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VIII PREMIOS PRÍNCIPE DE ASTURIAS

Dar palabra

Ya que el premio que hoy nos reúne aquí lleva el nombre del Príncipe de Asturias y aprovechando la coyuntura de que él en persona nos acompaña, me parece natural elegirle como interlocutor de estas palabras: hablarle directamente a él, teniendo en cuenta que ésta de la dedicatoria es una cuestión fundamental para marcar el tono y el contenido de lo que se va a decir.Pero en este caso las cosas se complican, porque no estoy hablando sólo en mi nombre. Mi primera perplejidad cuando me comunicaron que era yo la encargada de hilvanar este discurso nació al darme cuenta de que tal encargo choca un tanto con los estilos que presidieron mi educación de chica de provincias y que llevo todavía bastante arraigados porque no los he vivido como un lastre. Dado que el Premio Príncipe de Asturias de las Letras lo comparto, y muy a gusto, con un escritor de mi generación, crecido como yo en los años de posguerra, lo que sería de esperar es que hablara el chico, y la chica quedara en un discreto segundo plano, sorbiendo un gin-fizz y mirándole de reojo, de acuerdo con los esquemas educativos a que me refiero y de los que trata mi libro Usos amorosos de la posguerra española. Yo, desde luego, a José Ángel Valente, si nos hubiéramos conocido en alguna de aquellas romerías de la provincia de Orense que, según supimos después, frecuentábamos por los mismos años, jamás me habría atrevido a sacarlo a bailar. Hoy lo hago, aunque un poco cohibida, obedeciendo a instancias superiores, y sólo le pido que se deje llevar por mi ritmo. A estas alturas, espero que no haya ningún pisotón.

Mi segunda perplejidad surgió al imaginar una situación como la presente, que se vuelve insólita -ya lo he dicho- por la condición insólita del receptor de mis palabras; o sea, que estoy dirigiéndome a un príncipe.

Cuentos de hadas

Me di cuenta de que, entre los modelos literarios que podrían servirme de guía, el que me resultaba más amable y menos encorsetado era el proporcionado por algunos cuentos de hadas -que Felipe de Borbón habrá leído en su infancia, como yo los leí en la mía- donde el príncipe es un ser humano corno los demás de la fábula, con sus contradicciones, miedos y esperanzas, ansioso de ver y aprender cosas nuevas, y que en muchos tramos del relato siente como un disfraz incómodo el manto de terciopelo con que el destino le carga.

En los cuentos de hadas, donde las situaciones prodigiosas están tratadas como si fueran la cosa más natural del mundo, un príncipe se admite que pueda dialogar de igual a igual con buhoneros, leñadores, ermitaños, hechiceras, animales dotados de palabra sentenciosa y caminantes desharrapados que se lanzaron al mundo en busca de aventura y que no llevan en el zurrón más que un mendrugo de pan y un cuenco para el agua. Esta lógica de lo maravilloso ayuda al niño a tejer sueños capaces de sacarlo de un mundo que a veces se le hace duro de habitar y difícil de entender, ya sea por la falta de perspectivas a que le ha reducido la miseria, ya por el aislamiento a que le condena vivir en un jardín encantado, donde difícilmente llegan los zarpazos de la realidad más abrupta. En su libro Psicoanálisis de los cuentos de hadas, Bruno Bettelheim trata de demostrar que la asidua lectura de estos cuentos no solamente proporciona placer al niño, sino que le enseña a hacerse preguntas sobre su lenta y vacilante conversión en adulto.

Para la ocasión presente, que -como tantas otras de cariz inesperado- no me ofrece más puerto de abrigo que el retorno a los mitos de mi infancia, me ha tentado más esta idea de convertir en llano lo maravilloso que la de atenerme a los vacuos ditirambos que sugiere un acto oficial. Así que descarto la retórica del laureado que se deshace en consideraciones sobre los inmerecidos laureles que el Príncipe le otorga y prefiero dirigirme a Felipe de Borbón, si él me lo permite, de una forma más serena, llana y también nostálgica, como hablaría con cualquier joven de su edad. Entre otras cosas, porque creo que le resultará más entretenido.

