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La firma del teatro

Autores y directores discrepan sobre la manera de salvar la distancia entre el texto y el escenario

Acaso se trate de una polémica inevitable. Ni Shakespeare, ni Molière, ni, más recientemente, Bertolt Brecht se planteaban la distancia que media entre el texto dramático y la puesta en escena, porque ellos trabajaban sobre el propio escenario, con las voces, los cuerpos y la imaginación de los actores. Escribían el texto sobre un soporte vivo, a medida que veían crecer la obra. La especialización ha traído un nuevo reparto de papeles: así sucede casi siempre que el autor escribe su obra de teatro encerrado en su habitáculo y el director se ve obligado a hacer una dramaturgia para convertir esa literatura dramática en teatro, algo que sólo sucede sobre un escenario.

Para Lope de Vega, "el teatro son dos actores, una manta y una pasión", y sorprende esa franqueza en el Fénix, autor de más de 1.500 obras, según es fama. Sorprende esa comprensión de lo que es el teatro. Pero en el debate actual sobre la autoría del teatro, el actor no tiene voz. Acaso de ese abandono surgieron los pasados intentos de creación colectiva. Puede haber teatro sin autor, puede haberlo sin director, pero es imposible sin el concurso del actor. Sin embargo, a pesar de que es el actor el que pone el cuerpo, la discrepancia por la firma del espectáculo es patrimonio del autor y del director.Adolfo Marsillach (nacido en 1928) ha sido actor, autor y director. Actualmente dirige la Compañía Nacional de Teatro Clásico y la polémica sobre la autoría le parece "tan antigua como inútil. El teatro es fundamentalmente un espectáculo basado con frecuencia en un texto. En este sentido, pues -en el de hecho escénico y, por tanto, espectacular-, los autores son muchos: desde el escritor al intérprete, como desde el escenógrafo al director. Asignarles la autoría a los escritores es una decisión primaria basada en la creencia -a mi juicio equivocada- de que el teatro es tan sólo un género literario".

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Antonio Buero Vallejo (1918), flamante premio Cervantes de este año, autor de destacadas obras del teatro español de este siglo, como Historia de una escalera o El concierto de San Ovidio, advierte de forma contundente contra las apropiaciones del director de escena. Señala Buero que "esta vieja polémica no lleva camino de terminar, porque el director de teatro tiene también, cuando es bueno, condiciones creativas innegables. Pero de ahí a considerarlo principal autor del espectáculo y darle carta blanca va un mundo".

"El texto dramático es un texto fundamental para el fenómeno teatral", subraya Buero Vallejo, .y aunque a veces pueda escribirlo un colectivo en el que incluso figure el propio director, generalmente lo escribe un autor de teatro. Si es un verdadero autor, el texto dramático, en contra de lo que algún director piense, lleva ya dentro una innumerable cantidad de indicaciones para la dirección. Lo ideal es que el director y el autor trabajen en común y en buena armonía. Durante la preparación y en los ensayos se modifican cosas de ese texto, pero esas modificaciones no son exclusivas del director, sino que en ellas también participa el autor. Es un error por parte del director pensar que es él el único que conoce los secretos del montaje y que el autor es un pobre diablo. A veces es así, pero en otras ocasiones acontece a la inversa, y el pobre diablo es el director. En los textos hay con frecuencia indicaciones escénicas e incluso anotaciones para los actores hechas por el autor. Son cuestiones acerca de las cuales un autor de teatro tiene mucho que decir. En ese sentido, por seguir el lenguaje habitual, seguimos llamando autor de teatro al autor y al director director, sin negar las condiciones creativas autorales del director".

Perder el respeto

"La creación teatral es libre y en ella cabe todo el mundo a condición de que tenga talento", propugna Marsillach. "Establecer límites o fronteras es bastante absurdo. Los escritores-autoresdramaturgos vivos que no estén de acuerdo con el trabajo del director que les haya tocado en suerte siempre tienen la posibilidad -envidiable- de retirar su obra a través de la Sociedad General de Autores de España (SGAE) antes de su estreno. Y los críticos que consideren que a los escritores-autores-dramaturgos muertos -o sea, clásicos se les está perdiendo el respeto pueden perfectamente utilizar su oportunidad de convertirse en clásicos ellos mismos. Sin morirse, claro".Francisco Nieva (1927), que ha sido en teatro director, escenógrafo y autor, piensa que los textos, cuando se eligen, es porque seducen. "El director de talento lo que hace es darle enjundia, realzar el texto. Pero el director con poca formación humanística desbarata y estropea la obra. El autor, si trabaja para el teatro, sabe que el teatro es la representación, no lo que está escrito. El teatro sólo se hace a sí mismo cuando es representado. Y tiene que saber que hay cosas que cortar, pero siempre con acuerdo entre el director y el autor. En su época, Shakespeare se adaptaba a sí mismo a la escena. Cuando yo dirijo me baso en el consejo de los demás y digo que siempre se corta demasiado poco".

Algo similar opina el director de escena José Luis Alonso (1925): "Siempre pienso que en un espectáculo teatral está el autor del texto y quien materializa ese texto sobre la escena, que es el director, que se puede considerar también como un autor. Un texto está sobre unas cuartillas, sobre una superficie horizontal, en una mesa. El director es quien pone en pie ese texto, es un recreador del texto. El director, al dirigir, lo que hace es contarle al público una obra que ha escrito un autor. Quien cuenta la obra es el director. También por esa razón, el texto tendrá un resultdo positivo o negativo según cómo esté dirigido. El director es como un público, que va más allá que el autor. El autor, a veces, ve el bosque, pero no los árboles".

Alonso rememora que ha tenido que pelearse con autores vivos y que por eso, bromea en serio, a veces, los directores prefieren a los clásicos. Alonso cree que "en un orden de prioridades está antes el autor. El autor siempre está el primero en una jerarquía. Esa lucha la tuvo Chejov con Stanislavski. El autor, en general, es alguien que no domina el teatro en cuanto a su especificidad escénica. Shakespeare era director y autor. La diferencia entre el texto escrito y el texto representado es mucha: eso es la realidad, la puesta en escena".

El escritor Fermín Cabal (1948) considera que la suerte de los autores es que pueden elegir director. "Cuando estás muerto ya no puedes elegir. Soy partidario de que los autores elijan al director y luego le abandonen. Los autores son los que menos mandan en el texto, y casi nunca pueden elegir director. No tengo una opinión general sobre las libertades que un director se puede tomar ante un texto. Depende de cómo se entiendan".

Adaptaciones inteligentes

Sobre la necesidad de adaptar a los clásicos, Nieva señala que "a veces es necesario un profesor para ver qué palabras es necesario adaptar. Las adaptaciones, siempre que sean inteligentes, pasan. A veces, y más en algún teatro que ahora se hace, el director utiliza el texto como pretexto para lucirse él".Ante los clásicos, Cabal coincide con Nieva en que "cuando se hace con talento, el resultado vale la pena". Cabal, que se queja de forma agria de los que se dedican a hacer pobres adaptaciones para cobrar derechos de autor, apunta, sin embargo, que no entiende "lo del teatro clásico. Creo que forma parte de lo arqueológico. Pienso que debe haber servicios públicos para ese tipo de teatro, pero como espectador no me interesa".

La idea de Rafael Pérez Sierra (1935), adaptador y traductor de varias obras de teatro, "es de apego a los clásicos, de respeto. No temor reverencial. Si hay partidarios de aclarar los textos es porque hay una distancia del libro a la representación, porque el público va al teatro a ver una obra, no a realizar un estudio con notas a pie de página".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 19 de abril de 1987