Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:DISCREPANCIA ANTE EL V CENTENARIO / 1

Esas Yndias equivocadas y malditas

El escritor Rafael Sánchez Ferlosio, uno de los autores clave en la literatura española de posguerra, es también uno de los intelectuales más ágiles y lúcidos de nuestro tiempo. El pasado martes pronunció una conferencia en el Aula de Cultura Mare Nostrum, titulada Esas Yndías equivocadas y malditas, en la que se muestra contrario a la celebración del V Centenario, calificado por él de "indigno festival". El texto completo de esta conferencia se publicará en cuatro capítulos diarios consecutivos a partir de hoy. En esta primera parte hace un singular y crítico recorrido por episodios del descubrimiento y la conquista de América, con la voluntad de revisar la propia historia.

Ignoro si en el año 1525, o sea, 12 años después de su primera aplicación, la práctica, tan escandalosamente formalista, del "requerimiento" había caído en tal descrédito que hubiese precipitado en el desuso. Sea de ello lo que fuere, Hernán Cortés era mucho más escrupuloso y concienzudo que sus precedesores, y es difícil pensar que se contentase con cumplir formalmente, aun a sabiendas de que los destinatarios no lo oían o no lo entendían, el mandato del requerimiento. Cortés hacía las cosas con cuidado y con rigor; así, en la carta Vª, donde da cuenta de su expedición a las Hibueras, nos relata un caso que, de hecho, comporta un ejemplo de aplicación del requerimiento por parte de Cortés.Transcribo sus palabras: "Y ofreciése que un español halló un indio de los que traía en su compañía, natural destas partes de Méjico (extranjero, por tanto, en la región que atravesaban), comiendo un pedazo de carne de un indio que mataron en aquel pueblo cuando entraron en él y vínomelo a decir, y en presencia de aquel señor (un pequeño cacique maya que se había presentado a los expedicionarios) le hice quemar, dándole a entender la causa, que era porque había muerto (esto no concuerda con lo de más arriba: "que mataron en aquel pueblo cuando entraron en él", donde parece tratarse de una muerte en combate) aquel indio y comido dél, que era defendido por vuestra Majestad, y por mí en su real nombre les había sido requerido y mandado que no lo hiciesen, y que así, por le haber muerto y comido dél, le mandaba quemar, porque yo no quería que matasen a nadie, antes iba por mandato de su majestad a ampararlos y defenderlos, así sus personas como sus haciendas, y hacerles saber cómo habían de tener y adorar un solo Dios, que está en los cielos, criador y hacedor de todas las cosas, por quien todas las criaturas viven y se gobiernan, y dejar todos sus ídolos y ritos que hasta allí habían tenido, porque eran mentiras y engaños que el diablo, enemigo de la naturaleza humana, les hacía para los engañar y llevarlos a condenación perpetua, donde tengan muy grandes y espantosos tormentos, y por los apartar de conoscimiento de Dios, porque no se salvasen y fuesen a gozar de la gloria y bienaventuranza que Dios prometió y tiene aparejada a los que en él creyeren, la cual el diablo perdió por su malicia y maldad, y que así mismo les venía a hacer saber cómo en la tierra está vuestra majestad, a quien el universo, por providencia divina, obedesce y sirve, y que ellos asimismo se habían de someter y estar debajo de su imperial yugo y hacer lo que en su real nombre los que acá por ministros de vuestra majestad estamos les mandásemos, y haciéndolo así, ellos serían muy bien tratados y mantenidos en justicia y amparadas sus personas y haciendas, y no lo haciendo así se procedería contra ellos y serían castigados conforme a justicia" (hasta aquí, la cita).

Cortés encarece el cuidado y la paciencia con que se extendió en éstas y otras consideraciones, y no hay duda de que puso todo el escrúpulo del mundo en que el cacique se enterase bien de todo a través de los intérpretes, pero bien puede apreciarse en lo citado con qué astucia y qué sutileza Cortés usa la religión como instrumento de dominación: primero, el preámbulo aterrador de¡ indio quemado vivo en presencia del cacique, enseguida la explicación del motivo de un castigo semejante y la doble subrogación por la que Cortés se subroga en el emperador, y éste, a su vez, en la divinidad, en cuanto aquel "a quien el universo, por providencia divina, obedesce y sirve", de suerte que los "muy grandes y espantosos tormentos" que amenazan a los que no se avienen a dejar los ídolos y ritos que hasta allí han tenido, como ha hecho el indio quemado vivo al practicar el rito de comer carne humana, vienen a confundirse, por una doble subrogación paralela con el tormento de morir quemado que ha padecido el indio.

