"El príncipe Igor", de Borodin, por la compañía de Vara
Con la representación de la famosa -aunque infrecuente- ópera de Borodin El príncipe Igor, que nos ha traído la compañía de la Opera de Varna, hemos hecho una tercera cala en la ópera rusa.El príncipe Igor representa una de las dos caras del nacionalismo ruso: la alegre, vitalista, vigorosa, frente a otra melancólica y misticista. Este optimismo exultante de Borodin (que no resta nada al nacionalismo de su obra) se manifiesta en su gusto por la vida cotidiana, por lo popular, de ahí, la importancia de los músicos Skula y Jeroska, pícaros tocadores de goudok, la borrachera desenfadada del acto primero o el gusto por los movimientos de masas que convierten al coro en verdadero protagonista de la obra.
Y es justamente esta frescura basada fundamentalmente en la inspiración melódica, la que salva la partitura, por encima de su falta de ritmo dramático, de su posible vulgaridad o de su convencionalismo: a pesar de la fama de Borodin como innovador muchos críticos reconocen que no aporta nada nueve al estilo orquesta] de Glinka. Y es que la condición no profesional de Borodin es algo más que una anécdota. Como es sabido, El príncipe Igor está compuesto a trozos, aprovechando todos los ratos que le deja su quehacer como biólogo (Borodin fue un investigador notable en campos como la bencina, los combustibles y los plásticos); él mismo no cuenta que sus amigos le decían en vez de «Espero que estés bien» «Espero que estés malo», y que compuso el coro de «Acción de gracias», del cuarto acto durante una gripe. Esto confiere a su música un carácter fácil; que es su mayor virtud y su mayor peligro. El mismo compositor escribe: «El recitativo no conviene a mi temperamento... Me siento mucho más atraído por la melodía y la cantilena, así como por las formas definidas y concretas. En la ópera, como en las artes decorativas, las minucias están fuera de lugar. Sólo son necesarios los orandes rasgos. Todo debería ser apropiado a la ejecución práctica... Las voces deben ocupar el primer lugar, y la orquesta, el segundo.
Dentro de la considerable versión de la compañía búlgara podría echarse en falta algo de esta espontaneidad, de este melodismo que no fue plenamente aprovechado de esta vitalidad que es esencial. Fuera de esto, la versión fue correcta, muy bien montada, lo que ya es mucho en obra de tales dimensiones. Las participaciones vocales mantuvieron un nivel muy considerable, entre las que destacaríamos, en primer término, las de Stetka Efstafleva (Jaroslavna) y Alexandra Milcheva (Kontsvha-koviría), ambas con excelente calidad vocal; bien, asimismo, Sabin Markov (Igor), Stojan Popov (Galicki) y Nikola Stollov.
El coro tuvo una actuación irregular, dentro de la cual no destacaron las famosas danzas polovitsianas: mucho mejor la participación del primer acto. La orquesta se mantuvo en todo momento, dentro de una gran discreción. Eficaz y con buena línea la dirección musical de Borislav Ivanov.
Entre la buena labor del conjunto destacaríamos la del ballet regido por Galina y Stephan Yiordanov, sencillamente excelente, y la dirección de escena de Kusman Popov. Sin llegar a la altura de la noche anterior, la es de Mariana Popova resultó, en general, muy adecuada al espíritu de la ópera. En suma, una velada interesante que nos ha traído una obra mucho más conocida de palabra que de hecho. Todos fueron muy aplaudidos al acabar la representación.
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