Temor egipcio al feroz FMI
La posguerra sitúa a Mubarak contra las cuerdas del descontento

La euforia de los éxitos internacionales cosechados por Egipto durante la crisis del golfo Pérsico ha desaparecido con el fin del Ramadán. Al concluir ese periodo de letargo político y social, la desastrosa situación económica interna ha enfrentado al Gobierno de Mubarak con las exigencias del Fondo Monetario Internacional (FMI).
Para evitar en lo posible el descontento, el presidente Mubarak ha anunciado una inminente remodelación ministerial. El Gobierno egipcio lo ve claro: tiene que incrementar sus ingresos para reducir el déficit público. Por tanto, y de acuerdo con el programa de reformas propuesto por el FMI, ha anunciado una serie de aumentos de precios y un nuevo impuesto de ventas del 10%. Sin embargo, la Asamblea del Pueblo (Parlamento) se ha opuesto a la mayoría de las subidas. El coste social de esas medidas es demasiado alto.Para los ciudadanos más avispados hay algo que no encaja. La prensa oficiosa da por concluido el acuerdo con el FMI, una larga batalla que dura años, al mismo tiempo que asegura que los aumentos de precios no han sido aprobados. O lo uno, o lo otro, porque ambas premisas son incompatibles. La adecuación de los costes de los productos subvencionados a su valor real es uno de los principales- requisitos del organismo internacional para refinanciar la cuantiosa deuda exterior egipcia.
Y ahí radica precisamente el problema, en que la mayoría de los productos básicos están subvencionados por el Estado, en una costosa herencia de la experiencia socialista emprendida por Nasser. En el presupuesto presentado por el Gobierno para el nuevo año fiscal que comienza en julio, la partida destinada a subsidios todavía representa un 13,76% del total, es decir, 7.500 millones de libras egipcias (unos 225.000 millones de pesetas).
La mayoría de los sueldos del país no pueden afrontar la subida de un 35% que, por ejemplo, se anuncia para la electricidad. El Gobierno lo sabe, y por ello ha negociado con el FMI una aplicación escalonada de la reforma. De lo contrario, podría enfrentarse a una nueva revuelta del pan. Resta saber si su ritmo será lo bastante lento como para no abrir fisuras en una sociedad estancada y a la que, por la burocracia, le cuesta abrirse a la economía de mercado que se desea potenciar.
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