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La gata y el oso

Eran las diez en punto de la noche, la hora convenida, cuando comenzó el espectáculo. Hasta en eso son perfeccionistas Víctor Manuel y Ana Belén, la pareja. Algunos incluso les achacan (o acaso les envidian) que sean tan perfectos, que vendan tantos discos, que congreguen a las multitudes, que trabajen sin parar y que se lleven de maravilla. La estética victoryana nada tiene que ver con el desencanto ni con la utopía. Han elegido la lírica pragmática arropada por un colosal montaje técnico en el que no se han escatimado medios."Los tiempos cambian, y usted lo malo es que no lo ve", cantaron. Una chica enterada le dijo por lo bajines a su pareja: "Esto va por Rafael Sánchez Ferlosio", y su acompañante corrigió: "Qué va, mujer, esto es un capotazo al Gobierno". Sea lo que fuere, lo cierto es que se emplearon a fondo durante casi tres horas y consiguieron un memorable éxito ante un público entregado que abarrotaba la madrileña plaza de Las Ventas, un triunfo sin contemplaciones a pesar de la gélida noche.

Víctor Manuel y Ana Belén

Víctor Manuel y Ana Belén (voces), Mariano Díaz (teclados), Antonio García de Diego (guitarra, teclados y coros), Andreas Prittwitz (saxo y flauta), Sergio Castillo (batería), Fernando McCatty(trombón), José Antonio Romero (guitarra), Fernando Illán (bajo), Walter Frazza (percusión), Antonio Ramos; (trompeta), Gerardo Vera (escenografía). Plaza de toros de Las Ventas. Madrid, 15 de septiembre.

¿Quién de los dos tiene más gancho? Ella es felina, gata, como corresponde a su procedencia del barrio de Embajadores. Es sensual, vaporosa. Aunque los dos tienen fama de santos, sin embargo, la gatita mimosa no puede ocultar un punto de inquietante maldad, un guiño de pecado, de oscuridad húmeda. Y canta como los ángeles. Él en cambio, es montaraz y un poco agreste, como su tierra asturiana. En su voz hay algo de manzanas silvestres. Si Ana es gata, Víctor posee cierto talante de oso de Pajares aparentemente tímido, pero poderoso. Los asturianos tienen ancestral relación con los plantígrados, hasta el punto de que un oso mató a Favila, segundo rey de Asturias e hijo de don Pelayo. Esta conjunción animal funciona precisamente por la disparidad: tanto monta, monta tanto, Ana como el asturiano.

Interpretaron cerca de 40 canciones, algunas de las cuales fueron coreadas con fervor por el respetable. Abrieron fuego con la ya clásica Puerta de Alcalá, y luego fueron recorriendo los temas de los últimos años y el repertorio de sus últimos discos, A la sombra de un león y Qué te puedo dar. Ana no se privó de cantar algunas versiones de temas ajenos, como La paloma, Lobo-hombre en París o El hombre del piano. Víctor, no podía ser de otra forma, logró dar gusto a los más radicales con canciones de contenido lírico-político, destacando sobre todas ellas Mujer de Calama, y, naturalmente, La madre, una canción social que roza las fronteras de lo melodramático.

En cuanto al montaje técnico, sensacional. Los músicos constituyen una de las bandas más brillante de toda España. Todos ellos destacaron Antonio García de Diego, por citar a uno, es un monstruo que, además de cantar portentosamente, es capaz de dominar una docena de instrumentos. Pero la potente orquesta impidió en muchas ocasiones seguir los textos, cosa imprescindible para Víctor y Ana. Quien no conociera las canciones, se perdió casi la mitad del contenido. Eso se les podría disculpar a Romina y Al Bano, pero no a ellos. Claro que este detalle no empañó el resultado final: gran número de espectadores se sabían de memoria casi todas las canciones. También se observó una excesiva reiteración de ritmos, sobre todo el reggae, que es muy resultón. Y, en fin, quizá es un espectáculo demasiado extenso. Sermón largo, mueveculos, aunque el predicador sea un portento, y más si hace frío, como es el caso. Pero la estética victoryana agrada a las masas. Y ahí están ellos, viendo pasar el tiempo y amoldándose al mismo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 16 de septiembre de 1988.