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Crítica:FESTIVAL DE OTOÑO

El inequívoco signo de una coreografía

Juan Carlos García -vasco de nacimiento, formado en Barcelona y madurado al calor de la nueva danza francesa y de los viejos maestros americanos- se ha convertido, en los cuatro años que lleva dirigiendo su propio grupo, Lanónima Imperial, en el valor más sólido de la joven danza contemporánea española.Su último espectáculo, KaiRós, presentado el viernes en la Sala Olimpia en el marco de¡ Festival de Oto flo de Madrid, no sólo confirma lo que ya anunciaban claramente Eppur si muove y Cástor y Pólux, sus obras anteriores -un aliento creador considerable, una visión risueñamente irónica, que le permite jugar con casi todo y le salva de la pedantería y uña seguridad, quizá más aparente que real, en el manejo de los materiales de danza-, sino que supone un paso importante en su afirmación como coreógrafo.

La nónima Imperial

KaiRós. Coreografía: Juan Carlos García. Música original de Leo Mariño y Víctor Nubla, con fragmentos de Haydn y Monteverdi. Luces: Françoise Michel. Escenografía y vestuario: Jordi Roig. Bailarines: Maite Vicetti, J. Luis Pascual, Marisol Escalera, Esther Escolano, Mónica Extremiana, Juan Carlos García y Pere Jané. Dirección artística: Juan Carlos García. Festival de Otoño. Sala Olimpia. Madrid, 26 de octubre.

KaiRós, se nos dice, es en griego antiguo la medida conveniente, el momento oportuno, y la obra, "un esbozo a medio camino entre el orden y el desorden". Como a todos los verdaderos coreógrafos, a García le preocupa más el milagro del espacio / tiempo y cómo dar forma al sonido de una gota de agua que ningún drama personal.

Energía

Mueve a sus bailarines -siete con él, entre ellos por primera vez cuatro mujeres- dentro de unos esquemas deliberadamente limitados, de fuera adentro, con las frases cortas y reiterativas al uso, pero que multiplicados y entrecruzados generan una notable riqueza de situaciones, imágenes, ritmos y sugerencias.Casi nada resulta ser lo que aparenta; todo se transforma con el cruce de líneas de energía que se anulan o se potencian; el gesto que comienza siendo convencionalmente expresivo cristaliza en el absurdo, mientras que la emoción surge de donde menos se espera.

Hay una facilidad engañosa en todo el desarrollo -la capacidad de sostener varios centros de atención espacial a la vez o de manejar casi simultáneamente varios códigos de lenguaje expresivo distintos es todo menos fácil- que permite que el espectáculo pueda disfrutarse en distintos planos: todos funcionan.

La belleza visual y la sensualidad del movimiento predominantemente armónico, unidos a una banda sonora que va del grifo a Monteverdi sin que se le mueva un pelo, a una producción cuidada a la francesa y a unos bailarines bien entrenados y con presencia fisica individualizada, permiten disfrutar sin aburrirse un solo instante.

Humor

A ello contribuye también el humor, presente desde los primeros momentos en que unos resignados zapatos cruzan solitos y disciplinados la escena, y los desopilantes diálogos de los bailarines explicando lo que iban a hacer, o harían o hubiesen hechó.

Luego viene la inquietante sensación de no haberlo visto todo, de haberse dejado distraer por, discursos laterales o guífios accesorios, de haber supuesto inútilmente o haber creído sin fundamento y la urgencia apremiante de volverlo a ver todo para entenderlo mejor y disfrutarlo más.

Es el inequívoco signo de una buena coreografía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 29 de octubre de 1990