Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:

Joseph Losey, bajo, o el volcán de la ilusión y del dolor

El cineasta habla en San Sebastián de sus frustraciones y de sus proyectosMARUJA TORRES San Sebastián

ENVIADA ESPECIAL

San Sebastián
Los deslumbrantes ojos azules de Joseph Losey, que desde ayer participa en San Sebastián en un curso sobre cine musical, son como dos turquesas relumbrando entre los rescoldos de un volcán fatigado, pero todavía no extinto. Como dos recuerdos de cristal, dos vigías abriéndose camino entre la niebla. Joseph Losey. Vieja, resistente montaña, noble mole rocosa a cuyo alrededor ha ido despoblándose el bosque, empobreciéndose el paisaje. Y él sigue ahí, en su arrogante postura de siempre, intentando recomponer la esperanza. Y te dice: "Detrás de todo gran pesimista hay muchos pequeños optimismos defraudados que conducen a la desilusión. Pero la ilusión hay que conservarla siempre, hay que mantenerla para seguir viviendo".

Quizá Joseph Losey, que está estos días en San sebastián, desafiando la lluvia que le ha recibido en Euskadi, atraviesa en este momento uno de esos túneles de dolor que no por frecuente hacen más llevaderas las estaciones en las que uno se apea. Bajo el volcán, la novela de Malcolm Lowry por la que se batió como un tigre durante años, para cuya versión cinematográfica Guillermo Cabrera Infante le escribió un guión que Losey define como magnífico, va a ser rodada por otro. Por John Huston, con otro guión y con Albert Finney como protagonista. Losey se enteró de ello el mismo día que supo que su proyecto no tenía financiación, y ya nunca Richard Burton podrá ser el inolvidable cónsul consumido por el mezcal.Tampoco hará En busca del tiempo perdido, otros muchos años de su vida invertidos en la esperanza: la está rodando Volker Schöndorf mientras toda la aristocracia francesa se pelea para aparecer en la figuración. Joseph Losey confiesa llanamente la melancolía o quizá la rabia que todos estos desastres le producen. Aunque quizá ambas decepciones no le duelan tanto como el no haber podido rodar en su país natal, Estados Unidos, después de 33 años de exilio en Europa. Losey tiene 74 años.

En efecto, la semana pasada se le anuncié que no va a ser posible el rodaje de la película que marcaría su regreso a América, esa América de la que tuvo que huir cuando fue incluido en las listas negras de McCarthy.

El recuerdo del actor Ronald Reagan

Y si le preguntas si el macartismo todavía sigue vivo en su país, responderá con una ironía profunda que "Ronald Reagan creía ser un progresista, y tal vez lo era, en los tiempos en que McCarthy triunfaba. Recuerdo que tuvimos una reunión, presidida por él, para recaudar fondos con destino a una campaña antirracista. Y ahora Reagan es presidente de Estados Unidos y todos sabemos la clase de presidente que es".

Setenta y cuatro años, nacido en Wisconsin, crítico teatral en los años treinta, del New York Times y del New York Herald Tribune, Losey pasó luego al teatro y tuvo como maestros a gentes como Piscator y Brecht. "Brecht fue muy importante para mí me influyó mucho. Le conocí en el 35 y le seguí tratando hasta su muerte. Luego continué manteniendo contacto con su mujer. Alguien que también tuvo mucha influencia sobre mí fue Charles Laughton. Con Laughton, precisamente, montó Galileo Galilei en el teatro: "Era un hombre con mucho, mucho talento Fue trascendental para un joven como yo". Le digo que entre él y Laughton, conocido por sus ideas derechistas, no había nada ideológico en común: "Oh, no. Pero tenía mucho talento. Era débil como hombre y era grande como actor".

Tres años después del montaje de Galileo Galiléi, cuando ya Losey había rodado en Hollywood cuatro películas -la primera fue El muchacho de los cabellos verdes-, fue convocado por McCarthy para declarar ante su tribunal. Losey se encontraba entonces en Italia, y tuvo la astucia de no comparecer. Se refugió en el Reino Unido, pero la tinta de las listas negras, aunque algo desleída, emborronaba también la industria cinematográfica inglesa. De hecho, hasta la España franquista llegaba la maldición: a Losey, aquí, se le estrenó tarde y mal.

