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Subasta pública de la televisión de Argentina

Los canales fueron estatalizados por el Gobierno peronista de Cámpora en 1973 e incautados en 1976 por los militares

El inexistente Gobierno argentino no deja, por su carácter, de firmar decretos, y así, los canales de televisión, estatalizados por el Gobierno peronista de Héctor Cámpora en 1973 e incautados en 1976 por los militares, están saliendo á subasta pública. Los Gobiernos acostunbran a tratar a la televisión como algunos hombres extraviados a sus amantes: si pierden su usufructo prefieren verla envilecida en manos de varios que entregada a un único rival. Y el inexistente Gobierno argentino no es ajeno a estas reglas de comportamiento al parecer universales.

Peronistas y radicales no han sido muy explícitos sobre sus intenciones respecto a la televisión, pero sólo de los primeros cabía esperar una nueva estatalización de las emisoras que ahora se están privatizando. El primer canal en obtener la libertad ha sido el 9 (intervenido por el Ejército de Tierra), recuperado por su propietario anterior a 1933, un empresario radical que ha licitado la emisora por 15 años.

En breve tiempo, los canales 13 y 11, administrados, respectivamente, por la Marina y la fuerza aérea, serán subastados junto con el canal 2, que emite desde La Plata, capital de Buenos Aires. El canal 7 pertenece a Argentina Televisora Color y es, históricamente, la televisión del Estado. Son las grandes emisoras de televisión argentinas con las que conecta la mayoría de las televisiones provinciales. Esta televisión nunca se hizo acreedora a méritos inestimables, pero cuando los coroneles y los capitanes de navío colgaron su gorra de plato en el perchero del director de cada canal, la degradación alcanzó tal punto que Televisión Española, en contraste con la de Argentina, bien pudiera haberse contemplado como una alumna aventajada de la BBC.

Bombardeo publicitario

La publicidad, alimentada por el monetarismo-consumismo de los militares, todavía es mareante, pese a la recesión económica y la hiperinflación. El bombardeo publicitario sólo es aliviado por la excelente escuela de los publicistas argentinos, que suelen vender los productos con belleza o con ingenio y, bajo la dictablanda del general Bignone tras la derrota en las Malvinas, por el más perfecto muestrario de glúteos femeninos que pueda verse en televisión alguna, y que en Argentina sirven, antes de para tomar asiento, para propiciar la venta desde un automóvil a un yogur.Para desgracia de una correcta relación entre los sexos, las feministas argentinas trabajan sobre una sociedad eminentemente machista, donde la patria potestad sólo corresponde al padre, y, para mejor fortuna de los publicistas, los hombres argentinos son los únicos del mundo que preguntan qué es lo segundo que te atrae de una mujer, dejando por sentado (y nunca mejor dicho) el primer objeto de placer visual.

La ausencia de una legislación correctora ha permitido la saturación publicitaria hasta el vómito. Los cortes publicitarios siempre son más extensos que el segmento de programación que se acaba de contemplar, y una película bien puede ser troceada casi secuencia a secuencia. No hay un solo espacio -incluidos los informativos- que no se vea ferozmente agredido por la publicidad. Y todas las emisoras, que no son ajenas a, la crisis de liquidez de cualquier empresa del país, completan su programación (desde las once de la mañana a los trasnoches, que pueden cerrar á las tres de la madruga da) anunciándose obsesivamente a si mismas y ofreciendo resúmenes continuos de lo que el telespectador contemplará a conitinuación.

Abuso de reposiciones

El abuso del rellenado hace tiempo superó la barrera del rubor para. entrar en las dimensiones del alarde. Así, semana tras semana, y hasta día tras día, los niños pueden contemplar extrañados la misma película animada dos, tres, cuatro o cinco veces; el ama de casa, derramar las mismas lágrimas ante el capítulo repetido del novelón brasileño o mexicano, o el adolescente, indignarse ante el Petrocelli o El gran chaparral que ya les sirvieron pocos días antes.Es una de las más perfeccionadas aplicaciones del acreditado método del indio propietario de una manta tan pequeña que sintiendo frío en sus piernas descubiertas cortó el trozo que cubría su torso para calentar sus extremidades.

