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Sobre elecciones en general

El anuncio oficial de una fecha concreta (4 de noviembre de 1984) para las elecciones de Nicaragua ha provocado los inmediatos rechazos y las previsibles alarmas, tanto de los grupos contrarrevolucionarios como de la oposición legal interna y, asimismo, de ciertos sectores internacionales empeñados en bloquear, desestabilizar y, en definitiva, derribar al Gobierno sandinista. El comandante Daniel Ortega, coordinador de la Junta de Reconstrucción Nacional, ha expresado que, pese al adelanto de la fecha, los nicaragüenses no creen que haya un cambio favorable en la actitud de Estados Unidos, ya que "ellos dirán que estas elecciones no sirven".Es posible que la fijación de! calendario electoral, al desmoronar el más insistente argumento contra la revolución sandinista, haya provocado una frustración mayúscula en el Departamento de Estado. Estados Unidos, a diferencia del grupo de Contadora y de la Internacional Socialista, habrían, sin duda, preferido que la Junta nicaragüense postergara sine die la consulta electoral, ya que en esa exigencia habían basado hasta aquí sus presiones, su bloqueo, sus provocativas maniobras navales, su masiva ayuda militar a Honduras y a los contrarrevolucionarios nicaragüenses. Si ahora resulta que los sandinistas se inscriben efectivamente en el juego democrático y llaman a elecciones con fecha fija, asegurando que todos los partidos gozarán de plena libertad, tendrán amplio acceso a la radio y la televisión y cada uno de ellos; recibirá del Gobierno 600.000 (dólares y el papel necesario para la campaña, no es descartable que la confusión invada a los norte americanos, que siempre se han caracterizado por ser los primeros catecúmenos de su propia propaganda.

Es obvio que para los enemigos de Nicaragua no habrá medida de la Junta sandinista que les parezca suficiente. Hasta aquí se habían, quejado de la imprecisa lejanía de una convocatoria a elecciones para 1985; ahora los siete partidos de oposición que integran la Coordinadora Democrática protestan airadamente porque la fecha del 4 de noviembre de 1984 les parece demasiado temprana, y, según ellos, no les dará tiempo a organizarse. Por otra parte, esos y otros sectores habían señalado con insistencia que si los militares revolucionarios participaban como candidatos en los comicios, era previsible una manipulación electoral por parte de los sandinistas; ahora, la nueva ley establece que los miembros de las fuerzas armadas no serán elegibles, pero aun desvirtuada la impugnación, los grupos opositores siguen sosteniendo que las elecciones serán manipuladas. Reclamaron amnistía, y no sólo la hay, sino que se ha ampliado el plazo para acogerse a la misma. Opositores y contras no ignoran que, por absurdas o delirantes que lleguen a ser sus exigencias, siempre habrán de contar con el decidido apoyo del Departamento de Estado, y éste, a su vez, es el primero en saber que el sentimiento antinorteamericano de los nicaragüenses viene de antiguo y tiene sus fundadas razones.

Hace algunos días, un conocido articulista de The New York Times recordaba en estos términos la responsabilidad norteamericana en el asesinato de Augusto César Sandino después que éste expulsara a los marines de territorio nicaragüense: "La mayoría de los norteamericanos se ha olvidado de Sandino, pero los nicaragüenses sí lo recuerdan. Para ellos se ha convertido en un martirizado símbolo de la resistencia, un David centroamericano que desalojó de sus tierras al imperialista Goliath del Norte". Y agregaba: "El presidente Reagan tiene edad suficiente como para recordar qué significado tiene Sandino en la historia de las relaciones entre Estados Unidos y Nicaragua, pero en apariencia se limita a descubir la mano de los soviéticos detrás del rechazo sandinista a la influencia norteamericana en la región". El mismo articulista, Peter R. Kornbluh, concluía señalando que los latinoamericanos han forjado un aforismo sobre Estados Unidos: "Ellos nunca recuerdan; nosotros jamás olvidaremos".

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El mismo Henry Kissinger, que organizó la caída de Salvador Allende y obtuvo de inmediato el Premio Nobel de la Paz, preside ahora la comisión que aconseja a Ronald Reagan una acción devastadora contra Nicaragua. Así pues, por el mero hecho de llevar adelante una política que no le cae bien a Estados Unidos, Nicaragua es hoy el blanco de una despiadada campaña, que no sólo distorsiona hechos, sino que además atribuye intenciones y exige imposibles. Las transnacionales de la noticia cuentan, en esa brega, con bien dispuestos aliados en cada país, en cada región, en cada nivel informativo. La Junta sandinista ha expresado que el estado de emergencia será levantado a comienzos de mayo, o sea, seis meses antes de las elecciones; el Gobierno salvadoreño, en cambio, ha declarado que los comicios a realizarse en ese país (éstos, sí, con la bendición de Washington) se llevarán a cabo bajo el estado de sitio actualmente en vigor. Ello no impide que el embajador norteamericano en Managua, Anthony Quainton, opine que se conformaría "con que las elecciones nicaragüenses fueran tan libres como las de El Salvador".

