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Editorial:

Las desventuras del presidente Menem

EN DOS ocasiones recientes -la última, esta misma semana-, la catástrofe económica argentina ha producido protestas populares violentas, revueltas del pan a la venezolana, etcétera, que res ponden no sólo a la frustración de una tesitura económica desastrosa, sino, literalmente, al hambre de sectores importantes de la población. Los saqueos de tiendas y supermercados se han limitado por el momento a zonas periféricas -Rosario, Santa Fe-, mientras que en Buenos Aires se aventa la protesta de funcionarios y jubilados, de rentistas, que de día en día comprueban cómo sus ingresos van forzándoles a eliminar progresivamente bienes de consumo esenciales para su dieta cotidiana. Si el mes pasado la inflación creció en un 80%, en las últimas tres semanas lo ha hecho en un 76%, y el austral ha seguido desplomándose en relación con el dólar, al que iba a estar indisolublemente unido.El presidente argentino se encuentra bloqueado en el centro de una dificil contradicción: la de compatibilizar su condición de jefe de un partido populista con la de gestor económico abocado a aplicar medidas antipopulares, de ajuste, de enorme dureza, para salvar lo que se pueda. El estamento que apoyó a Carlos Menem, tanto desde el Partido Justicialista como desde la base sindical peronista, se ha sentido traicionado y le abandona. Para el presidente, es dramático que así ocurra, pero aún peor es que la disyuntiva sea insoluble.

Enfrentado con una situación semejante, Menem podía caer en la tentación de volverse hacia el Ejército so pretexto de controlar un orden público cada vez más deteriorado. Solución que, además de requerir la derogación de la ley de Alfonsín por la que se prohibía a las fuerzas armadas intervenir en conflictos internos, resulta extremadamente peligrosa si se tienen en cuenta los antecedentes. Produce escalofríos oír al comandante en jefe, general Cáceres, asegurar que el Ejército "acatará las indicaciones del Ejecutivo para mantener la paz social". Hasta el momento, en la represión de los desórdenes sólo ha intervenido la fuerza pública.

Parece, pues, que el presidente argentino ha desechado, siguiendo su tradición, cualquier recurso a medidas de fuerza. Antes bien, y para evitar una situación sin salida, Carlos Menem ha intentado recomponer un consenso nacional indispensable llevando al Ejecutivo a alguno de los radicales más conspicuos y tratando de constituir en la práctica un Gobierno de coalición. El más indicado para tal operación era, sin duda, el derrotado candidato opositor a la presidencia Eduardo Angeloz, hoy gobernador de la provincia de Córdoba. Pero, inmerso en problemas de identidad y de reorganización tras el descalabro electoral, el radicalismo ha rehusado embarcarse en la aventura. No ha querido, en palabras de un periodista local, emprender "el alto vuelo del cóndor" y se ha quedado en el "rasante de la perdiz". El resultado, como aseguraba ayer el corresponsal de EL PAÍS, es que todos se dedican a marear la perdiz y los platos rotos son pagados por el pueblo.

Hasta el momento, los únicos éxitos del Gobierno deben ser apuntados a la cuenta de su acción exterior, y en especial a los esfuerzos para deshacer los entuertos creados por los militares en una guerra inútil. Argentina y el Reino Unido decidieron la semana pasada dar por concluido el conflicto iniciado hace ocho años y restablecer relaciones diplomáticas. Es, desde luego, una buena noticia para Argentina. La única por el momento desde el comienzo del mandato de Menem.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de febrero de 1990