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Días tranquilos en Madrid

Recuerdo y esperanza en el 'Encuentro en la democracia', celebrado con los problemas latinoamericanos como fondo dramático

Ayer fue clausurado el Encuentro en la democracia que congregó en Madrid durante la última semana a intelectuales y políticos de veintiún países. Esta es una descripción de la historia interna de esa discusión intelectual que se ha desarrollado teniendo al fondo los graves problemas de América Latina. Esa evidencia ha convertido esta ocasión en la posibilidad de pasar unos días tranquilos en Madrid. La mayor parte de los que han intervenido deben volver ahora a un infierno político al que aquí han tratado de buscar soluciones.

MARUJA TORRES, Cuando Ignacio Ellacuría rompió a hablar, quizás hasta entonces nadie había reparado en el hombre delgado, de semblante ascético y dentadura irregular, que pasaba desapercibido entre el conjunto de los ponentes. Cuando Ignacio Ellacuría empezó a leer con mesurada voz las cuartillas que había preparado poco antes, 29 folios mecanografiados que le habían salido de un tirón, los intelectuales que formaban la mesa cultural del Encuentro en la democracia despertaron del sopor que esa mañana pesaba en la sala de reuniones como un mal pensamiento. Los rostros abatidos, que reflejaban el cansancio de la fiesta de la noche anterior, dejaron de multiplicarse en los espejos de barraca de las paredes y se concretaron en un solo esfuerzo: de dónde viene, de qué está hablando este hombre.

Porque Ignacio Ellacuría, jesuita de origen español que ha elegido ser salvadoreño, venía directamente del infierno. Él mismo lo explicó cuando dijo, en frase que hubiera parecido demagógica de no haber nacido en el vientre mismo de la verdad: "Señores, vengo chorreando sangre".

Venía del infierno y, lo que es peor, todos sabían que al término de las reuniones regresaría a su puesto de rector de la universidad Centroamericana José Simeón Cañas, de San Salvador; a esa tierra cuarteada por las cenizas de los -por lo menos- 35.000 seres humanos asesinados en los últimos tres años. Ignacio Ellacuría había hecho un viaje largo para hablar de cultura y de supervivencia. Y quizás en el fondo de sus ojos los otros podían ver la rabia contenida de quien presiente que, en el fondo, el viaje de retorno va a hacerlo solo. Con palabras, promesas, quizás una nueva cita manuscrita en una esquina de la agenda. Pero solo.

Coreografía para una ceremonia

El Instituto de Cooperación Iberoamericana (ICI), antes Instituto de Cultura Hispánica, conserva en las paredes los restos del ayer. Esos enormes frescos que van de esquina a esquina, en donde los santos, los conquistadores y el Pilar de Zaragoza están siempre en alto, sobre una nube y en medio de un resplandor. Y los indígenas, abajo. Con sus ponchitos, sus flautas, sus sombreros barrocos y todos los avíos que el neoimperialismo franquista les exigía para afrenta de la razón y el conocimiento. Quizás por eso, la ceremonia del Encuentro ha resultado todavía más conmovedora: parecía como si esto de ahora, esta voluntad de acercarse y tocarse, de saberse, acabara de irrumpir por sorpresa.

En el curso de la cena que ofreció el Ministerio de Cultura en el invernadero del Jardín Botánico, los invitados permanecieron en silencio, robados de su verdad, de su cuerpo, inmóviles, como en una pecera, sitiados por árboles hermosos y tan lejanos como sus nombres escritos en latín. En aquel escenario irreal, pero muy grato, el drama parecía haber obtenido una prórroga. Y era un gozo ver al ministro Solana mezclado con todos los que habían llegado a Madrid con su valijita de propuestas esperanzadas, prescindir del protocolo en el saludo para lanzarse directamente al abrazo, escuchar las distintas cadencias de los tantos acentos, las tantas cinturas a las que se ciñe nuestra lengua.

