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Tribuna:EN EL ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE UN MAESTRO DE HISTORIADORES

Jesús Pabón: recuerdo y homenaje

El autor glosa en este texto la figura del historiador Jesús Pabón, al que considera un maestro no sólo por la ejemplaridad de su trabajo, sino también por su conducta como persona. Su sentido ético de la vida y el trabajo, su autenticidad, deberían ser el norte, en opinión del autor, de las nuevas generaciones.

Debía yo este artículo a EL PAÍS desde hace 15 años: me explicaré.En abril de 1976, recién regresado a Madrid de unas breves vacaciones en Mallorca, y cuando aún no había deshecho la maleta, recibí una sorprendente llamada telefónica: me pedían, desde la redacción del diario EL PAÍS, cuya aparición inmediata se anunciaba entonces, un artículo necrológico dedicado a don Jesús Pabón. que acababa de ser ingresado en la clínica Primero de Octubre en estado gravísimo. Como se trataba de una muerte anunciada, el director del nuevo periódico quería disponer de mi artículo con urgencia. Sino que al pedirme esta colaboración, y sin sospecharlo, me transmitía la primera noticia de una desgracia que, dados los lazos de afecto que me unían con el historiador moribundo, me afectó profundamente. Reaccioné con cierta aspereza, aferrándome a la esperanza y negándome a redactar la necrología que se me pedía en vida de mi maestro.

Don Jesús murió el 26 de abril. Entonces y después escribí, en diarios y revistas, sobre el hombre y su obra; lo hice también en mi discurso de ingreso en la Real Academia de Historia -donde me tocó, por cierto, heredar su medalla, la número 12-, y en los tomos de homenaje que la Universidad Complutense hubo de dedicarle. Pero no envié a EL PAÍS el artículo que el gran rotativo me pidiera antes de nacer. Ahora, a los 15 años del doloroso trance, pienso que es el momento de recordar al viejo maestro y amigo, y de cumplir con EL PAÍS un compromiso que entonces no quise contraer.

La Figura y la obra de Jesús Pabón han estado siempre presentes -estímulo y ejemplo- tanto en mi trabajo como en mi conducta personal. Sin afanarse nunca en tener discípulos, captaba Pabón, indefectiblemente, el interés y el entusiasmo de cuantos acudíamos a sus clases, en aquella menguada facultad de los primeros años cuarenta. Alguna vez he dicho que el secreto de su éxito como profesor estaba no sólo en la precisión y claridad expositiva, matizadas de gracejo típicamente andaluz, sino en el hecho de que sabia transformar, desde ángulos de enfoque inéditos, lo que veníamos aceptando a través de tópicos repetidos sin discernimiento: porque él era antitópico por encima de todo. En sus libros hacía gala de una prosa sumamente expresiva, escueta -fruto de su fecunda experiencia en el periodismo-, cuya elegancia radicaba en la transparencia y en la ausencia absoluta de retórica.

Después de su muerte no faltarían quienes, con la pretensión de estar muy al día metodológicamente, tachasen su obra de historiador de excesivamente centrada en "lo político", y de atenerse a un positivismo superficial -el de la llamada "historia externa".

Historia política

Ciertamente, Pabón cultivó siempre con preferencia la historia política. Ahora bien, las actuales corrientes historiográficas, de vuelta ya de las construcciones basadas en estadísticas más o menos fiables y de los pedantes "análisis del entorno" con pretensión social -de corte marxista, por supuesto-, le dan hoy plenamente la razón: la historia política vuelve a entenderse como axial para la comprensión del pasado histórico. Y, desde luego, Pabón no hizo nunca eso que entendemos por "historia positivista" -según la practicaron ilustres y obsoletos maestros de comienzos de siglo-: aquella historia atenida a la fijación de datos objetivos pero desprovista de ideas -que es lo mismo que decir desprovista de vida: algo así como un cadáver en formol-. Precisamente lo que hizo sugestivo -y sigue haciendo actual- el modo de historiar de Pabón era la brillantez de las ideas que bullían en sus textos, penetrando en la realidad de los acontecimientos abordados a través de una iluminación deslumbradora y de una intuición humanista. Pero nunca hacía afirmaciones en el aire: tanto cuando cultivaba el ensayo -caso de su espléndido libro Las ideas y el sistema napoleónicos o de Bolchevismo y literatura o de Los virajes hacia la guerra- como cuando hacía historia estricta -en sus tres volúmenes dedicados a Cambó: de hecho, una reconstrucción no superada del primer tercio de nuestro siglo-, Pabón abrumaba por el enorme esfuerzo erudito en que apoyaba una exposición sumamente ágil y original, animada con citas oportunísimas que servían para definir de un solo trazo situaciones o personajes. Tenía, por otra parte, una cultura y sensibilidad literarias poco comunes -y que brotan en sus libros, grandes y pequeños: en Cambó, en Bolchevismo y literatura, en su monografía sobre El drama de mosén Cinto (su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia)- y una agudeza psicológica que le permitía entender desde dentro las razones de unos y de otros. La clave de su criterio objetivo estaba precisamente en ese desdoblamiento cordial del propio yo, que permite captar la esencia del otro y que es todo lo contrario del alejamiento gélido en que los positivistas cifraban su presunta objetividad.

