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Universos Paralelos
Columna

El retorno de Django

Un espíritu libre, un creador que inventó la variante gitana del jazz: el ‘manouche’

Django Reinhardt, pintando, en una imagen captada en París en 1949. - (AFP via Getty Images)

Hay una solución infalible para los momentos de bajón: la música de Django Reinhardt (1910-1953). Todo en el hombre era prodigioso: nacido en una familia gitana, supo conquistar un lugar en la sociedad paya. Su lema podría ser: “Si el cielo te manda limones, haz limonada”. En 1928, sufrió grandes quemaduras cuando se incendió la caravana donde vivía, perdiendo el uso de dos dedos de su mano izquierda. Hospitalizado durante meses, su hermano le trajo una guitarra que aprendió a ajustar a su minusvalía. No hay mal que etc... Se libró del servicio militar.

A la vez, descubrió una música casi tan joven como él: el jazz. Fue un enamoramiento instintivo: Django era analfabeto y le encantó oír que se trataba de un invento llegado de otro hemisferio, creado por músicos negros pero accesible a instrumentistas de todos los colores. El pasmo de aquella revelación le llevó a sumergirse en los discos de sus amigos jazzófilos, sesiones que le permitieron conocer muchos standards del género y aprender los trucos para componer temas propios.

Sabía potenciar sus cualidades: atemperaba su feroz impulso rítmico con piezas en que se engolosinaba con la melodía, variaba las estructuras de partida con relampagueantes ocurrencias del momento, dominaba la dinámica de su instrumento (inicialmente acústico) para encajar en la masa sonora. Y todo lo hacía en los alrededor de tres minutos, la duración convencional de sus interpretaciones, lo máximo que aceptaban los discos de la época.

Sonaba deslumbrante… y diferente. A mediados de los años treinta, todos los músicos foráneos de visita por París le invitaban a grabar. Con el violinista Stéphane Grappelli integró el Quinteto del Hot Club de Francia, agrupación que viajó incluso a la España republicana y que en septiembre de 1939, cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, estaba de gira por Inglaterra. Grapelli se quedó allí, mientras que Django regresó a Francia: imaginaba que —si las cosas venían mal dadas— podría sobrevivir en el campo, atrapando truchas y conejos.

Despreció los rumores de que los invasores alemanes odiaban a los gitanos ¡y al jazz! Cuando se convenció de que pintaban bastos, intentó escapar a la neutral Suiza. Según la leyenda, fue capturado por una patrulla de la Wehrmacht, cuyo oficial le reconoció y le recordó que podía ganarse la vida alternando con discreción entre la zona ocupada y la Francia de Vichy. Qué quieren que les diga, suena demasiado redondo.

Reunido con Grapelli, en 1946 grabaron La marsellesa en una versión con demasiado swing para algunos patriotas. En verdad, era más gitano que francés. Contratado por su admirador Duke Ellington para actuar por EE UU en 1946, dio dolores de cabeza a su patrón por su particular sentido de la puntualidad: llegaba a última hora al concierto en el Carnegie Hall neoyorquino, alegando que se encontró con un amigo —el boxeador Marcel Cendran— y que se habían dedicado a recorrer bares recordando los viejos tiempos.

Tenía otras querencias: la pintura, el billar, la mecánica, el cine. La música no era algo supremo en su universo, aunque, si se ponía, podía enfrentarse a los endemoniados cambios del be-bop de Charlie Parker o Dizzy Gillespie. Resulta inevitable fantasear con lo que hubiera ocurrido de encontrarse con Miles Davis o, vaya, con Paco de Lucía.

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