Para mí es un niño español al que he ido viendo crecer, convertirse en adolescente y entrar en la Universidad mientras se producían todos los cambios políticos, diplomáticos y económicos que han ido transformando la sociedad española a lo largo de 13 años, desde que su padre subiera al trono. Durante este tiempo yo, sin dejar de ser espectadora fiel de esas mudanzas y víctima de las que afectan a mi propia vida, he seguido aferrada tercamente, como única aguja de navegar, a la pluma estilográfica que heredé de mi padre, llenando cuadernos con mi mejor letra y procurando que no me tiemble el pulso, como en mis tiempos de escolar aplicada.

Esta fidelidad a una vocación -aunque el término vocación esté más desprestigiado cada día- es el mayor privilegio que conservo con tantos como la vida me ha arrebatado: la fe en la palabra y en el pensamiento. Y desde ese reducto -una especie de atalaya precaria y vulnerable- me atrevo a hablar al joven Felipe de Borbón, como si le lanzara un hilo de seda muy frágil, el único de que dispongo, para que lo recoja si lo tiene a bien.

Él se va a enfrentar con una sociedad supertecnológica, dominada por las máquinas y los me dios de comunicación de masas, por la prisa y la violencia, por el afán desmedido de prosperidad material; una sociedad en el seno de cuyas aceleradas mutaciones se infiltra de forma cada vez más alarmante y descarada la convicción de que todo es negociable y de que no obedecer más que al logos, como nos enseñó Platón, es una conducta pasada de moda y que, desde luego, no trae cuenta. Y sin embargo, yo solamente puedo aceptar el honor que hoy se me concede -y en esto creo que aquí mi compañero de baile me seguirá a gusto- si se considera como un premio a la perseverancia en esa conducta, por denostada que esté, la que se rige por la obediencia al logos, o sea, a la palabra. Y no me estoy refiriendo solamente a la palabra dada, sino también a la recibida.

Quien tiene pasión por la palabra y está abierto a ella recibe tanto de los libros que lee como de las conversaciones que escucha, un continuo acicate que le tienta a participar en esa fiesta del lenguaje, una especie de savia que le entra por todos los poros y le induce a buscar siempre una ex presión inteligible. Que los demás entiendan de verdad lo que uno dice, lo que quiere decir -si quiere decir algo-; no perderle la cara a la palabra, cuidarla como un tesoro, no dilapidarla, no pros tituirla, no hablar por hablar. Y en este sentido, aunque no pueda decirse de forma diáfana cómo se aprende a escribir, sí sabemos que ese misterioso aprendizaje, que se inicia en la infancia, siempre se ha visto más fomentado por los textos o discursos que nos proponen preguntas que por aqueflos que nos suministran in falibles respuestas.

Justificaciones

¿Para qué se escribe? Nos lo pre guntan mucho. No creo que ninguna actividad humana se vea tan continuamente obligada a justificarse a sí misma como la del escritor. Se escribe para lanzar al aire nuevas preguntas, para interrumpir los asertos ajenos, para tratar de entender mejor lo que no está tan claro como dicen. Para poner en tela de juicio incluso lo que uno mismo cree saber. Para distanciarse, mirar la realidad como un espectador y con vencerse de que nada es lo que parece. Poca cosa, y al mismo tiempo ¡cuánta.? Un escritor, aunque haya vislumbrado la inconsistencia de su aportación personal e incluso la contribución al desorden que ésta puede suponer, es cribe a pesar de todo. ¿Por qué? Porque cree que lo que él va a decir no lo ha dicho nadie todavía desde ese punto de vista. Puede tomarse como una arrogancia, como un vicio o como una defen sa, que de todo tendrá. Pero en cualquier caso, de acuerdo con la frase de Unamuno "creer es crear", me parece que la escritura es fundamentalmente algo relacionado con la fe, no con el medro ni con el negocio.