El sueño del tigre dormido

En el Reino Unido rodó varias películas utilizando los seudónimos de Víctor Hambury y Joseph Walton. Obras casi maestras como El tigre dormido e Intimidad con un extraño no pudieron disfrutar en su momento de la firma de su autor. Sin embargo, gracias a Time without pity, la crítica empezó a preguntarse quién era el genio desconocido, y ya pudo rodar, filmando con su propio nombre, dos filmes tan importantes como La clave del enigma y El criminal. En esta película estuvo a punto de trabajar un hombre, Harold Pinter, que sería fundamental en parte de su filmografía.

La pregunta es: ¿Fue Pinter quien influyó en usted o usted en Pinter para llegar a ese profundo análisis del comportamiento británico que son El sirviente o Accidente? "Los dos coincidimos, pero debo decir que fui yo quien le proporcionó a Harold Pinter el material en todas las ocasiones. Le conocí... bueno, él todavía era actor, y un amigo común me envió sus obras teatrales que todavía no habían sido estrenadas. Entonces le pedí que escribiera el guión de El criminal. Él rehusó, no le gustaba, pero luego trabajamos juntos en muchas películas, y es posible que todavía lo hagamos de nuevo". Le hago notar que Harold Pinter, ahora, también dirige: "No es que lo haga muy bien", dice, y se echa a reír.

La filmografía de Losey es muy dilatada, y no siempre perfecta.

Junto a películas magníficas, como Eva, Por el rey y por la patria, Ceremonia secreta, El mensajero, Galileo Galilei, La inglesa romántica, Mr. Klein y la misma Don Giovanni, hay fallos considerables, como El asesinato de Trotsky o Las rutas, del Sur. Sin embargo, el balance es excepcional, y su última película, La trucha, su última película, con guión de Monique Lange, ha despertado gran expectación.

Las diffíciles intenciones de una película

A raíz del estreno de éste filme ha dicho que "cada vez resulta más difícil hablar de las intenciones de una película. En realidad cada una debería ser un trabajo continuado que sólo finalizara al obtenerse la primera copia lista para proyección". Le pregunto cómo ha descubierto eso, cuánto trabajo, cuánto cine, cuánta vida le ha costado saberlo. "Lo ignoro eso quisiera saber yo". Y añade: "Ahora sé que una película no termina nunca, que sigue viviendo más allá de su estreno. En la industria norteamericana y la inglesa te resulta imposible controlarla después. En Europa es más fácil". ¿Y cuáles de sus películas se han convertido en fantasmas que le persiguen? "Todas. Excepto Las rutas del Sur, que era un proyecto que no funcionó de partida, pienso que debido a que el tema ya estaba superado. Había sido tratado en La guerre es finie". Y, en efecto, el guión de ambas películas es de Jorge Semprún.

Para este hombre, al que Europa ha supuesto la libertad de vivir y trabajar, el Reino Unido sigue siendo, pese a Margaret Thatcher, el país más libre de Occidente, y la guerra civil española, un acontecimiento que le sacudió. Europa es todavía su territorio de operaciones.

"Pero ningún camino parece conducirme a rodar en Estados Unidos. Y tengo aún tantas cosas por decir... Quizá por eso me lo impiden". La América a la que a Joseph Losey le interesa volver no es la de los Spielberg, Lucas, Ford, Coppola. "No, desde luego. No es ése el cine americano que me interesa y no es ése el país del que yo hablaría. Yo quisiera contar la sociedad americana tal como conté la sociedad británica en películas como El sirviente o Accidente".

Habla con entusiasmo de su cine, de sus fantasmas. Cuando se ríe, y lo hace a menudo, unos dientes afilados, de conejito, atemperan la convulsión volcánica de su poderosa anatomía. Bebe vodka con tónica incluso en las comidas, y no le hace ascos a chismorrear con Guillermo Cabrera Infante y Vicente Molina Foix sobre Dirk Bogarde o Alain Delon. Viaja con su mujer, Patricia, autora de los subtítulos en inglés de Don Giovanni, subtítulos que han sido una de las causas fundamentales del éxito del filme en los países anglosajones. Y dice que Don Giovanni es su mejor película.

Quizá hablar de ella, ser objeto de homenaje por ella, le compense un poco del desmoronamiento del paisaje, la traición de algunos compañeros y, sobre todo, el destierro de un país, el suyo, sobre el que aún puede dejar calzada la huella de su talento.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de agosto de 1983