Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:

La lengua de Castilla y el Nuevo Continente

El escritor argentino Emesto Sábato inauguró el pasado lunes el ciclo de actividades académicas y culturales que la Universidad Internacional Menéndez Pelayo organiza en Buenos Aires. En su alocución, aquí reproducida, Sábato se adentra en la polémica sobre el descubrimiento de América, al que considera el "formidable encuentro de dos mundos", y muestra su admiración por "el milagro" del castellano.

Constituyen un hecho importante estas jornadas que la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo ha organizado en Buenos Aires para analizar cuestiones culturales que son comunes a España y nuestras naciones iberoamericanas. Y pienso que, de alguna manera, se hacen bajo el signo del V Centenario del Descubrimiento de América. Ocasión propicia, pues, para decir algunas palabras sobre un tema que es motivo de polémica ardua y hasta violenta.Es cierto que ya hablar de descubrimiento puede ser considerado, desde el punto de vista de los impugnadores, como una despectiva denominación eurocéntrica. Pero deja de serlo si se admite que la existencia de las grandes culturas precolombianas era efectivamente desconocida por los europeos, y así, no se debería tomar como una valoración peyorativa. Pero, lamentablemente, los propios europeos, animados de un prejuicio de superioridad, han sido los culpables de la polémica. No obstante, sería injusto silenciar el reconocimiento y hasta la admiración que aquellas grandes culturas y civilizaciones de este continente despertaron en forma creciente en los espíritus europeos más elevados. Desde esta legítima perspectiva, sería mejor hablar del encuentro de dos mundos` al propio tiempo que se reconocieran y lamentaran las atrocidades perpetradas por el sojuzgamiento. Reconocimiento que debería venir acompañado por el inverso de los acusadores, admitiendo las positivas y trascendentes consecuencias que con el tiempo trajo la conquista. Bastaría nombrar el milagro de esta lengua hablada hoy por 300 millones de seres humanos, que ha producido además una literatura hispanoamericana que está entre las más profundas, y poderosas.

En relación al descubrimiento y la conquista de estos territorios, los que defienden a ultranza los pueblos avasallados suelen hablar de la necesidad de recobrar nuestra identidad americana. Pero ¿cuál? La de los aztecas, mayas y quichuas, para no hablar sino de las principales culturas. ¿Que sería entonces de los descendientes de europeos y negros? En estos siglos de dominación, las razas indígenas, europeas y negras se han fundido en una sustancia infinitamente compleja, con extrañas y permanentes reverberaciones de unas u otras.

¿Qué identidad, pues, es la que habría que reivindicar? Si retrocedemos en el tiempo, y en cualquier parte del planeta, no sabríamos dónde detenemos en la búsqueda de esa ilusoria identidad. Pensemos en los propios españoles. ¿Sería la de los reinos visigéticos? ¿O la que podría ha fiarse bajo la dominación romana? Habría que terminar pensan do en los iberos, misteriosos pueblos de los que poco o nada sabemos, pero que en todo caso invalidarían automáticamente el derecho a la identidad española a todos los hombres que nacieron y crecieron bajo las dominaciones anteriores. Lo mismo sucedería analizando las diferentes regiones europeas, en Francia, en Italia, en Grecia, invadidas y sojuzgadas una y otra vez. La historia es siempre sucia, intrincada e infinitamente mezclada. Pero es que nada de lo que tiene que ver con el hombre es puro, porque el hombre no pertenece al orbe platónico, único en el que se puede aplicar el epíteto de puro. Ni los olímpicos dioses helénicos, que hoy nos aparecen como arquetipos de la identidad griega, eran impolutos, pues estaban contaminados de antiguas deidades egipcias y asiáticas. Aceptemos, pues, la realidad humana como realmente es, y no nos empeñemos en bizantinas disputas sobre una absoluta identidad que no ha existido jamás.

