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Crítica:

Sigue la neuralgia

Staying AliveDirector. Syvester Stallone. Guión: Sylvester Stafione y Norman Wexier, según los personajes de Nik Cohn. Música: Bee Gees. Intérpretes: John Travolta, Cynthia Rhodes,.Finola Hughes, Steve Inwood Musical. Norteamericana, 1983. Locales de estreno: Palafox, Arlequín y Cristal

Hace ya tiempo que algunos distribuidores dejaron de subtitular las canciones, despreciando una parte esencial de las películas. Más tarde dejaron de doblar las voces de fondo de los diálogos, permitiendo que los protagonistas estuvieran absurdamente rodeados de extranjeros. Luego dejaron de doblar los fragmentos que se recuperaron de los fondos de la vieja censura y los intercalaron por las buenas, sin que el espectador pudiera entender por qué, de pronto, los protagonistas se besaban en inglés. Ahora han dejado de traducir los títulos de las películas y ya no sabemos si nos ofrecen una versión doblada, original o mixta. Es el caso de Staying alive, última obra de Sylvester Stallone, que quizá se traduzca como Permaneciendo vivo, aunque la película carezca de toda vida. Lo paradójico de esta no traducción es que en varios momentos del filme se cuela con torpeza un micrófono que graba el sonido directo que el doblaje anulará luego. El público ríe la insistencia del micrófono, tanto por su descaro como para descargarse del aburrimiento de la historieta que narra el filme: de nuevo la obsesión por -el triunfo de un joven bailarín, aunque no tan joven ya como en Fashdance lo era, de una soldadora autógena que danza por las noches.Personaje prolongado

Travolta, que prolonga el personaje de Fiebre del sábado noche, ama y no ama a una moza, desea y no desea a otra, y en medio, quiere triunfar en Broadway: lo de siempre, pues, pero sin la gracia de aquellos musicales de los años treinta que disimulaban el tópico a base de imaginación. La dirección de Stallone es tosca, obvia, sin que en los números musicales rompa tampoco por su parte la mediocridad que desborda la parte argumental. Aunque las actrices aportan su talento y cobijan a Travolta, y aunque incluso éste baila con garra en una coreografía brillante, la cámara se muere en planos estáticos que el montador ha intercalado luego como en un programa directo de televisión, tratando de seguir el ritmo de la música a golpe de moviola. Son películas que nacen del éxito de algún disco (y aquí la intervención de los Bee Gees es primordial), que el público discotequero quiere ver interpretar a bailarines profesionales, y cuyo destino último se sitúa en los bares con música y vídeo (legal, por supuesto). En las sala! no cabe hablar mientras los personajes hablan, ni bailar cuando ellos bailan, aunque sí pensar en cualquier otra cosa: bobada por bobada, mejor las propias.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 20 de octubre de 1983

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