Se contaban anécdotas. Como la que refería Wilson Ferreira, jefe de la oposición uruguaya en el exilio, cuando contaba que un coronel de su tierra, de nombre Porciúncula, había recibido simultáneamente dos propuestas: convertirse en jefe del Estado Mayor del Ejército uruguayo y formar parte del comité de árbitros de la FIFA. "La situación del Ejército es tal", decía Ferreira, "que, después de pensárselo una semana, el coronel se decidió por la FIFA.". Y José Emilio Pacheco, novelista y poeta mexicano, se quejaba de que, en su país, el papel es tan malo que los libros no duran más de un año.

La tarde del viernes, en que se cerraban los trabajos y se llegaba a las conclusiones, todos estaban de acuerdo en que había que potenciar la cultura autónoma latinoamericana como medio de defensa contra otras formas impuestas desde fuera. José Vidal Beneyto, que en su ponencia había propuesto la creación de un satélite propio, defendía a capa y espada las conquistas de la microelectrónica ante la mirada escéptica, lejana, tal vez bañada en hechos, del jesuita de El Salvador.

Legitimidad del término 'Latinoamérica'

Antonio Tovar hacía disquisiciones acerca de la legitimidad del término Latinoamérica y Aurora Albornoz, impaciente, le puntualizaba brevemente que lo que importa no son los nombres, sino los contenidos, para pasar luego a quejarse de lo poco que se estudia literatura latinoamericana, o iberoamericana, o hispanoamericana en las escuelas nuestras. Xavier Rubert de Ventós nos recordaba que no siempre la cultura es liberadora, que sabemos, hoy, que más cultura no quiere decir mejor cultura, y que una cultura secuestrada por los poderes sería una cultura de la pobreza. "Quizás lo que nosotros, españoles, podemos ofrecer a nuestros hermanos de Iberoamérica", decía finalmente el filósofo catalán, "es un presente en el que podamos ser un Estado-objeto, un país-objeto en el que comprueben cómo se hacen las cosas, de modo que algunos errores que nosotros cometemos no se cometan, en donde vean que se puede jugar a la transparencia sin la trascendencia, es decir, a la democracia. Un método, la transparencia, que no es frecuente en los países latinos".

Entre la realidad y el deseo

Y Augusto Roa Bastos, con su perfil de hipocampo reflexivo, ofrecía la propuesta más concreta: la creación de una comisión de cultura latinoamericana que tendría como objetivo difundir de forma sistemática los objetivos de esta reunión de Madrid; una comisión autónoma del Gobierno, no institucionalizada, que ostentaría la responsabilidad moral contraída en este Encuentro para la defensa de la cultura de nuestros pueblos.

Así, tras el versallesco final en el u más o menos todos se mostraron satisfechos, los pasillos forrados de nostálgicos tapices volvieron a resonar con el palmoteo de las felicitaciones, el siseo esperanzado de los proyectos, las promesas, el tenemos que vernos más, dale recuerdos a, o pregunta por.

Sin alfombras

Y el padre Ignacio Ellacuría, que pronto regresará al infierno real, sin alfombras ni espejos de mil caras, se preguntaba, una vez más, si todo esto va a servir para algo. Porque desde la perspectiva europea -y España camina, según él, irremisiblemente hacia Europa- quizás no se pueda comprender cuán urgente es construir esa civilización de la pobreza, esa cultura diferente en un mundo -Centroamérica- que se resiste a aceptar el sistema de cuyas contradicciones ha nacido. Eso es lo que quiere aplastar Reagan, lo que no tolera el imperio "aunque se den razones de otro tipo, como el peligro comunista. Hay que entender que el objetivo prioritario a destruir es la cultura, y que las soluciones deben ser urgentes, muy urgentes. Y este Encuentro, cuajado de buenas intenciones, de personas plenas de voluntad, reúne demasiado pluralismo, demasiadas diferencias".

Ha sido, con todo, una experiencia importante, la primera piedra de un dilatado camino empedrado de dificultades y de ilusiones. "Pero hay que estar ahí para saber cuáles son los hechos, porque la realidad es la gran decidora, hay que dejar que su voz hable por nosotros. Allí, en Centroamérica, uno tiene las raíces, uno ve cómo, a pesar de la angustia y el dolor, el pueblo sigue en pie, no se desespera, trabaja. Y eso es lo que nos sostiene la esperanza".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de mayo de 1983