Dolorosa supevivencia

Esto no significa de manera alguna que olvidemos o menospreciemos las antiguas culturas precolombinas, que aún, subsisten, a pesar de la miseria y de la dominación. No ya valorando, lo que sería ridículo por lo obvio, civilizaciones como las de razas que poblaron los territorios de México, de Centroamérica, de Perú, sino valorando y respetando las culturas de pueblos muchísimo más modestos, y precisamente porque sobreviven dolorosamente: debemos atenderlos, protegerlos y ayudarlos a preservar y hasta a restaurar sus culturas propias. Porque este tiempo nuestro, en medio de tantos infortunios, es, sin embargo, por eso mismo, un tiempo de reconocimiento de las nacionalidades oprimidas o postergadas. No todos estamos, felizmente, en la época en que el hombre concreto había sido olvidado para ser reemplazado por una especie de entelequia abstracta, típica del cientificismo e hiperracionalismo que se acentúa a partir del siglo XVII. La ciencia y la técnica han aportado enormes beneficios a la humanidad, pero han revelado su peligrosidad cuando exceden su ámbito propio y contribuyen a la masificación de la criatura humana. La ciencia es por su misma naturaleza abstracta y abstrayente, pues, como decía ya Aristóteles, no hay ciencia sino de lo general y lo concreto se pierde con lo particular.Esto no es peligroso para el mundo de los objetos, pero sí lo es para el hombre, que puede terminar transformado él mismo en una suerte de cosa. Fue necesario que grandes escritores como Dostoievski -recueden las memorias del hombre subterráneo-, los filósofos del romanticismo alemán, la formidable reacción del danés Sören Kierkegaard y toda la filosofía existencial que siguió, para alertar contra el temible peligro de alienación del hombre concreto, el único que existe, el hombre de carne y hueso, que, a diferencia de las cosas, no sólo es materia, sino también, y sobre todo, espíritu, con voluntad, con libertad para elegir.

Y así, al hombre abstracto que desde los enciclopedistas se denominaba con H mayúscula, sucedió el respeto cada vez más intenso por el hombre concreto, y, correlativamente, a una humanidad también abstracta se la comenzó a sustituir por un conjunto de pueblos con sus hábitos, su lengua, sus idiosincrasias específicas. No es de asombrar, pues, que en este tiempo de cataclismos, pero también de revelaciones, se reivindiquen y defiendan todas las naciones, por pequeñas que sean y sobre todo porque son pequeñas e indefensas.

Lejos, pues, de nuestro ánimo menospreciar a los que han luchado por reivindicar los pueblos americanos anteriores al descubrimiento y la conquista. Esto es justo y legítimo. Pero deja de serlo cuando se convierte en un ataque indiscriminado que pasa por alto los grandes y trascendentes hechos que resultaron de aquella conquista bárbara e inhumana.

Entre esos hechos, quizá el más admirable es el de la extensión de la lengua de Castilla a casi todo este continente iberoamericano.

Del mismo modo que la literatura norteamericana no salió de su estricta realidad circundante, sino que es herencia de Ben Johnson, de Shakespeare y Chaucer, y hasta de esa admirable versión al inglés de los textos bíblicos -sin la cual no se concebiría la prosa de un Faulkner y otros grandes creadores-, así todos los escritores hispanoamericanos somos herederos de Cervantes, Quevedo y hasta de los oscuros rapsodas del Cid. Pero esta herencia se propagó en un inmenso continente, a través de selvas y diferentes razas, de deslumbramientos y odios novedosos, sufriendo alteraciones según esa dialéctica entre la creación y la tradición que rige todo proceso cultural. Porque en el mismo instante en que el primer español contempló el cielo de América y pisó su tierra, ni ese cielo era ya el cielo de su patria ni tampoco era la misma la tierra que lo había sustentado antes; ni tampoco la palabra amor significó exactamente lo mismo, ni la palabra recuerdo, ni soledad, ni tristeza, ni nostalgia. Y así, escritores separados por inmensidades de cordilleras y desiertos realizaron el milagro de escribir en una lengua que esencialmente es la de Castilla y sin embargo es diversa.

