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Tribuna:SPLEEN DE MADRID

Ortega

Se cumple en este año el centenario de Ortega, y hay que decir que Ortega es, con Valle-Inclán y Azaña, el creador de la modernidad española.Valle levanta su Modernismo europeo (voy a hablar de ello en Galicia dentro de unos días) frente al casticismo del 98. Azaña levanta su República de las letras (esta vez con mayúscula), que sólo los resentidos han podido historiar como república del resentimiento. Ortega está detrás y delante de todos: a Valle le orienta cuando le dice, respecto de las Sonatas, "que se deje de bernardinas". Un crítico menos impecable / implacable le hubiera dicho que se dejase de coñas. Y se dejó. Ortega está sosteniendo la República con sus organizaciones intelectuales, y ofrece su planteamiento más moderno de España, paradójicamente -no tan paradójicamente-, remontándose a Mommsen y el Imperio Romano. Contra la filosofía posterior de Franco / Fraga, que conciben la patria como una hinchazón de la familia, Ortega explica que nación, y no digamos Imperio, es y ha sido siempre un sistema de anexiones. Cuando nuestros modernosos confunden modernidad con antiespañolidad, habría que recordarles que todas las naciones se han construido así, mediante una mecánica de anexiones, que en España se ha convertido en leyenda negra porque no hemos tenido Maquiavelos a la altura de nuestros príncipes (de la sangre, de la política, de la guerra).

Ortega dice, sí, que la nación no es una hinchazón de la familia, y lo dice allá por el año cuatro (esto es modernidad). Y el reverso de ese sistema de anexiones que crea una nación está en la LOAPA, en el reconocimiento de vuelta de cada una de las identidades que han hecho el todo. En cada paréntesis de lucidez histórica se intenta el reconocimiento de estas identidades, el repaso a la vertebración de España, pero los políticos lo estropean con LOAPAS y loapillas, y los episcobispales acaban por difundir la confusión de incienso sobre todo ello. Al final resulta que no nos hemos movido de Ortega. Ortega dice que no puede leer a Quevedo sin indignarse, o dice cosas que, en la dialéctica política de hoy, suenan sólo como "cosas de época", pero su instauración de la modernidad en España es algo más profundo: es, por ejemplo, cuando dice que la ciencia no son los resultados, sino el proceso, y nos está dando, como de refilón, la clave de toda la modernidad, de Einstein a la revolución permanente. No es científico, no es lo de nuestro siglo, buscar unos resultados inmediatos y confortables en los qué instalarse para siempre. Lo que pone argumento al siglo XX, desargumentado por varias guerras, es la búsqueda por la búsqueda, orteguiana, post / hegueliana, eso que no cierra jamás la Historia ni la ciencia, y en lo que están los últimos pensadores de hoy, renunciando a los sistemas cerrados, de Adorno para acá, y nuestro Salvador Pániker y nuestro Rubert de Ventós, orteguianos sabiéndolo o sin saberlo. El Dios de Rilke, la revolución cultural permanente de Trotsky, la apertura de todos los sistemas, pues que todos son históricos y la Historia no para quieta. Que no me paren los pulsos con el tópico típico,del elitismo de Ortega. Su modérnidad es algo mucho más profundo; él la funda en España y para España.

Anoche había movida de la madera en Sacha. Se lo dije a Pío Cabanillas. Luego llegó Calvo-Sotelo y Pedrojota le presentó armas. Supe mientras cenaba que Lavilla había remachado el búnker electoral. Vieja política barroca de hombres y cargos. No han leído el escribir peligrosamente de Ortega. O lo han olvidado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 30 de julio de 1982