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Editorial:

El aislamiento de Cuba

LA RETIRADA del embajador y la ruptura de relaciones de Colombia con Cuba, acusada desde Bogotá de entrenar y armar a la guerrilla del M-19, se produce poco después de la decisión de Portugal de expulsar al embajador cubano en Lisboa como represalia del insólito e inquisitorial enjuiciamiento público realizado en La Habana contra su representante diplomático. El reciente incidente con Ecuador -la entrada de fuerzas militares cubanas en su legación de La Habana sin autorización del embajador para perseguir a catorce refugiados- ha tensado también las relaciones del régimen castrista con el Gobierno reformista de Roldós. Incluso en Panamá se empieza a hablar en términos inusitadamente duros de Cuba, pese a las anteriores aproximaciones de Omar Torrijos a La Habana. Los errores cubanos en Nicaragua muestran igualmente que la crispación puede llevar al régimen castrista a posturas de endurecimiento nacidas más de las rigideces doctrinarias que de un análisis correcto de la situación mundial. Finalmente, el volcán salvadoreño y la inestabilidad de Guatemala pueden convertirse en una trampa mortal no sólo para Estados Unidos, sino también para Cuba.Antes de las últimas elecciones presidenciales norteamericanas, La Habana parecía decidida a romper su bloqueo y a normalizar las relaciones diplomáticas y comerciales con países que hasta hacía poco habían sido sus encarnizados enemigos. Incluso Estados Unidos fue destinatario de algunos inequívocos gestos de aproximación, como las conversaciones pesqueras de 1977, la celebración de algunas competiciones deportivas, la liberación de presos políticos en 1978 y las visitas de hombres de negocios norteamericanos a La Habana. Los centenares de miles de exiliados cubanos, la mayoría residentes en Estados Unidos, dejaron de ser denostados con el remoquete de «gusanos» y pasaron a convertirse en «la comunidad cubana en el exterior». Varios millares de estos exiliados obtuvieron visas de entrada en Cuba y pudieron visitar a sus familiares y amigos.

Pero estos síntomas de una voluntad real de emprender un nuevo curso coexistían con prácticas que los contrarrestaban. La intervención militar cubana en Angola, primero, y en Etiopía, después, con unidades regulares provistas de armamento soviético, era un obstáculo casi insuperable para la normalización de las relaciones con Estados Unidos.

La conferencia de La Habana de los países no alineados en 1979 fue el escenario de los enfrentamientos dialécticos entre Fidel Castro y Tito -al borde ya de la muerte-, y de la victoria final del líder cubano frente al veterano dirigente yugoslavo, que prentendía hacer regresar al movimiento a la pureza original del neutralismo. La brutal intervención soviética en Afganistán, a finales de 1979, evidenció hasta,qué punto las pretensiones de Fidel Castro de conseguir un lugar independiente en el escenario internacional estaban condenadas al fracaso. El que paga manda; y el antiguo guerrillero del Movimiento 26 de Julio rindió en la tribuna del 26º Congreso del PCUS en Moscú tributo de vasallaje a la estrategia soviética mundial, incluidas las amenazas a Polonia.

Seguramente, el triunfo electoral de Ronald Reagan ha contribuido a apagar de forma definitiva las últimas aspiraciones de Fidel Castro a recuperar la independencia perdida. Es cierto que la «era Reagan» es un factor primordial en esa acelerada carrera de regreso a la guerra fría. Pero La Habana no ha sido sólo un pasivo espejo de ese endurecimiento, sino que está contribuyendo activamente a esa espiral de agresiones que amenaza con destruir la paz mundial. La concentración de poder en la familia Castro, la imitación de la liturgia, los rituales y la escolástica de los soviéticos y el sofocamiento de cualquier forma de disidencia no hacen más que afianzar la idea de que Cuba, pese a los logros obtenidos en los campos de la sanidad, la educación y la igualdad, es todavía una sociedad policial y un portaviones anclado en el Caribe.

No va a ser probablemente eláislamiento diplomático de Cuba, ni alguna otra forma de bloqueo, lo que ayude a cambiar o, al menos, suavizar el régimen cubano; por el contrario, aquellas situaciones -a partir del error inicial de Estados Unidos al romper relaciones cuando Castro expulsó a Batista- satelizarán más al país con respecto a la URSS. Ese puede ser el «error Reagan». Pero el error Castro es el no haber sabido o querido conducir su revolución por los caminos iniciales de reivindicaciones de valores humanos y sociales en los que tuvo al lado a toda la intelectualidad del mundo y todo el ímpetu de la izquierda renovadora, que ha ido poco a poco abandonándole, con excepciones que honran el sentimentalismo de quienes las practican, pero no el sentido común.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 26 de marzo de 1981