IDA Y VUELTA

Aires de Duke Ellington

El músico creó una sonoridad orquestal tan inconfundible como la de un solista

Duke Ellington (1899-1974) con miembros de la orquesta del Cotton Club en Nueva York en 1930.
Duke Ellington (1899-1974) con miembros de la orquesta del Cotton Club en Nueva York en 1930.Frank Driggs Collection/ Getty Images (Getty Images)

Duke Ellington tuvo una educación musical limitada y dispersa, y nunca pisó un conservatorio. Su madre cantaba en casa con una bella voz de soprano y su padre era aficionado a la ópera italiana. Viendo que el chico tenía disposición para la música le buscaron una profesora particular, pero él confesó años después que sus faltas fueron más numerosas que sus asistencias, porque le gustaba mucho jugar al béisbol y más todavía acudir a los billares en los que nunca faltaba un pianista de ragtime.Desde muy joven Duke Ellington se movió entre esos dos mundos, el de la clase media formal y muy religiosa y con grandes ambiciones educativas, y la tentación de la vida nocturna, de los clubes y los billares en los que se juntaban la música, los gánsteres, los pequeños estafadores, los contrabandistas de alcohol. Era una clase media que a las injurias de la segregación respondía con el ejercicio de una formalidad inamovible, con una insistencia casi exasperada en los valores que desmentían cada uno de los estereotipos sobre los negros, su infantilismo, su pereza, su presunta sexualidad agresiva, su propensión a los impulsos instintivos. La madre de Ellington era hija de un esclavo, pero nunca se le habría ocurrido reivindicar ese origen. La manera de ser aceptados no era exhibir heridas ni reclamar ruidosamente derechos, sino imponer día a día, con una paciencia sobrehumana, la propia dignidad enfrente de la marginación, criar hijos que llegaran a ser médicos, profesores, jueces, que se comportaran en cualquier circunstancia con una urbanidad superior incluso a la de los blancos.

En esa educación el arte, la literatura y la música constituían valores supremos, vividos con una convicción apasionada, a la manera de otra clase media también insegura de su posición, la judía en Europa central. Pero la música que se veneraba no era el jazz precisamente. El jazz, en la primera juventud de Duke Ellington, representaba todo lo contrario de lo que defendían los negros de su propio grupo social, las amistades de su madre en la iglesia y en los conciertos de lieder de Schubert y sonatas de Beethoven, el círculo profesional en el que se movía su padre, un mayordomo imponente en las mejores casas blancas de Washington. El jazz, para la inmensa mayoría de los negros cultivados, era el reverso de la respetabilidad que ambicionaban, la música de la mala vida, de los billares, de los prostíbulos, de los teatros de variedades, de las salas de fiestas en las que hombres y mujeres bebían alcohol prohibido y enloquecían bailando ritmos lúbricos, parodias ofensivas de las danzas africanas y los bailes de los esclavos en las plantaciones. En 1927, cuando la orquesta de Duke Ellington había empezado su estancia fulgurante en el Cotton Club, su hermana menor, Ruth, conectó la radio en la casa familiar de Washington para que la madre pudiera escuchar en directo por primera vez una actuación de su hijo primogénito. La señora Ellington escuchó digna y atónita, sentada rígidamente en una silla, como en el banco de una iglesia, y movió la cabeza sin decir nada.

El jazz, para los negros cultivados, era el reverso de la respetabilidad que ambicionaban,

la música de la mala vida

El Cotton Club estaba en Harlem, pero no tenía nada que ver con Harlem, y menos aún con ese formidable movimiento cultural afroamericano de los años veinte que se llamó The Harlem Renaissance. El Cotton Club, entre 1926 y 1931, fue para Duke Ellington lo que la iglesia de Santo Tomás en Leipzig había sido para Bach, no tanto el lugar en el que se ejecutaba su música como la atmósfera o el ecosistema en el que fue posible que esa música llegara a existir, con sus ventajas pero también sus limitaciones tremendas, con sus oportunidades y sus humillaciones. El Cotton Club estaba en lo hondo de Harlem, en Lenox Avenue y la calle 145, y los músicos que tocaban, los camareros que servían y las bellezas jóvenes que formaban los cuerpos de baile eran todos negros, pero a los negros no les estaba permitida la entrada, y aunque les hubiera sido posible entrar no habrían podido costearse ni un vaso de limonada, porque los precios eran desorbitados, de modo que solo pudieran pagarlos blancos prósperos con ganas de vivir la excitación golfa de una noche de alcohol, música de moda y bailarinas medio desnudas en un local de Harlem célebremente regentado y frecuentado por gánsteres. Fue en el Cotton Club donde Duke Ellington creó su forma única de componer y el sonido que sería exclusivamente suyo durante más de cuarenta años, y donde adoptó un estilo personal que conjugaba con suprema desenvoltura, con una gracia sin esfuerzo visible, las dos lealtades fundamentales de su vida: la formalidad de su educación familiar y la entrega a la música de jazz; el fervor religioso y la inclinación a disfrutar todos y cada uno de los placeres de la vida, la comida, el amor de las mujeres, el alcohol, el lujo, la celebridad.

Terry Teachout, que escribió hace años una biografía excelente de Louis Armstrong, Pops, ha publicado ahora otra de Ellington, Duke, quizás con menos simpatía hacia este personaje, pero con el mismo rigor, la misma profunda familiaridad con ese mundo tan específico, tan contenido y cerrado en sí mismo, en su jerga peculiar y en la reverencia por sus héroes y sus maestros, como es el mundo del jazz. Teachout explica cómo Duke Ellington resolvió algunas de las dificultades cruciales en las que se sostiene esa música: el equilibrio inestable entre la composición y la improvisación; y entre el sonido común de la orquesta y el protagonismo de los solistas. Louis Armstrong y los veloces pianistas del estilo llamado stride en Harlem inventaron los despliegues individuales de virtuosismo. Duke Ellington creó una sonoridad orquestal tan inconfundible como la de un solista.

Y la creó no a solas y de la nada, sobre el papel de una partitura, sino a partir del trabajo cotidiano de un grupo de músicos, cada uno con una voz particular, con facultades especiales y limitaciones a las que Ellington se adaptaba para aprovecharlas al máximo, como Bach se adaptaría a las facultades y a las limitaciones de los músicos de su orquesta de Leipzig o Shakespeare a las voces, a la corpulencia física, a los rasgos psicológicos de los actores para los que escribía sus papeles. “Mi música se corresponde con la personalidad tonal del intérprete”, decía Duke Ellington. Y en esa correspondencia había también una parte de oportunismo y de vampirismo, y hasta de robo en ocasiones, porque muchas de las composiciones más conocidas de Ellington nacieron de hallazgos improvisados de sus músicos durante los conciertos, y ese sonido que identificamos tan inmediatamente en uno o dos compases, como identificamos a Thelonious Monk en la pulsación de un solo acorde, está hecho de personalidades tonales merecedoras de mucho más crédito del que se les reconoce. Duke Ellington usó en beneficio propio las facultades excepcionales de sus mejores solistas igual que el talento como compositor y arreglista de Billy Strayhorn, dueño de la educación de conservatorio que a él le faltaba: pero al mismo tiempo que se aprovechaba de los otros los impulsaba a descubrir lo mejor de sí mismos. Ahora uno escucha en los discos el caudal infatigable de su música y se pregunta cómo habría sido asistir de verdad a uno de aquellos conciertos.

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