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Editorial:

Cambio de rumbo en Afganistán

EL CESE del secretario general del partido comunista a gano, Babrak Karmal, y su sustitución por el jefe de policía secreta, Najibullah, parece confirmar una nueva actitud de la URSS hacia el problema de Afganistán y deseo de Gorbachov de dar una solución política al enfrentamiento en aquel país, en el que las fuerzas armadas de Moscú difícilmente pueden obtener la victoria por medios militares.La sustitución de Karmal -que, aunque conservan su puesto de jefe del Estado, abandona el primer plano de la acción política- viene a remover un obstáculo bien conocido para una eventual suavización del régimen que pudiera conducir a una negociación con el vecino Pakistán, santuario y estación de tránsito para la ayuda militar norteamericana, y, en una segunda fase, con las propias fuerzas guerrilleras que se oponen al régimen apoyado por las tropas de invasión soviéticas. Karmal que fue llevado por la Unión Soviética de la embajada afgana en Praga para ponerle al frente de la situación 4 diciembre de 1979, cuando las fuerzas de Moscú depusieron manu militari al líder del comunismo nacionalista Hafizullah Amin, era un improbable Kadar para una tarea no ya de pacificación política, como en la Hungría 1956, sino de enfrentamiento a una revuelta popular base tribal y religiosa islámica.

Karmal, apenas instalado en el poder, liberó a los presos políticos, que su antecesor había acumulado en breve pero sangriento período, y restableció la tradicional bandera afgana, que había sido reemplazada con triunfo de la revolución comunista por otra anclada fundamentalmente en el rojo. Sin embargo, los límites de acción de Karmal se hallaban, de un lado, en su insistencia en que el poder fuera monopolizado por el partido comunista -en Afganistán llamado Partido Democrático Popular- y en una clara decantación por su propia rama del partido. el comunismo afgano ha sufrido históricamente de la rivalidad entre dos facciones: la de la Parcham (Bandera), formada básicamente por afganos de cultura persa y lengua farsi, y la del Jalq (Pueblo), de carácter muy específicamente nacionalista y que encontraba su fuerza en las tribus pathanes de lengua pushtu, habitantes de los -confines con Pakistán. Karmal, un parchami, había representado en 1979 el triunfo de ese grupo dentro del partido, presumiblemente más moldeable a los intereses de Moscú, y había gobernado sobre una base humana de su misma procedencia política.

Desde la llegada de Gorbachov al poder, Karmal, que había sido el hombre de Breznev hasta la muerte de éste, en 1982, no resultaba el interlocutor ideal para la nueva política de Moscú. En febrero pasado, en los actos del congreso del partido comunista soviético el líder del Kremlin había hablado de la "herida abierta" que representaba para la URSS la interminable guerra de Afganistán y expresado su deseo de establecer las bases para una retirada del contingente soviético. El propio Karmal, presente en las celebraciones, quiso infructuosamente obtener una entrevista con Gorbachov que tuviera el carácter de un imprimátur para su persona ante lo que se podía presumir como un cierto giro político de Moscú sobre el problema. Karmal tuvo que regresar a Afganistán sin entrevista privada y con los colores subidos ante su propia parroquia. En enero anterior, sólo la presión soviética había conseguido vencer la resistencia del jefe del comunismo afgano para que incluyera a no comunistas en su Gobierno, en una tentativa para ampliar la base popular del régimen ante la clase media urbana, relativamente modernizada, que no se inclina necesariamente por el apoyo a la revuelta tribal, religiosa y montañera.

En abril, Karmal partió de nuevo para la URSS para seguir tratamiento de una dolencia pulmonar, y durante su mes de permanencia bajo cuidados médicos los rumores volvieron a cobrar fuerza respecto a su eventual sustitución. Apenas unos días después de su último regreso, el consabido anuncio de que su estado de salud no le permite seguir desempeñando sus funciones da paso a su dimisión y relevo. El nombramiento de su sucesor parece encaminado a hacer posible a la vez un mayor acercamiento con la facción jalq, puesto que, como la mayoría de sus componentes, el nuevo líder afgano es de lengua pushtu y originario de la zona lindante con Pakistán, aunque sea parchami, y con los elementos ciudadanos no identificados ni con la guerrilla ni con el Gobierno. Paralelamente, puede dar un nuevo impulso a las negociaciones indirectas con Pakistán, que esta semana se reabren en Ginebra, en el marco de la ONU, sobre el futuro de Afganistán. Si con todo ello se logra una mínima pacificación en el país, Gorbachov tendría la oportunidad de retirar las tropas soviéticas y, con ello, de salirse de un atolladero para su país que podría llegar a ser tan intratable como lo fue el de Vietnam para Estados Unidos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de mayo de 1986