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Crítica:ÓPERA

'Tempus fugit' , para bien y para mal

No hacen falta grandes consultas bibliográficas para llegar a la conclusión que la estrenada el jueves en el Liceo es una Gioconda de la tercera edad, etapa que en ópera se sitúa en la cincuentena de tacos: todos los protagonistas se encuentra muy cerca del listón, muy honorable, por otro lado, cuando viene avalado por trayectorias de alta respetabilidad, como son las de Grace Bumbry o Fiorenza Cossotto.De por sí el dato no debe llevar a conclusiones precipitadas. La experiencia en el género es, suele ser, una excelente consejera, que puede compensar la frescura perdida con los lustros. Otra cosa, muy diferente, es vivir con la obsesión de incluir a toda costa, en cualquiera que sea el título de la temporada, a míticas primeras figuras por el mero y único hecho de serlo. Eso es algo que el público, por más afectivas relaciones que mantenga con sus ídolos, no debe perdonar.

La Gioconda

De Amilcare Ponchieffi sobre un libreto de Tobia Gorrio (Arrigo Boito). Principales intérpretes: Grace Bumbry, Ermanno Mauro, Fiorenza Cossotto, Viorica Cortez, Ivo Vinco, Matteo Manuguerra, Viceng Esteve y Alfredo Heilbron. Dirección escénica: Rocco Pugliese. Coreografía: Guillermina Coll, realizada por DART, Companya de Dansa. Orquesta Sinfónica y Coro del Gran Teatro del Liceo dirigidos por Uwe Mund. Liceo, Barcelona, 5 de mayo.

La Gioconda se sigue salvando en este final de siglo por dos motivos principales: porque el público, siempre presente en el trabajo de Ponchielli, preocupado como pocos por agradar, sigue correspondiendo a sus bienintencionados y en ocasiones logrados esfuerzos. Y porque esta ópera requiere voces de bravura, grandes, vigorosas, tensas: en una palabra, no olvida nunca su dimensión de espectáculo, con sus oportunas dosis de riesgo.

Y aquí, precisamente, es don(le hay que calibrar sin pasión las posibilidades vocales de los artistas contratados Grace Bumbry, por ejemplo: la gran Venus de Bayreuth de 1961 (la oímos en el mismo papel hace dos años en Orange: fantástica), no es una voz adecuada para el papel, que exige no pocos sangrantes agudos; y, con el mismo respeto, otro tanto hay que decir de Fiorenza Cossotto: la incombustible Amneris debería ya olvidar a la lírica Laura ponchielliana Ermanno Mauro, por su parte, no puede convencer en la parte del joven e impetuoso Enzo preocupado como está por controlar la emisión.

De la misma quinta generacional son Viorica Cortez (madre ciega de la Gioconda) y Matteo Manuguerra (Barnaba), dos preclaras muestras de que el rasero de la edad no puede aplicarse de manera indiscriminada. Una y otro hicieron auténticas creaciones, apoyados además por el hecho de que encarnaban a personajes ya entrados en la edad madura. Buen trabajo, finalmente tanto de la orquesta llevada por Mund como del coro, dos sólidos fundamentos del teatro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de mayo de 1988

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