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Crítica:CINE

El espectro de la guerra fría

A la caza del lobo rojo es un proyecto que pretende ser novedoso y actual porque se inspira en el clima de distensión entre las relaciones soviético-norteamericanas, presuntamente amenazadas por un tortuoso plan urdido por los partidarios de la guerra a ultranza, frente a los que creen en la paz como única solución a los enfrentamientos. El filme renueva una cierta tradición, algo abandonada en los últimos años, a la que pertenecen cintas emblemáticas -El mensajero del miedo y Siete días de mayo, ambas de John Frankenheimer- que analizaron las repercusiones políticas de la persistente guerra fría y sus imprevisibles consecuencias.Ahora, en cambio, la reforma interna en el bloque soviético y la evolución política en los antiguos países del Este ha convertido en anticuadas e inoperantes las historias habituales a las que Hollywood se había aferrado con insistencia en el pasado. A la caza del lobo rojo (horrible y disparatado título español para una película titulada en el original, sobriamente, The package) es una producción ambigua que pretende adaptarse a los nuevos vientos que corren, aunque tampoco abandona, por completo, las viejas orientaciones.

A la caza del lobo rojo (The package)

Producción: Orion (Beverly J.Camhe-Tobby Haggerty). Guión: John Bishop. Música: James Newton Howard. Imágenes: Frank Tidy. Montaje: Don Zimmerman y Billy Weber. Dirección: Andrew Davis. Intérpretes: Gene Hackman, Joanna Cassidy, Tommy Lee Jones. Estreno en Madrid: cine Fuencarral.

Conspiración

El motor de la narración es el descubrimiento de un compló para asesinar a Gorbachov, aprovechando un viaje a Chicago junto con el presidente norteamericano, y así impedir la firma de un tratado de paz entre ambos países. Un veterano sargento del Ejército, Johnny Gallagher (interpretado por Gene Hackman), se da cuenta de la conspiración y decide intervenir para ayudar a su país.Es una pena, sin embargo, que el punto de partida de The package sea más interesante que su desarrollo posterior, y que la intriga urdida por el guionista carezca de verosimilitud interna -la cual es compatible con las máximas audacias y libertades narrativas, por supuesto-, aunque la solidez de la producción y la perfección técnica acierten a disimular, en buena medida, los vacíos e inconsecuencias del relato.

Andrew Davis ha dejado de lado, sabiamente, las implicaciones políticas y se ha concentrado en los actores, los cuales funcionan muy bien (Hackman es, siempre, un modelo de eficacia, sin olvidar a la excelente Joanna Casidy) y nos permiten asistir a un espectáculo discreto y funcional.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 17 de agosto de 1990

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