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TRIBUNA

La crisis del panamericanismo

La decisión del Gobierno norteamericano de apoyar al Reino Unido en el conflicto de las Malvinas induce al autor de este artículo a una memoración de lo que fueron los precedentes históricos, asentados durante decenios, de la Organización de Estados Americanos (OEA), y cuyos principios han sido vulnerados, desencadenando consecuencias de indudable alcance, por la actual Administración Reagan.

Hasta hace algunos años pocos países superaban a Estados Unidos en la permanencia y continuidad de su política exterior, dentro de los inevitables vaivenes del pragmatismo de: cada momento. El monroísmo en el continente americano, la política de la puerta abierta en Extremo Oriente y la poca simpatía por el imperialismo colonialista, sustituido éste por la influencia económica de las grandes empresas privadas. (Standard Oil, Compañía Fruta del Caribe ... ) eran líneas constantes de esa política.El Congreso de Viena no fue amable con España, a pesar de la trágica y decisiva intervención española en la derrota del emperador de los franceses. No prestó apoyo la Santa Alianza, nacida en Viena, a la causa realista en la guerra civil, que permitió la emancipación de casi todos los dominios españoles en el Nuevo Mundo. El Gobierno inglés ayudó o, por lo menos, miró con simpatía la causa de los patriotas, que tuvieron en Londres representantes oficiosos u oficiales.

Para la Santa Alianza -ahora rediviva y doblada antagónicamente en la OTAN y en el Pacto de Varsovia- era más importante desterrar de Espiña los conceptos de libertad y soberanía nacional de la Constitución de 1812 que intervenir en la crisis de la monarquía española del Nuevo Mundo.

La doctrina Monroe

En esas circunstancias, el presidente Monroe se enfrenta a las posibles ambiciones de los Gobiernos europeos sobre América, española con su famosa declaración de, 1822. Las potencias europeas hallaron en el "reparto de Africa" amplio espacio para sus ambiciones imperialistas.

Monroe proclamaba la doctrina de considerar como una agresión a Estados Unidos cualquier intervención extracontinental en un país americano, doctrina que se ha compendiado en la frase "América, para los americanos".

En la segunda mitad del siglo XIX, fracasada la aventura francesa en México con el breve y trágico gobierno del emperador Maximiliano, la hegemonía norteamericana se afirma en las Américas.

El monroísmo tenía su aspecto positivo. Era el de reconocer la soberanía de los Estados iberoamericanos, como supuesto de la garantía que llevaba consigo frente al. colonialismo, siempre posible de parte de Europa.

El 14 de abril de 1889 -que se declara Día de las Américas- crean los países del Nuevo Mundo, en conferencia continental reunida en Washington, la Unión Paramericana. Inician todo un sistema político de colaboración internacional dentro del continente.

El sistema panamericano avanza lentamente, sufre los efectos de la política cambiante de las administraciones estadounidenses y alcanza su plenitud en la Carta de Bogotá, que le dio el nombre de Organización de Estados Americanos (OEA).

A ella accedió Cuba después de la guerra hispano-norteamericana de 1898; no así Puerto Rico, dominio norteamericano, que con el ilustre estadista Muñoz Marín consigue la situación de Estado libre y asociado.

Con la Unión Panamericana parecía posible sustituir el principio europeo, inestable y dramático, del "equilibrio" o "balanza del poder".

Derecho internacional americano

Surge como singular creación el derecho internacional americano, difícil de ser comprendido en Europa. A través de las conferencias panamericanas o por costumbres y tradiciones aparecen en él los conceptos notables, como el principio de la consulta de todos los Gobiernos ante situaciones internacionales críticas, el de, la no intervención, el asilo diplomático para los perseguidos políticos y la igualdad formal entre los Estados, a pesar de las muy considerables diferencias de poder. Nada de vetos al modo de las Naciones Unidas, ni de miembros permanentes y no permanentes en los órganos directivos.

En la Conferencia Panamericana de Bogotá, en 1948, se aprueba la carta constitucional del sistema, que se llama desde entonces OEA; deja de corresponder la secretaria general a los diplomáticos norteamericanos, que no han vuelto a ocupar desde entonces.

A diferencia de su lejano pariente Teodoro Roosevelt, el de la política del "garrote", Franklin D. Roosevelt, en su larga y memorable gestión, inicia una nueva política: la del "buen vecino". Sus frutos fueron inmediatos. Apenas empieza la segunda guerra mundial se reúne la Conferencia de Consulta de los Cancilleres (ministros de Relaciones Exteriores) en Panamá, y afirma con vigor la solidaridad interamericana frente al peligro nazi.

La OEA y la ONU

Los diplomáticos suramericanos jugaron papel importante en la Conferencia de San Francisco, creadora de las Naciones Unidas, y no fueron ajenos al entusiasmo internacionalista y de afirmación de libertades públicas que allí se respiraba.

Parecía en peligro la Unión Panamericana una vez que se había logrado la organización teóricamente mundial. En San Francisco se vio la utilidad de las organizaciones regionales", que había de generalizar, o por lo menos así se esperaba, la eficacia y beneficios del sistema regional americano. Conciliar uno y otro fue tarea de la Conferencia de Bogotá de 1948.

La Carta de Bogotá dio origen a considerables avances del sistema, consolidados logros anteriores, como la institución del Comité de Juriconsultos de Río de Janeiro, o realizando otros nuevos.

Sin duda, la revolución cubana y la tensión La Habana-Washington ha sido golpe serio para la OEA, que pudo ser y no ha sido todavía lugar de distensión y cooperación entre los, dos países, a pesar de los viejos apoyos yanquis a las dictaduras cubanas y otras circunstancias de mutuo recelo.

El presidente Kennedy, con todo, volvió a la política de Roosevelt, con su Alianza para el Progreso, que ayudó a diversos programas de reformas agrarias, política de viviendas, colaboración educativa, entre otros asuntos. No era perfecta esta política, pero era generosa y prometedora.

Reagan, contra Monroe

La actitud del presidente lleagan de ayuda al Reino Unido en el actual dramático problema de las Malvinas significa, sin duda, el fin del monroísmo y sería crisis del sistema interamericano. Casi todos los países americanos, en reunión de sus miembros de Relaciones Exteriores, no han ahorrado su censura a lo que estiman posición colonialista y de apelación a la fuerza.

La abstención de Haig en la reunión de ministros de la OEA anunciaba una situación de conciliación y buenos oficios que contrasta con la posterior declaración del presidente Reagan de ayuda al Reino Unido.

La Casa Blanca, tan cercana a la casa de la Unión Panamericana, en el centro monumental de la ciudad que lleva el nombre del libertador de las colonias inglesas de América del Norte, parece entregar su corazón a Londres, mientras observa, impasible y atento, Moscú, la tercera Roma.

José Prat es senador socialista por la provincia de Madrid, vicepresidente segundo de la Comisión Iberoamericana del Senado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 14 de mayo de 1982