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Tribuna:

Escrituras fronterizas

El autor estima que en nuestro tiempo es imposible la síntesis que representaba la "obra de arte total" de los románticos, y piensa que el escritor, en medio de la confusión de los géneros literarios, debe escapar de la asfixia del fragmento.

Todavía es habitual encontrarse con opiniones desconcertadas ante la actual falta de claridad de los géneros literarios. Resulta más fácil, y más didáctico, al tratar de averiguar las tendencias presentes, preguntarse por el tipo de poesía que se hace, el tipo de novela, de teatro e, incluso, el tipo de ensayo. Se habla de poetas, novelistas, dramaturgos o ensayistas, y se muestra una cierta reserva cuando estas imágenes se mezclan en textos poco clasificables desde la perspectiva rígida de los géneros tradicionales. Sin embargo, aunque no se pueda afirmar rotundamente la disolución de éstos, tampoco se puede ignorar que uno de los decisivos impulsos -o, tal vez, efectos- de la modernidad estética ha sido la socavación de los anteriores ámbitos de escritura, y que cualquier tentativa de restauración ("escribir como antes", según se oye a veces decir), al margen de eventuales rentabilidades mercantiles, está condenada a la falsedad.Los escenarios se han hecho demasiado proteicos para que las fronteras permanezcan inalterables. Lo que denominamos narrativa hace ya tiempo que ha pervertido y ensanchado el engranaje supuestamente perfecto de la novela flaubertiana. Asimismo tiene un inicio lejano, acaso desde Baudelaire, el proceso de dispersión y autocamuflaje de lo que llamamos poesía. Después de Nietzsche -y probablemente ya desde Schopenhauer-, el mismo lenguaje filosófico se pluraliza, su

miéndose en el curso de mutuas prestaciones entre los distintos espacios textuales. ¿Hay poesía en Nietzsche, narratividad en Rimbaud, filosofía en Musil o en Beckett? Posiblemente no haga falta responder ante lo obvio de la pregunta. Sólo para las miradas clasificatorias es necesario mantener una identificación de géneros.

Obra total

El problema se presenta como problema a raíz de la exigencia especializadora generada por el racionalismo. De ahí que la insistencia romántica en la "obra de arte total" fuera, en gran medida, un intento de destrucción de las fronteras genéricas a través de un prisma omniabarcador. El esfuerzo de Goethe en la segunda parte de su Fausto es elocuente: el deseo de alcanzar a escribir una "ópera inconmensurable", donde poesía y pensamiento quedaran imbricados en un desarrollo dramático unitario. A pesar del éxito artístico que podamos atribuirle, no hay duda del fracaso del proyecto totalizador goethiano, incompatible ya con una época cuyas complejidades y mediatizaciones requerían a la escritura una creciente tensión centrífuga.Los caminos posteriores de la cultura europea han sido, por el contrario, desintegradores. La propuesta utópica de la "obra de arte total" se correspondía con los postreros propósitos de otorgar al mundo una visión orgánica, y no en vano la ambición de Goethe es contemporánea a la de Hegel en su Fenomenología. Después, irremediable o afortunadamente, se impone la conciencia de un mundo que parece haber estallado en pedazos, y además, de que tales pedazos no pueden ser recompuestos en una nueva organicidad. Para enfrentarse a este mundo ya no sirve la solución integradora ni tampoco la recurrencia a una drástica especialización expresiva. La volubilidad y enmascaramiento de una realidad descompuesta exigen, a su vez, una escritura voluble, rica en máscaras, que obliga a una continua transmigración entre regiones aparentemente separadas. La "verdad" de la filosofía se acerca a la "mentira" de la poesía, en tanto que ficción y reflexión intercambian frecuentemente sus funciones. El poema se sumerge en cauces narrativos y la novela acoge en su seno a la "poética del instante". Todos ellos son fenómenos perceptibles sin ser sistemáticos. No dan lugar a la formación de nuevos géneros, sino simplemente a modos híbridos en los que se refleja la necesidad de desbordar la reducida y fragmentaria visión a la que obliga un mundo con respecto al que se ha perdido toda ilusión de unidad. No obstante, es precisamente esta obligada fragmentariedad, y la consecuente insatisfacción que despierta, la que empuja al escritor hacia zonas fronterizas de la expresión. Imposible la síntesis de la "obra de arte total", aquél busca escapar a la asfixia del fragmento mediante una escritura transversal, una escritura que atraviese los cotos de los ámbitos y géneros tradicionales. Por eso las etiquetas del poeta, el novelista o el filósofo pueden aparecer a menudo tan confundidas en nuestro tiempo. Con todos los riesgos de tal confusión y alguno de sus frutos.

es profesor de Estética en la universidad de Barcelona y novelista.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 17 de noviembre de 1987

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