Contra el euskera
Somos muchísimos los vasco-españoles (o españoles-vascos, aún mejor) que estamos indignados ante la vergonzosa claudicación de Madrid al conceder la ley sobre el bilingüismo en el País Vasco. Esta ley obligará a nuestros hijos, dictatorialmente, a aprender un idioma prehistórico que, por su especial sintaxis primitiva, impide el poder poseer un pensamiento o raciocinio moderno. Si un Maquiavelo hubiera querido hundir aún más al País Vasco, no podría haber inventado cosa mejor que obligarles a todos a aprender el llamado «euskera», lengua noble por lo antigua, pero al fin lengua campesina y de pastores, a pesar de que actualmente más de un 60 % de su léxico pertenece a las invenciones de laboratorio que se iniciaron en el siglo XVIII, con el padre Larramendi, que continuaron en el XIX y que, últimamente, han adquirido un desarrollo histérico. En Madrid no saben lo que aquí ocurre. Y todo lo que le ocurra a Madrid y a España, en relación al País Vasco, lo tendrán bien merecido, por miopes, por incompetentes y por desinteresarse desde lejos en un problema que Madrid tiene la obligación de conocer a fondo, y no con frasecitas superficiales y claudicaciones cada vez más demenciales. El actual movimiento independentista vasco responde a una psicosis colectiva del mismo corte que la que sufrió el pueblo alemán con Hitler. Y los más fanáticos no son precisamente los vascos, sino los que ellos o sus padres llegaron desde otros puntos de España. Hoy no hay aquí ningún Hitler al que adorar, pero el culto a la personalidad se sustituye con un culto desesperado a la «ikurriña» y a la lengua.
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