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Tribuna:México, tras la catástrofe

La inclinación de la gravedad

Un terremoto consiste en un movimiento oscilatorio del suelo, de amplitud generalmente pequeña, pero frecuencia alta, lo que provoca vibraciones de cierta magnitud. Cuando se trata de comunicar a una masa un movimiento acelerado, o si lo tiene, se intenta detener, aparecen fuerzas de la misma naturaleza que la acción de la gravedad. El movimiento de un seísmo tiene componentes que dan lugar a fuerzas de inercia horizontales sobre los objetos masivos sometidos a su acción.El efecto conjunto del terremoto y de la atracción de la tierra sobre un edificio, si es muy rígido y está fuertemente unido al terreno (ambas circunstancias se dan generalmente en bastante medida), es como si la acción de la gravedad oscilara inclinándose rápidamente en uno u otro sentido. La inclinación de la gravedad puede provocar desde la caída de objetos o elementos estructurales, hasta el vuelco del edificio. Si, por el contrario, un edificio estuviera flotando sobre el terreno, el efecto del seísmo sería un desplazamiento horizontal, sin otras consecuencias que la rotura de las canalizaciones u otros elementos que le unen al suelo.

Un edificio real se encuentra en una situación intermedia, los efectos de un terremoto dependen de la relación entre rigidez y resistencia de sus elementos estructurales. Cuando el terremoto es grave, juega un importante papel la ductilidad de la estructura, que es la capacidad de experimentar deformaciones irreversibles de importancia sin llegar a la rotura, absorviendo por ese medio parte de la energía transmitida por el suelo (algo así como la seguridad pasiva de un automóvil frente a choques).

¿Qué cabe hacer para que los edificios no sean dañados por los terremotos? Ante todo, procurar evitar los daños personales; en segundo lugar, minimizar los efectos económicos; salvado el primer punto, que implica no sólo que no se produzca el desplome de los edificios aunque queden inservibles, sino que se reduzca en lo posible el riesgo de accidentes menores (caída de cristales y otros elementos cortantes sobre la gente que huye a la calle, desplome de tabiques, estanterías... ). El problema se plantea en términos del sobrecoste de la construcción frente al riesgo de que quede inservible y deba ser sustituida.

En cada caso, en función de la valoración de los daños previsibles y del riesgo de que se produzcan seismos de una determinada importancia dentro del plazo de vida proyectado para el edificio, puede llegarse a una decisión teóricamente adecuada del sobrecoste en que puede incurrirse en la construcción (lo que nunca puede evitar el que puntualmente puedan existir fallos de diseño o ejecución).

En edificios como los hospitales, se aumentan obviamente los márgenes de seguridad, pero en ningún caso se pretende conseguir una seguridad absoluta (inalcanzable en cualquier actividad), sino un nivel razonable de garantía en función de los riesgos conocidos, los daños previsibles y los medios económicos disponibles.

Ricardo Aroca es arquitecto y catedrático de Estructuras de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la universidad Politécnica de Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de septiembre de 1985