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Editorial:

Bolivia: la democracia difícil

EL PROCESO de democratización de Bolivia ha sido largo y doloroso: dos elecciones, la primera anulada por irregularidades, y la segunda -la del 1 de julio pasado- con un resultado dudoso; no sólo por la falta de mayoría de uno de los dos candidatos principales -Paz Estenssoro, por la derecha; Siles Zuazo, por la izquierda-, sino por las reiteradas acusaciones de manipulación. La mayoría de Siles Zuazo, quizá mermada por las irregularidades, no era suficiente para su proclamación automática y necesitaba la confirmación del Congreso; pero éste mantiene una mayoría de derechas, aunque tampoco en cantidad suficiente como para designar presidente a su candidato. Sin embargo, la designación resultaba obligatoria para cumplir el plazo que el Ejército, en el poder, daba para su entrega a los civiles. Se ha resuelto con un pacto provisional a favor de Walter Guevara Arce, presidente del Congreso: así, Bolivia vuelve a la democracia con un presidente desdeñado por el pueblo, sin base electoral y con una inclinación personal a la «derecha dentro de la derecha»; su partido -Movimiento Revolucionario Auténtico- es un fragmento derechista emparentado con el Movimiento Nacional Revolucionario de Paz Estenssoro.El punto de partida es malo. Hubiera sido normal que la decisión del Congreso favoreciera al candidato con más votos populares; pero la resistencia a la entrega del poder a la izquierda -consignemos que se trata de una izquierda moderada, aprobada por Estados Unidos- lo ha impedido. Sin embargo, es una apertura de posibilidades. El regreso al poder civil y a un sistema de democracia formal ha quedado instituido, y este es un paso hacia adelante. El segundo paso será que el nuevo presidente no sienta la tentación de permanecer en el poder y celebre con honestidad y claridad las nuevas elecciones previstas por el pacto: en 1980. Y que el general Padilla, que ahora entregó el poder a los civiles, no imagina todavía que su fuerza es suficiente como para entregar ese poder o inclinarlo más adelante hacia los que prefiera y no hacia los que vote el pueblo. Si se vencen todas estas tentaciones la democracia que se instaure en Bolivia seguirá teniendo delante el mismo desafio que todos estos países en los que se trata de normalizar: las inmensas diferencias entre ricos y pobres, el dominio oligárquico sobre las fuentes de la riqueza -en este caso, el estaño- y las condiciones infrahumanas de los trabajadores, especialmente los mineros del altiplano. Todo ello ya se intentó: uno de sus protagonistas fue el presidente Juan José Torres, y precisamente fue por ello desposeído por un golpe de Estado militar, el que llevó al poder al implacable dictador Hugo Banzer. Después de ocho años, el intento se realiza de nuevo, promovido por la corriente general de refresco de los regímenes dictatoriales de América Latina. Una profundización en el camino de la distribución más justa de riqueza y pobreza puede producir nuevas interrupciones del camino democrático; una tendencia a no mover demasiado el cuadro social y económico, a tensiones revolucionarias.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de agosto de 1979