Resucitar a Vossler

Acaso deberíamos resucitar a Karl Vossler en esta época de sistematizaciones, pues uno de los efectos del sociologismo ha sido el olvido de su nombre, una de las consecuencias de eso que dije antes sobre el avance de la mentalidad cientificista y el correlativo predominio de lo abstracto sobre lo concreto. Ya, aunque fundamentales, son pocos los que se preocupan por el diablo de carne y hueso -ese de Unamuno-, excepto los autores de ficciones (puesto que no hay novelas ni tragedias de cuadriláteros o sinusoides, sino de personas con nombre y apellido) y esos pensadores que encuentran su origen en las doctrinas románticas. Aparte de la policía, claro.

Esta misma mentalidad empezó a prosperar en las teorías del lenguaje, hasta llegar a una suerte de neopositivismo que ha formulado una concepción despersonalizada y determinista d lenguaje. Vossler, en cambio como Humboldt, invocaba la libertad del espíritu, como cuando Kierkegaard defiende al individuo contra el sistema, con S mayúscula. Es cierto que Ferdinand de Saussure veía el lenguaje también él, como una actividad bipolar entre el individuo y la sociedad, entre la libertad y el determinismo, entre el estilo y la gramática; pero Amado Alonso en un memorable ensayo, señaló que mientras Vossler consideraba positivamente el polo individualista y creador, Saussure lo entendía como negativo, porque la libertad es siempre un obstáculo para las sistematizaciones, previas a la ciencia.

Energía creadora

De este modo, cuando hablamos del castellano tenemos que tener presente lo que afirmaba Humboldt, que el lenguaje no es un hecho cristalizado, sino un energía en permanente creación. Y, en consecuencia, no podemos ni debemos hablar de un castellano rígido y definitivo. Isabel la Católica quiso que el habla de Castilla, ya consolidada, se convirtiese en el idioma de los vasto territorios que soñaba, en el convencimiento de que podía servir para aligar pueblos diferente Nebrija, a su lado, trató de fijarla para siempre, porque la lengua castellana estaba -decía- "ya tanto en la cumbre, que más se pudiera temer el descendimiento de ella que esperar su subida". El intento era políticamente comprensible, pero los idiomas terminan por rechazar todas las imposiciones, también las imperiales. De modo que hoy, 300 millones de seres humanos hablamos la lengua de Isabel y sin embargo somos diferentes. Porque esa lengua, como todas, difiere de un lugar a otro, si no hasta de un hablante a su vecino, motivo por el cual hay un castellano cervantino, otro quevediano y otro gongorino. Y así hasta el infinito.

Conmovedor destino el de este idioma en sus 1.000 años. Y revelador, como el arte, de los oscuros arcanos de las naciones porque a través de él, sus pueblos -y sobre todo sus grandes escritores- revelan la sustancia de una comunidad y los signos de su enigmático destino. También el gran misterio de la conquista española. No hay dudas de que fue cruel y despiadada, hasta sórdida y miserable. Pero si únicamente fuera cierto lo que nos dijo la leyenda negra, los descendientes de las razas oprimidas invariablemente deberían expresar resentimiento. Y no: dos de los más grandes poetas del idioma mestizos, no sólo escribieron en la lengua de los dominadores sino que cantaron a España con poemas inmortales. Y hablo, naturalmente, de Rubén Darío César Vallejo. Ésta es la prueba -a través de los entrañables siempre y reveladores signos del lenguaje- de que la conquista fue algo infinitamente más complejo de lo que podría inferirse de esta leyenda: fue un profundísimo hecho espiritual, que después de medio milenio nos ha conver tido en una comunidad, de un lado y del otro del gran océano. No conozco otro acontecimiento tan portentoso, si no es la del Imperio romano, que llevó su ley y su idioma a tierras lejanas de una manera tan honda y trascendete que todavía hoy se sigue aplicando esa ley y hablando, como ahora yo mismo, un dialecto de ese idioma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 14 de abril de 1989