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Crítica:'JAZZ'

Promesa incumplida de Chico Freeman

El pasado jueves los aficionados madrileños tuvieron ocasión de escuchar en el colegio mayor San Juan Evangelista lo que se anunciaba como "la vanguardia musical de Chicago," y "el viento mas importante ha surgido en la historia del jazz desde la muerte de Coltrane".Es muy cierto que ninguna de ambas leyendas son verdad, por lo que el concierto de Chico Freeman y su gente prometía más de lo que ofreció. O, por mejor decir, prometió algo distinte. Y no sólo en esa presentación repartida en hojitas volanderas, sino en cada uno de los temas que vinieron a tocar. En casi todos comenzaba marcando el bajo pletórico de Cecil McBee, para dar paso a unos duetos del saxo de Freeman y la trompeta de Wallace Roney en disonancias, que aunque no asusten a nadie, sí hacen esperar un determinado tipo de aventura. Sólo que tras la exposición de¡ tema nos metíamos en una serie de solos que no pasaban de un clasicismo algo desarrollado. Una vez bien sentado que allí no íbamos a escuchar más vanguardia que la de los años sesenta, es cosa de decir que Coltrane e incluso Rollins, Dexter Gordon o Wayne Shorter han llevado las posibilidades musicales del saxo tenor a territorios mucho más complejos. No, aquello no era vanguardia.

Chico Freeman es un buen saxo, pero a los 33 años parece haber alcanzado su techo. Bien trajeado, dotado de miles de recursos, como percutir con las llaves del instrumento o soltar dos notas al tiempo; con un sonido bonito, aunque algo soplado..., sucede que los trucos no son música, que sirven para hacerla y twnbién ocurre que esos trucos tan espectaculares pueden no tener mayor conexión orgánica con la música de¡ hombre, era el caso de Freeman. Su discurso era un tanto lineal y la carencia de una melodía cantabié no es algo que twnpoco venga a sigmficar gran asombro en 1982.

El resto de los instrumentistas se situaba a parecido nivel. Cecil McBee hacía las cosas más interesantes con el bajo, porque el batería Ronnie Burrage es tan enérgico como atropellado y eso que uno de los clímax de la noche se logró en una coincidencia estruendosa entre sus platos y el vibráfono que manejaba elegantemente Jay Hoggard. Wallace Roney, que también parecía algo despistado, posee un trompeteo con mucho cuerpo y alta velocidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de noviembre de 1982