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Editorial:

Hermano animal

LA DECISIÓN del Gobierno estadounidense de autorizar patentes de nuevas formas de vida animal obtenidas por manipulación genética traerá consigo un alud de consecuencias de diversa índole, y las que afectan al comercio no son las menores. El país cuyos pioneros marcaban con hierro candente a las reses para asegurar su recuperación ante el robo de los cuatreros será el primero del mundo qué patentice con marca de origen los nuevos animales obtenidos por duplicación de genes o por cualquier otra tecnología reproductiva. Pero esta normativa servirá a un mismo tiempo de apresurada legitimación a los hallazgos científicos, aún balbucientes y contradictorios, de la ingeniería genética y de piedra.de escándalo para los abogados de la ecología y de la defensa de la vida y del medio ambiente.Entre las violentas. reacciones suscitadas, se baraja el argumento del holocausto animal, por suponer, que este conjunto de medidas implica una brutal degradación de los seres animales al nivel de vegetales y minerales; lo que el Gobierno americano legitima, alegan los oponentes al holocausto, es la privatización para uso comercial de todo el reino animal de forma no diferente a la de otros productos químicos. A un nivel más técnico se denuncia también la violación del código genético de las especies animales, con el riesgo de que las manipulaciones de este código den lugar a desastres irreversibles. A ello debe añadirse el temor de que se extienda a la especie humana la aplicación de estos métodos y de sus resultados.

El argumento del holocausto está en armonía con los recientes planteamientos de la llamada ética de los animales. En nuestra tradición occidental cristiana, a diferencia de la budista, el animal no humano nunca fue demasiado bien considerado. Sólo desde Darwin y los ecologistas se han reivindicado seriamente los derechos de los animales. En nuestra esquizofrénica sociedad, el exterminio de numerosas especies animales sobre la faz de la Tierra, víctima de la insostenible presión de las grandes masas de población humana, la voraz industria, y sus no menos voraces laboratorios científicos, cohabita con las protestas de los ecologistas y los más serios intentos que ha realizado el hombre hasta ahora de penetrar científicamente en el interior del mundo animal.

Por lo demás, nadie ha sabido aducir una razón de peso para rechazar las prácticas de la ingeniería genética. El arte de la antigua ganadería, con su selección artificial de individuos, despertó el entusiasmo de Darwin y le sirvió de estímulo para su teoría de la selección natural. La diferencia entre el antiguo y el nuevo arte ganadero, fruto de la nueva alquimia, está en que el primero afecta al fenotipo y el segundo al genotipo. Los métodos de combinación genética, la clonación y duplicación de genes permiten la obtención de especies diferentes de animales con nuevas características y de clases enteramente nuevas de ganado, como vacas qué producen más y mejor leche o cerdos desprovistos de grasa. La aplicación de la hormona del crecimiento al cerdo determina un más rápido desarrollo del animal, si bien acompañado de una mayor predisposición a las enfermedades. En la famosa novela de Wells, el doctor Moreau empleaba los dolorosos métodos de la vivisección para humanizar a nuestros hermanos irracionales. Hoy, la ingeniería genética permite la combinación de genes de animales, plantas y seres humanos en embriones animales para la producción de individuos dotados de vida animal especialmente diseñados a gusto del cliente.

Desde los primeros intentos de domesticación, acometidos en tiempos ancestrales, a la absoluta sumisión genotípica, nuestro hermano animal ha recorrido un largo camino de aproximación al hombre. Tras perder su libertad vital, pierde ahora su identidad estructural, mientras el hombre, nuevo manager del cosmos, ve crecer peligrosamente el grado de su responsabilidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de mayo de 1987