Y precisamente de ahí derivan las contradicciones de su aprendizaje. Porque si bien es cierto que cuando nos iniciamos en este ejercicio tenemos mucha menos destreza en el oficio, la fe suele se mucho mayor en la primera edad cuando se acomete la aventura. A medida que van pasando los años y el escritor consigue un mayor o menor reconocimiento por parte del público, a veces se ve obligado a confesarse que la fe de los comienzos se le ha venido abajo y que sólo escribe para renovarla. Si no lo consigue, corre el peligro de estarse metiendo por unos raíles demasiado cómodos, que le van a amortiguar cualquier sobre salto. Y en el fondo de su ser no es eso lo que busca ni lo que quiere

El de la escritura es un apren dizaje que nunca se cierra, que se está poniendo' en cuestión cada vez que nos vemos ante un papel en blanco. Un carpintero que ha construido una mesa sólida puede estár razonablemente seguro de que ya ha aprendido a hacer me sas, pero a un escritor nadie le ga rantiza que, porque haya escrito un libro, el próximo tiene que ser mejor, ni siquiera tan bueno como aquél. Si lo da por sentado, puede que haya consumado su oficio, pero habrá dejado de enviciarse con él. Y lo pagará en aburrimiento (el suyo y el que suministra a sus lectores).

Es verdad que, una vez cubierta cierta etapa de su carrera, al escritor pueden servirle de ánimo, ¡cómo no!, las opiniones de los demás sobre el resultado de su obra, y también, claro está, los premios recibidos. Pero no debe caer en el halagüeño espejismo de justificar y dar por bueno, en nombre de lo que hizo, todo lo que haga en adelante: tiene que estar renovando perpetuamente aquella fe.

Quienes consideran la escritura como un camino donde las flores crecen por generación espontánea suelen encarecer la suerte de desempeñar un trabajo donde no tenemos por encima a nadie que nos mande (al menos por ahora). Y eso es verdad: si no escribimos no pasa nada grave, ni nadie nos riñe, ni nos van a echar de la oficina.

Pero también es verdad que no siempre el ejercicio de la libertad resulta fácil: tiene que ser uno su propio domador. Y sobre todo hay que tener en cuenta que no se trata de un negocio espectacular, sino de una inversión lenta, que bien podría llevar por lema aquella máxima del Eclesiastés: "Echa tu pan a las aguas, que después de mucho tiempo lo hallarás".

Tarea solitaria

La tarea del escritor es una aventura solitaria y conlleva todos los titubeos, riesgos y sorpresas propios de cualquier aventura. Pero en un mundo donde se huye cada vez más de la soledad y de la aventura, el escritor es mirado con recelo: desconcierta como un nadador contra corriente. Y de todas partes surgen voces que le piden explicaciones y brazos que le quieren anexionar a un determinado grupo y hacerle tributario de sus normas, cuando el escritor sólo puede sobrevivir como tal inventando las suyas propias cada día: partiendo de cero.

Nadie lo ha dicho de forma más emocionante que Teresa de Jesús, cuya festividad se celebra también hoy; y éste es un prodigio que no figuraba en el cuento. Ella sí que partió de cero, ella sí que inventó sus propias normas, porque aprendió a escribir para hacerse entender por monjas ¡letradas. Su escritura ejemplifica ese camino cuya exploración pone en juego la propia vida. Para acometer esa tarea de buscar el lenguaje apropiado, que a ella se le planteaba como un combate, es menester, según sus propias palabras:

"Una grande y determinada determinación de no parar hasta llegar, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabaje lo que trabajare, murmure quien murmurare, siquiera me muera en el camino, siquiera se hunda el mundo".

Ningún mensaje resumiría mejor que éste de la escritora abulense lo que yo le deseo al Príncipe -como la hechicera de los cuentos- en los urribrales de un mundo donde hay tantas libertades como servidumbres y tantas leyes como trampas: que no pierda la fe en la palabra, ni en la dada ni en la recibida, y que santa Teresa le conceda una grande y determinada determinación.

Muchas gracias.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de octubre de 1988

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