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Crítica:TEATRO / 'CADA QUIEN, SU VIDA'

Bolero

El melodrama es un género que ya no existe entre nosotros. A veces los autores, llevados de una naturaleza sentimental y taquillera, pueden sin querer caer en él; pero buscarlo, practicarlo, no lo hace nadie desde los grandes tiempos de Ama Rosa y Sautier Casaseca. Cada quien su vida es un melodrama químicamente puro, incluso implacable, que ha tenido 6.000 representaciones en países americanos y que traen aquí el Ayuntamiento de Madrid y el Ministerio de Cultura, y nos envían el Consejo Nacional de Turismo, el Claustro de Sor Juana y la Sociedad General de Escritores de México.No tiene un solo instante de desperdicio. Todos los tópicos se acumulan uno tras otro y a veces todos al mismo tiempo. Cafetín de chulos y putas -con perdón-, cada cual con su vida desgarrada en la noche de fin de año; alcohol, drogas, abortos, música un poco canalla, alegría entreverada de tristeza. Chulos, ladrones, maricas, putas jóvenes y viejas, diputado corrupto con su guardaespaldas, profesor caído con mujer bondadosa, santa profetisa, guardia sobornado. Del profundo mal, ya se sabe, puede salir el bien o estar impregnado de bien; se puede terminar la noche con arrepentimientos y misa de seis. Marginación redimida y redentora en torno a la palabra amor. Basurto, en su nota al programa, dice que esa vida existe, que él la ha vivido y amado: existe realmente, y nadie ignora que hay aspectos enteramente melodramáticos en ella; probablemente la vivió durante años y la condensa ahora en tres actos, lo cual produce una asombrosa acumulación de efectos. Cita también la teología como justificación de todas las salvaciones y, sin duda, hay algún que otro símbolo, a partir de que el café cantante se llama El Paraíso, y hasta llegar al final, en el que aparece brevemente una alta figura ensotanada, de largos cabellos y barba blanca, en la que, los cielos me perdonen, creí ver una personificación del mismísimo Dios Padre, que queda solo, sentado en el centro de la escena, mientras cae el telón, no sin antes haber ofrecido alkaseltzer que, metido ya en la locura de la interpretación de los símbolos, podría ser la comunión matinal, el suave y refrescante lenitivo para los ardores de la noche excesiva. Despojado de peluca y barba, resulta ser el propio Basurto, autor y director de la obra.

Cada quién, su vida, de Luis G

Basurto.Intérpretes: Enrique Reyes, Héctor Argente, Luis María Núñez, Victoria Burgoa, César Soto, Patricia Martínez, Alonso Meza, Alonso Echanove, Noé Murayama, Alvaro Espinosa, Claudia Guzmán, Marta de Castro, Salvador Jaramillo, Enrique Carreón, Mónica Miguel, Miguel Prego, Lazmín Lira, Armando Calvo, Edith Kleiman, Arturo Casanova, Gloria Silva, Luis G. Basurto (Compañía del Teatro Popular de México). Escenografía y vestuario de David Antón. Dirección: Luis G. Basurto. Estreno, Teatro Martín, 8-1-1983.

Si el texto es melodramático, la dirección lo apura; es decir, hace que el drama fluya por el camino de la risa, de la hiperteatralidad, de los movimientos exagerados en contraste con grupos congelados; es una modernidad del viejo melodrama, que solía ser naturalista y que aquí ya ha pasado por Brecht y su famoso distanciamiento; maquillajes, vestuario, colocación de figuras y grupos tienden a ese exceso de teatralidad deliberada. No sé si citar en este caso a Brecht puede parecer una blasfemia; pero, después de haber citado al Dios Padre... En realidad, bastaría dar como precedente literario al bolero, aunque elevado, eso sí, a la enésima potencia.

La interpretación responde fielmente a todo lo que se busca. Dice Basurto que todos son "trabajadores apasionados del teatro", y así es: fielmente representan lo que se les ha escrito y dirigido; trabajan, trabajan. Más allá de juicios de valor, puede citarse a uno de ellos por lo que representa de excepcional para los españoles: Armando Calvo, galán del cine de otros tiempos, ahora en un brevísimo tipo que sobrepasa el melodrama para entrar casi en el grand guignol.

Hubo muchos aplausos y, al final, ovaciones. Basurto pronunció un largo discurso dedicado muy especialmente a Buero Vallejo, que allí estaba, a Fernando Rey y a santa Teresa: recordaba sus antiguos años en España, pedía el intercambio de las dos culturas y agradecía a todos sus patrocinadores el milagro; uno de ellos, representante del Consejo Nacional de Turismo de México, subió a escena. Hubiera sido deseable también que subieran al palco escénico los representantes del Ayuntamiento de Madrid y del Ministerio de Cultura: a dar la cara.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 10 de febrero de 1983