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Editorial:

Los salarios y el sindicato socialista

EL PASO dado por UGT, si se confirman las informaciones, de vincular una moderación salarial o un posible crecimiento del empleo supone un gran realismo económico y demuestra un saludable coraje por parte del sindicato socialista. Las cifras de la encuesta de población activa (EPA), conocidas ya para el tercer trimestre de este año, no pueden resultar más desalentadoras. En efecto, en el período de doce meses transcurrido entre el tercer trimestre del pasado año y el actual, el número de personas empleadas se ha reducido en 420.000, mientras el número de parados ha crecido en 363.000. Los crecimientos son dramáticos, superiores a los de períodos anteriores. La explicación de unas cifras menores para el paro que para la caída en el número de empleos es, en parte, el resultado de las jubilaciones anticipadas, del alargamiento de la edad de escolarización y, en última instancia, de la renuncia de muchas personas a la búsqueda de un puesto de trabajo.Las cifras de salarios publicadas por el INE y otros organismos no guardan una gran homogeneidad, pero, en cualquier caso, y con excepción de los salarios agrícolas, parecen confirmar que los ingresos percibidos han sido superiores al índice de crecimiento de los precios al consumo. A la altura del mes de julio los ingresos medios por persona ocupada superaban en un 17% a los obtenidos hacía un año, y la retribución media mensual por hora trabajada era un 27% superior. Estas cifras no tienen una fiabilidad absoluta, pero no dejan muchas dudas sobre el coste creciente del factor trabajo para las empresas y sobre la evidencia de una continuada inclinación a seguir sustituyendo mano de obra por maquinaria. Incluso en niveles absolutos los salarios españoles en la industria se sitúan ya en cotas elevadísimas. Por ejemplo, la revista Business Week, comentando las dificultades que para la industria alemana suponía la revaluación del marco, citaba unas cifras sobre las retribuciones por hora que, teniendo en cuenta la actual depreciación de la peseta, serían las siguientes: 925 pesetas por hora trabajada en Alemania; 812, en EE UU; 735, en Francia; 500, en Japón, y 813, en España, tomando, en este último caso, como muestra una fábrica modesta de la industria del automóvil de Getafe. Estas cifras no deben ocultar los beneficios de educación, por ejemplo, de esos países, pero reflejan los problemas de las empresas españolas. Por otro lado, las cotizaciones de la Seguridad Social en España han aumentado a un ritmo todavía superior al de los salarios, agravando de este modo la situación financiera de las empresas; el sector público en su conjunto ha liquidado sus ejercicios con un déficit creciente que se ha financiado por el Banco de España a costa de reducir las posibilidades de endeudamiento del sector privado mediante un encarecimiento del precio del dinero. Los empresarios se han encontrado, en definitiva, con una situación en que el coste del dinero, el coste de la energía y los costes salariales iban por delante de sus ingresos, con los resultados conocidos de una reducción importante de sus actividades. En tanto se mantengan estas condiciones, cualquier sindicato consciente sabe que el destino está completamente cantado: una reducción del empleo.

Por supuesto, no existe, hoy por hoy, ninguna evidencia de que una moderación salarial se traduzca en una recuperación inmediata y visible de la ocupación laboral. También es cierto que una recuperación de la actividad y del empleo a medio plazo exige la adopción de una serie de medidas enérgicas y sensatas de implantación inmediata. El Gobierno, por desgracia, no ha comparecido a la cita permanente de la política de rentas con ocasión de la presentación de los presupuestos, de modo que las negociaciones salariales tienen ya levantado el listón al nivel del 12,5 %-13 %, excesivamenle elevado para muchas empresas si se desea que mantengan o aumenten el nivel de empleo. En estas circunstancias, la vinculación por UGT de salarios y ocupación sería algo muy distinto a un «síntoma vergonzante de derechización», más bien es una nueva lección al Gobierno y a su partido de que el realismo, en política, exige coraje y riesgo y de que la derecha no tiene, forzosamente, el monopolio del correcto funcionamiento de una economía de mercado. Ahí está el ejemplo de Alemania, que resulta ser un país muy bien administrado, precisamente por los socialistas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 17 de diciembre de 1980