El último de los clásicos

Los profesionales del cine con frecuencia solían considerarlo uno de los mejores, un maestro, incluso el maestro por excelencia. Entre los cinéfilos, en cambio, aunque su figura era respetada, David Lean no solía despertar tanto entusiasmo, y se le catalogaba más entre los c¡neastas de oficio que entre los cineastas de talento, lo que no es justo, ni exacto.Es cierto que algunas de sus películas han sido dañadas por el tiempo, pero también es cierto que otras se han beneficiado de él. Por ejemplo Grandes esperanzas y Lawrence de Arabia, que son dos obras entre sí antitéticas y sin embargo se percibe en ellas una intensa continuidad formal, pese a las décadas que las separan. Había en Lean una pronunciada voluntad de estilo, y en ocasiones esta voluntad logró instantes de paradójica originalidad, pues venían de un cineasta clásico, que buscaba ante todo la transparencia.

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Otras películas suyas, que como todas fueron enormes éxitos de taquilla, erosionadas por el paso del tiempo, son Breve encuentro, El doctor Zhivago y El puente sobre el río Kwai. Pero nadie puede negarles una extraordinaria brillantez.

Y es esa rara combinación entre el narrador ortodoxo y el estilista -recordemos la escena del cementerio en Grandes esperanzas; la del pozo del desierto y la del Yunque del Sol de Lawrence de Arabia; y la formidable actuación de Katherine Hepbum en Locuras de verano- el rasgo que mejor describe la maestría de este cineasta, tal vez el último de los clásicos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 16 de abril de 1991.

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