Máximo provecho

La infracción del mandato de Cortés contra la antropofagia es infracción del mandato del emperador en quien Cortés se subroga e infracción del mandato de Dios en quien, a su vez, se subroga el emperador. La astuta coordinación subrogatoria de las tres autoridades confunde en uno el mandato contra la antropofagia, y así el castigo de morir quemado vivo a que Cortés condena al infractor aparece a los ojos del cacique confusamente relacionado o identificado con los "muy grandes y espantosos tormentos" que aguardan a quienes no "dejan los ídolos y ritos que hasta allí han tenido".

La deliberación con que Cortés urde y dirige todo el episodio de forma tal que la religión le rinda el máximo provecho como instrumento de dominación viene ya sugerida por la palabra con que empieza al relato: "y ofrecióse". El verbo ofrecerse indica bien a las claras que el caso es considerado como ocasión oportunamente aprovechable para un propósito en principio ajeno a él. El pecado de antropofagia del indio ha venido ello por ello -como se dice en Extremadura y podría haber dicho el propio Hernán Cortés-, o sea, como de molde para lograr la sumisión del cacique maya y de su pueblo, y Cortés, con toda la agudeza y todo el tino del más perverso instinto de dominación, improvisa exactamente el espectáculo que conviene a sus designios, apurando hasta la última gota la posibilidad del caso que tan oportunamente se le ha ofrecido.

Naturalmente, no pretende en modo alguno que esta descripción del uso de la religión como instrumento de dominación se corresponda con la representación patente a la conciencia de Cortés. Aunque no pueda pensarse que no fuese consciente de su pragmatismo -tal como lo evidencia la palabra "ofrecióse"-, de su orientación de las cosas con arreglo a unos fines, lo demás apenas llegaría tal vez a sospecharlo, tal como es propio de lo que me he limitado a llamar perverso instinto, que no precisa ninguna clara conciencia racional para alcanzar, certero como un tiro de ballesta, la diana del designio.

El mal sin malo

He establecido, por consiguiente, una dualidad de planos, esto es: el plano de lo claramente maniflesto a la conciencia de Cortés, como sujeto empírico, y el plano de una realidad ultraindividual, el universal histórico de la dorninación, superior y oculto a esa conciencia, pero que dirigía, no obstante, el puro instinto ciego -especialmente receptivo en un hombre como Hernán Cortés-, de suerte que acertase en cada caso exactamente con lo que había que hacer.

Es esta dualidad de planos lo que el nominalismo del positivismo histórico se niega a reconocer, aceptando tan sólo la realidad del sujeto empírico y rechazando -tal como el dogma nominalista obliga- cualquier posible realidad u operatividad que no sea pura metáfora al universal.

No cabe duda de que, acostumbrados como estamos a unas instituciones de justicia que, contra la clamorosa evidencia estadística del condicionarniento sociológico de las conductas delictivas, inculpan y condenan como si el libre albedrío no fuese uno de los recursos más escasos entre los humanos; acostumbrados, digo, a este infantil reparto de papeles, bueno y malo, comprendo que a muchos pueda resultar tan arduo como turbador cualquier punto de vista que disminuya en algún grado la responsabilidad de los autores de tan tremendos e incontables crímenes como los que constituyen la trama dominante en la conquista y colonización de América, pero en esto consiste justamente el mayor espanto de la historia universal.

Para lo que trato de decir puede resultar ilustrativa la anécdota de aquel que le reprobaba a otro la ferocidad de su anticlericalismo, diciéndole: "¡Pero hombre! ¿Cómo puedes envenenarte hasta tal punto la sangre con los pobres curas? Tendrán todos las puñeterías y mezquindades que tú quieras, las deformaciones de su ya de por sí deforme profesión, pero es injusto y cruel condenarlos como monstruos de maldad, porque ellos no son al fin más que unos infelices mandatarios; el único que es verdaderamente malo es Dios". El mismo cuento puede aplicárseles a los que frente a la famosa "historia escrita desde el punto de vista de los vencedores" pretenden oponer una "historia escrita desde el punto de vista de los vencidos".

Esta segunda sería, en cuanto historia, tan falsa e ingenua como la primera, a la que trataría de confutar, pues el nominalismo positivista igualmente implicado en las palabras "vencidos" o "vencedores", que entendería las cosas como si los sujetos empíricos fuesen los únicos protagonistas efectivos, escamotearía la percepción teórica fundamental: que el verdaderamente malo es Dios, o, lo que viene a serlo mismo, la historia universal.

"La mediación dialéctica de lo universal y particular -dice Adorno en su Dialéctica negativa- no autoriza a una teoría que opte por lo particular, para pasarse de rosca, tratando lo un¡versal como si fuese una pompa de jabón. La teoría se haría así incapaz de comprender tanto la funesta hegemonía de lo universal en lo establecido., como la idea de una situación que, haciendo descubrir a los individuos su verdad, despojaría a lo universal de su mala particularidad" (fin de la cita).