El voto tercermundista

Es claro que la sensibilidad democrática norteamericana tiene sus baches. Por ejemplo, cuando el general Augusto Pinochet aplaza cualquier cotejo electoral hasta el final de la década, no hay presiones ni urgencias del Departamento de Estado para que adelante la fecha; cuando el dictador uruguayo, general Gregorio Álvarez, promete elecciones para noviembre de este

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año, pero autorizando la participación de sólo tres partidos políticos (uno de ellos, casi inexistente), mientras que todos los demás siguen proscritos, hay voceros del Departamento de Estado que califican esa actitud como "un claro progreso hacia la recuperación democrática". Y en la propia Nicaragua, la dinastía de los Somoza, que fuera directamente colocada en el poder por Estados Unidos, ¿habría »podido mantenerse en él durante 40 años de no haber contado con el indeclinable apoyo norteamericano? Cuando la señora Jeanne Kirkpatrick se conmueve hasta las lágrimas reclamando una "verdadera democracia" para Nicaragua, no es improbable que aluda al modelo Somoza, que, por supuesto, no originó el menor problema a Estados Unidos, pero torturó y asesinó a miles de nicaragüenses.

No estaría de más que Washington adecuara su retórica verbal a sus reales designios. Verbigracia: que cuando ocupen (sin necesidad de amenaza previa) un país minúsculo como Granada, no conviertan en una epopeya libertadora lo que es simplemente un problema de fagocitosis. Ahora, frente a la confirmación de las elecciones en Nicaragua, el secretario de Estado norteamericano, George Shultz, poco menos que exige que las mismas se celebren bajo supervisión internacional, lo cual (sobre todo si se piensa en las relaciones nada exigentes que Estados Unidos mantiene con Haití, Guatemala y Paraguay) revela un concepto muy particular de la soberanía. Falta saber qué pensaría el señor Shultz si el Gobierno sandinista sugiriera que las elecciones norteamericanas, que se celebran dos días después que las de Nicaragua, fueran supervisadas por una comisión internacional. El motivo podría ser una duda muy legítima: ¿no es, por cierto, inquietante que aproximadamente la mitad de los norteamericanos (y ésta sí que es mayoría silenciosa) le dé siempre la espalda al rito democrático precisamente en el país de la democracia? ¿Acaso las abstenciones no suelen ser tantas como la suma de votos de republicanos y demócratas? Se trata de una mitad de la ciudadanía que no sólo es indiferente, sino también incrédula. Seguramente cree en una Norteamérica creadora, profunda (que también existe, claro, y ha dado nada menos que a Thomas Paine, Lincoln, Walt Whitman, Herningway, Lilian Hellman, Humphrey Bogart, J. D. Salinger y Jane Fonda), pero no en la Norteamérica retórica, oscurantista, prepotente, cuadrada del senador McCarty, el Reader's Digest, Heriry Kissinger, John Wayne, el Ku-KluxKlan y la Escuela de Chicago. Seguramente el señor Shultz tendrá una respuesta muy computada y atendible, pero no estaría mal que fuese supervisada y, en todo caso, refrendada por una comisión internacional. ¿O será que Estados Unidos es la única nación que, por gracia divina, no puede caer jamás bajo sospecha?

Tengo otra sugerencia todavía más descabellada. Ya que Estados Unidos invade al Tercer Mundo con sus marines, su economía monetarista, sus leoninos intereses, sus cursos de tortura básica, etcétera; ya que interviene tan ostensiblemente en nuestras vidas (ay, y en nuestras muertes), ¿no sería de estricta justicia que también el Tercer Mundo pudiera participar en la elección de un presidente como el norteamericano, que tanto pesa siempre en su destino? Si, como señalaba antes, hay en Estados Unidos un enorme porcentaje de ciudadanos que siempre se abstienen, que nunca participan; si hay allí varias decenas de millones de hombres y mujeres a quienes les importan el mismo bledo Nixon que Carter, Carter que Reagan, Reagan que Mondale, ¿por qué los subdesarrollados tercermundistas no podemos ofrecernos para sustituir en los comicios a esos escépticos desarrollados? Quizá aún no tengamos claro a favor de quién depositar nuestro voto desvalido y mestizo, pero, en cambio, estaremos masivamente de acuerdo en saber contra quién. Ya sé, esto también es imposible. Ah, pero tengo mi esperancita de que a la Gallup no le disguste la idea. ¿No sería acaso un lindo zafarrancho de democracia mundial, o por lo menos un ensayo de calistenia ideológica?

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