La penuria económica -y un tardío entendimiento militar de que la moralidad es trasladable a la economía- obligó a fijar topes salariales tan protestados como en España, aunque con menor énfasis dada la tolerancia de la televisión argentina hacia la publicidad encubierta e incluso hacia la descarada. Un humorista alude en todos sus programas al mismo restaurante, y tras un telediario se informa puntualmente a la audiencia de que a los periodistas en pantalla los viste determinada y elegante tienda porteña.

Los telediarios son exageradamente localistas: un choque de dos autobuses, sin víctimas, en Buenos Aires consume mayor espacio que una sesión plenaria de las Naciones Unidas, y los presentadores, muy serios, extraen fotografías internacionales de un telefax y las muestran para que las enfoque la cámara. Sencillamente, se terminó el dinero para pagar las conexiones por satélite. La información sobre lo que ocurre en Brasil, Uruguay, Perú, Paraguay, Colombia o Venezuela es simplemente inexistente, como si el río Grande constituyera la frontera entre Estados Unidos y Argentina, y Latinoamérica fuera un continente distinto y distante. Sólo las protestas chilenas merecen alguna atención, y ello más por la hostilidad entre las dos naciones que por interés de los sucesos del otro lado de la cordillera. No en balde muchos argentinos, cuando regresan, por ejemplo, de un viaje a Brasil o Venezuela, comentan impertérritos qudestuvieron en Suramérica. Aplican la misma filosofía integradora del ex presidente Calvo Sotelo, que, acaso para contribuir a la teoría de las compensaciones, ha disfrutado de un reciente asueto en la República Argentina, tan diferente y lejana.

Acaso por ello, la presencia en la televisión argentina de Televisión Española sólo se advierte en la grata ausencia de 300 milliones, cuya supresión, sin duda, ha fa vorecido el acercamiento de Es paña y América. Solo los chicos de Verano azul han pedaleado re ciéntemente en un canal porteño, y otras series españolas que aquí tendrían excelente aceptación dejan paso a la mayor concentra ción televisiva de telefilmes esta dounidenses (y con cuentagotas, británicos) de que se tiene noticia. Uno detrás de otro, sin otro respiro que el dudoso que aporta la publicidad.

Flamingo Road compite con Dallas, y ésta, con Dinastía; Kung fu puede constrastarse con Mannix, Los vengadores, La mujer maravilla, El agente de Cipol, Los casos de Rockford o La casa de la pradera. Toda la violencia y la unaginería norteamericana de la última década puede contemplarse en un mismo día en el supermercado espiritual de los cinco canales que se ven en Buenos Aires.

Televisión con gorra de plato

Vaya en descargo de los militares que administraron durante siete años esta televisión con gorra de plato lo poco que hicieron una vez ocupados sus despachos; aplicaron con guante de hierro la censura, intentaron favorecer sus vanidades personales antes que su imagen corporativa, y hasta en el anagrama del canal 11, que tutela la fuerza aérea, aparece un avioncito que evoluciona y penetra por el agujero de la o. Llenaron los televisores de mensajes y con signos patrióticos, y durante la guerra de las Malvinas proscribieron aguerridamente los anuncios de Camel. Poco más.Lo malo acabó en peor, y lo que ya era torpe degeneró en chabacano, y a la corrupción económica añadieron la imoralidad sexolaboral. Acaso en ello los galoneados argentinos lleven su penitencia: pasados, sin previo cursillo ignaciano, de la sala de banderas a los despachos de una productora de televisión, descubrieron horizontes tan sugerentes que son pocos los jefes y oficiales con servicios prestados en televisión que no sean ahora rencorosamente observados de reojo por sus señoras. Los desastres, como todos sabemos, nunca llegan solos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de noviembre de 1983