Las cualidades del historiador se entendían mejor tratando al hombre. Me he referido a la doble ejemplaridad de Pabón: la de su trabajo intelectual, la de su conducta como persona. La realidad penosa que nos rodea y ahoga -el olvido de la ética tradicional (que no convencional), la moral del éxito, la relativización de los valores espiritualesme hace añorar de continuo el firme asidero de los criterios jamás abandonados por Pabón; la fidel Idad insobornable que siempre mantuvo a sus convicciones, a su ideario político. "Soy, redondamente, español, católico y monárquico", escribió en cierta ocasión; pero es importante señalar que esto lo decía para que nadie juzgase torcidamente su objetividad al enfocar la revolución bolchevique. Le molestaban extraordinariamente las definiciones apriorísticas (los encasillamientos), de que por cierto resultó él víctima más de una vez.

Cierto joven escritor y, periodista fue a entrevistarle en su domicilio de El Viso (que no era, por cierto, propiedad suya). Empezó su reportaje - para poner en situación al lector- diciendo que le había abierto la puerta una doncella de uniforme y cofia: y encuadró, desde luego, a Pabón como "conservador". A don Jesús le indignó lo primero, por su notoria falsedad; jamás había habido en su modesto hogar "doncellas con cofia". Y en cuanto a lo segundo -su "encasillamiento"' como conservador- replicó (en su prólogo al segundo tomo de Cambó) de esta forma: "No creo ser, ni haber sido, en la vida o en la obra, exactamente un conservador. Sí, de modo más preciso, un moderado. Ya sé que la designación, entre nosotros, resulta equívoca. Pero no es dificil devolverle su signíficado original e histórico, que opuso la moderación a la exaltación". Para ilustrar estas palabras, Pabón acudía a una definición nada menos que de Azaña: "La moderación, la cordura de que yo hablo, estrictamente razonables, se fundan en el conocimiento de la realidad, es decir, en la exactitud. Estoy persuadido de que el caletre del español es incompatible con la exactitud... Nos conducimos como gente sin razón, sin caletre...".

Autenticidad

Esa exactitud a que Azaña aludía podría traducirse por autenticidad. Y era la autenticidad -valor muy poco cotizado hoy- lo que mejor caracterizaba a Pabón. En el mismo prólogo a que antes me he referido, pudo decir con entera razón: "Me vi una y otra vez, como todos los hombres de mi tiempo, en la onda de la exaltación carpetovetónica, pero nadie me vio arrebatado por ella, en el esfuerzo por ampliarla o por aprovecharla. No necesito compensarla con una exaltación de signo contrario, ni hacer penitencia de las convicciones para librarme de culpas". La autenticidad del hombre es la que estaba presente en el historiador, avalando su obra. "Vuelvo sobre todos mis libros", escribió en otro lugar, "y aquí y allá desearía rectificar un concepto erróneo, retirar un juicio desacertado, ampliar las insuficiencias, mejorarlo todo o hacerlo menos malo; pero, dedicados al estudio de una historia reciente y producidos en situaciones privadas y públicas bien distintas, no hallo en ellos lo que me sonrojaría: el sacrificio del pasado al presente, la subordinación de lo narrado al momento de la narración".

En nuestro tiempo, hablar de maestros apenas tiene sentido -la jubilación anticipada los ha desterrado de la Universidad-. Hablar de caballeros suena a Edad Media. Para recuperar un sentido ético de la vida y del trabajo, una autenticidad que debiera ser el norte de las nuevas generaciones -las juventudes españolas de hoy, ablandadas por el hedonismo, desarraigadas y quebradizas como rama al viento-, nunca estará de más Volver la mirada a casos de ejemplaridad impoluta como el que encarnó en vida Jesús Pabón. A sus discípulos nos corresponde evocarlo, al paso que se ahonda nuestra nostalgia por su irremediable ausencia.

He aquí lo qye yo tenía que decir en EL PAÍS, 15 años después de que EL PAÍS me diese la palabra.

Carlos Seco Serrano es miembro de la Real Academia de la Historia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 26 de abril de 1991