La cosa es, pues, mucho más execrable y más fatídica que si pudiese dársele rostro y nombre humanos. Lo que, en cuanto representación consciente, llegó a ser incluso para los más perspicaces de sus sujetos empíricos nada llega a expresarlo más agudamente que el siguiente pasaje de sir Walter Raleigh, capaz de hacer -por una vez acaso con razón- las delicias de cualquier psicoanalista: "La Guayana es una tierra que tiene todavía intacta su virginidad; jamás saqueada, varada o trabajada; la faz de la tierra sin romper; la virtud y la sal del suelo sin gastar por el abono; las tumbas sin abrir para sacar el oro; las imágenes de los dioses aún por derribar de lo alto de los templos" (hasta aquí, la cita).

Como puede apreciarse, un desencadenamiento de los peores instintos de profanación, de ultraje, de depredación. Pero el factor desencadenante, capaz de responder satisfactoriamente a la pregunta: "¿De dónde sale de pronto tanta abyección?", o sea, la esencia de lo que se pretende festivamente conmemorar en la Disneylandia sevillana del 92, como una efemérides que tuviese algo que ver con lo que desearíamos que se considerase humano tiene los rasgos informes de un mal sin malo, sólo con despreciables mandatarios, enajenados y como arrebatados de sí mismos por el furor de la dominación.

En una palabra, la pérdida imperiosa para quien atienda al ruido de fondo de los testimonios, la pérdida de un sujeto empírico como último responsable a quien incriminar de tan ancha y tan larga tragedia -conforme a la confiada versión con que el nominalismo había logrado quitársela de encima- ha de encontrar tanto en apologetas como en de tractores del descubrimiento, la conquista y la colonización la comprensible resistencia de quien se ve ante la turbadora situación de que todo sin dejar de ser igualmente horrible y doloroso, es mucho más inexplicable, sobrehumano, infrahumano, gratuito, amén de mucho más sórdido, rastrero y miserable de cuanto pueda serlo incluso una leyenda negra, que, cuando menos, podría vanagloriarse por el mérito, ciertamente dudoso y discutible, de ostentar el tenebroso resplandor de la maldad.

Actitud estética

Respecto de la historia universal, empieza uno por tropezarse con dos actitudes de principio, que casi parecen psicológicamente determinadas por el carácter personal. La una es la que llamaré actitud estética, cuyo criterio o categoría principal es la de la grandeza de las hazañas de la historia y de sus creaciones. Antropológicamente inmersos en una historia en que el impulso de dominación hunde sus raíces en un ayer inmemoral, todos seguimos siendo sensibles a los valores de la dominación, pues al mismo tiempo que una voluntariosa ética se esfuerza por negarlos boquilla, como cuando a los niños se les predica en la iglesia o enseña en las escuelas la mansedumbre, la condescendencia, la amistad, la generosidad, etcétera, terminada la clase, la sinceridad estética los llevará a los sargrientos goces predatorios de películas del oeste y, en el más manso de los hombres se recreará en las bellezas de la depredación, y los animales más prestigiosos y admirados seguirán siendo los que tengan pico de rapaz, colmillos de carnívoro, garras de halcón o zarpas de felino.

Querer ser

Tan honda parece ser tal preferencia estética primaria hacia los carnívoros depredadores que no ha de faltar quien diga que los hombres descubren a través de ella la envidia hacia lo que ellos, al menos en algún rincón de su alma y a despecho de todas las admoniciones pedagógicas, siguen queriendo ser. De modo, pues, que la mentalidad estética, que juzga de la historia según el criterio de valor de la grandeza, estaría, a tenor de esto, bien distante de ser superficial, hasta er punto de parecer antropológicamente prehistórica.

Tenga lo que tuviere de cierto esta sospecha, lo indicado, por sí o por no, respecto del otro criterio de valor que rige la mirada hacia la historia, será tal vez abstenerse de toda consideración de antigüedad, arraigo o fundamento antropológico, pues quienes optan por él juzgan, implícitamente, que no tienen obligación alguna de legitimar su opción en antiguallas o en sinceridades anímicas, ni menos pedir disculpas por su índole represiva o heterénoma, pues en cuanto a represión y heteronomía nada supera a lo que tal punto de vista toma por criterio frente al de la grandeza, esto es, al dolor en relación con quienes lo padecen.

Así que no hay que amedrentarse cuando el que lo sabe todo acerca de las almas viene a decirnos: "La compasión que dices sentir por los esclavos bajo el palo del esbirro no es en tu alma más que efecto de la represión de un superego heterónomo e impostor que invierte en compasion por los esclavos la admiración y envidia que en el fondo sientes por el esbirro que tú querrías ser".

A lo que bien se puede contestar: "En cualquier caso, nunca tan represivo y heterónomo como el palo que se abate sobre las espaldas de esos hombres". No necesitan ni merecen una respuesta más circunstanciada los que impugnan como falacia antropológica o como inautenticidad anímica el criterio del dolor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de julio de 1988