulta más importante y más preocupante para mí en este artículo es que una elevada proporción de mis compañeros de universidad, así como otros amigos con los que cooperé en la causa de la ayuda a la España republicana, y una gran cantidad de los brillantes y personalmente encantadores estudiantes a los que conocí en Francia entre 1950 y 1952, aceptaron la veracidad de las "razones" de Stalin, y sólo perdonaron mi incredulidad porque apoyaba las mismas causas democráticas de izquierda que ellos.

Tenía otro grupo de amigos y compañeros de clase que estaban hechizados por el aspecto folclórico, y por la limpieza y eficacia tradicional, de la Alemania nazi. Hitler plantaba árboles, construía magníficas autopistas, proclamaba la "fuerza a través de la alegría", tanto en los campamentos infantiles de verano como en los campos de concentración. Entre 1933 y 1939, muchos cristianos viejos a los que yo conocía, especialmente si les gustaba el alpinismo y los trajes regionales, y si les gustaban las leyendas nórdicas, se sentían en casa en la Alemania nazi. Simplemente, se negaron a creer en la existencia de los campos de concentración y culparon de los motines antisemitas a grupos marginales incontrolados. Durante la II Guerra Mundial, muchas de estas personas se negaron a creer en el genocidio hasta que los ejércitos soviético y aliado conquistaron los campos de exterminio auténticos, en cuyo momento contemplaron los restos de las cámaras de gas venenoso y los hornos crematorios y conocieron a los esqueléticos supervivientes.

Durante la mayor parte de mi vida adulta, me he preguntado a mí mismo cómo personas normales, decentes e inteligentes podían haber sido tan ciegas ante la evidencia, la mayor parte de la cual había sido publicada en su momento por los mejores periódicos europeos y americanos, y que fue ampliamente confirmada a finales de los cuarenta y en los cincuenta por las autobiografías de quienes habían escapado de los campos de prisioneros nazis o soviéticos. Sin ninguna pretensión de exhaustividad, yo sugiero las siguientes posibles razones:

El comunismo soviético y el nazismo eran literalmente religiones para la mayoría de sus líderes, así como para una elevada proporción de los militantes del partido. Si éstos eran individuos decentes y moderados en su vida privada, eran incapaces incluso de la hipótesis de que su causa pudiera estar manchada por un asesinato de masas. En el caso de los militantes de la línea dura y más combativos, si compartían los odios de Hitler, o la paranoia de Stalin, quitarían importancia al grado de violencia, proclamando al mismo tiempo que las víctimas, salvo en el caso de errores lamentables (como ocurre a veces con ETA), eran criminales políticos que debían ser liquidados en aras de los elevados intereses de la edificación del socialismo o de la purificación de la nación / raza, según el caso. En lo que respecta a todos los creyentes dogmáticos en causas sagradas, nunca se debe minusvalorar la capacidad humana para la autodecepción, debiéndose observar con aprensión cómo dichas autodecepciones conducen a la autofervorosa violencia.

Afortunadamente, en el mundo europeo de nuestros días, aquellos que predican ideologías fanáticas carecen del inmenso poder de organización y del control político que caracterizó a los Gobiernos nazi y estalinista. Pero para que nunca puedan tener de nuevo dicho poder es esencial que los demócratas políticamente conscientes se pongan a trabajar de manera militante, ferviente y continua en nombre de la tolerancia, de la democracia internacionalista y de los derechos humanos.

es historiador.Traducción: I. Méndez y E. Rincón.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 23 de julio de 1991