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CARTAS AL DIRECTOR

Depuración en la Real Academia Española

Un reciente artículo de Pedro Laín sobre la tolerancia de la Real Academia Española durante los tiempos menos tolerantes de la España franquista, junto con afirmaciones difundidas por Julio Rodríguez Puértolas en un manual de literatura de amplia difusión, me obligan a recordar un pequeño hecho histórico sobre las relaciones de Ramón Menéndez Pidal, mi abuelo, con la media España que venció a la otra media en 1939. Cuando regresó de un temporal y disimulado exilio a reunirse con su familia (que había quedado en España, en parte forzadamente, en parte voluntariamente), perdió su centro de trabajo -el Centro de Estudios Históricos, que fue suprimido y sustituido por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas- y se refugió en su actividad de investigador en su casa de Chamartín. Los tribunales de depuración por los que pasó (llegó a tener su cuenta de banco intervenida) no le quitaron, es cierto, su puesto de académico; pero una comisión de la Academia, presidida por don Julio Casares, fue a San Rafael (Segovia) para pedirle su dimisión como presidente de la misma. La carta que en esa ocasión escribió a sus colegas de la Academia no fue siquiera leída públicamente en la corporación, como él había pedido. Sólo años después, cuando el régimen fue evolucionando hacia una mayor aceptación de los disidentes, volvería a ocupar la presidencia de la Academia (diciembre de 1947) y a asistir a las reuniones de la misma. No hay duda de que él siempre apreció el vínculo humano y la comunicación con un conjunto de amigos que le quedaban en ella, pues, gracias a las sesiones académicas, pudo mantener un contacto regular con personas ajenas a su círculo familiar durante aquellos años, largos años de aislamiento profesional en que no le fue dado desarrollar las actividades colaborativas que con tanto éxito había venido impulsando durante la Monarquía y la República.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 17 de enero de 1984