Los muertos cuentan una nueva historia de la destrucción de Pompeya
Los arqueólogos hallan dos esqueletos de víctimas del Vesubio que fallecieron en diferentes fases de la erupción


Ningún otro lugar de la antigüedad ha sido investigado tan minuciosamente como Pompeya, la ciudad romana del sur de Italia destruida por la erupción del Vesubio en el año 79. Sin embargo, muchos misterios milenarios permanecen: no está claro si el desastre ocurrió en verano o en otoño (hay pruebas para defender las dos tesis); ni se sabe con certeza cuánta gente vivía allí en el momento de la explosión volcánica (los expertos barajan un amplio arco que va de los 15.000 a los 30.000, contando los esclavos); ni se ha encontrado nunca el puerto, que debió ser muy importante. Tampoco está claro cuánta gente murió como consecuencia de la erupción: hasta ahora han sido hallados 1.200 cadáveres y, dado que se han excavado dos tercios del yacimiento, se calcula que pudieron fallecer unas 2.000 personas, la mayoría de ellas en la segunda parte de la erupción, que se prolongó durante dos días. Sin embargo, un descubrimiento realizado esta semana puede cambiar este relato.
Cuando despertó el Vesubio en torno a la una de la tarde (del 24 de agosto, según Plinio el joven, autor del único relato directo de la erupción en la que murió su tío, aunque cada vez más indicios señalan que pudo ser en octubre), primero cayó sobre Pompeya una intensa lluvia de rocas, sobre todo piedra pómez, un diluvio mineral que lentamente fue enterrando la ciudad.
Horas después, en torno a las seis de la mañana, parecía que el Vesubio se había calmado. Muchas personas aprovecharon para escapar, pero entonces llegó lo peor: se abatió sobre la ciudad un flujo piroclástico, gases y cenizas a enorme temperatura. Hasta ahora se pensaba que en esas horas se produjeron la mayoría de las víctimas. “La segunda fase fue la más peligrosa”, escribió Gianni Gallello, un arqueólogo de la Universidad de Valencia que dirigió una investigación, en colaboración con la Universidad de Cambridge y el Ministerio de Cultura italiano, que ha estudiado los cuerpos de muertos por la erupción. Fueron los gases, no las piedras, los que mataron en Pompeya.
Se trata de una teoría consolidada mucho antes de que la ciencia lo demostrase. El escritor y superviviente de Auschwitz Primo Levi publicó en 1978 un poema titulado La niña de Pompeya cuyos versos rezaban: “El aire envenenado se filtró en tu busca por las ventanas cerradas / de tu casa tranquila de robustas paredes”. Pero los responsables del yacimiento de Pompeya publicaron esta semana en el diario digital de la excavación el hallazgo de dos nuevas víctimas que pone en duda esta hipótesis.
“Se trata de dos hombres que intentaban llegar a la playa”, escribe el director de Pompeya, Gabriel Zuchtriegel, en el E-Journal degli Scavi di Pompei. “El primero murió probablemente la mañana del 25 de agosto [según la fecha de Plinio]: fue hallado por encima de la capa de piedra pómez, dentro de la ceniza volcánica”, escribe el arqueólogo, autor de La magia de las ruinas. Lo que Pompeya dice de nosotros (Taurus). Esto quiere decir que falleció durante la segunda parte de la erupción y que había sobrevivido a la primera parte refugiado en algún lugar de la ciudad.

El segundo esqueleto, en cambio, pertenece a alguien que murió bajo la lluvia de piedras: “Llevaba consigo un gran mortero de terracota con el que se cubría la cabeza, que presenta evidentes signos de fracturas. Esto sugiere que la lluvia de lapilli que se abatió sobre la ciudad entre la tarde del 24 de agosto y las primeras horas de la mañana del día siguiente pudo ser letal debido a la naturaleza de los fragmentos. De hecho, además de las piedras pómez, también cayeron sobre la ciudad fragmentos de lava mucho más densos y pesados”. Su cuerpo ha sido encontrado junto a una lámpara de aceite, que demuestra la oscuridad que se había abatido sobre la ciudad en esos momentos. En colaboración con la Universidad de Padua, el equipo de Pompeya ha realizado con ayuda de la inteligencia artificial una imagen de esta víctima en el momento de la ayuda.
¿Cambia este hallazgo la narrativa tradicional de la catástrofe? ¿Significa eso que pueden aparecer más cadáveres de los previstos en las zonas sin excavar o a mayor profundidad? Es casi imposible de saber, pero siembra algunas dudas razonables. Determinar el momento más peligroso de la ciudad no es solo un problema arqueológico: el Vesubio sigue siendo un volcán activo, que amenaza una zona muy poblada, que incluye Nápoles, una ciudad de un millón de habitantes. La última erupción tuvo lugar al final de la Segunda Guerra Mundial —la describe Norman Lewis en su libro clásico sobre la capital de Campania, Nápoles, 1944—, pero tarde o temprano puede volver a producirse una explosión catastrófica y es esencial saber cuáles son los momentos menos peligrosos —en los que se puede evacuar a la población— y los más peligrosos —en los que hay que buscar refugio—. En las nuevas excavaciones que se están llevando a cabo en la ciudad, que producen casi cada mes hallazgos extraordinarios, no solo trabajan arqueólogos, sino también vulcanólogos en busca de respuestas sobre el presente.

Steven L. Tuck, profesor de Historia Clásica en la Universidad de Miami y autor de una apasionante investigación sobre los supervivientes de la erupción recogida en el libro Escape from Pompeii (Oxford University Press), relativiza las lecciones que se pueden sacar de estos dos cuerpos, aunque considera que el hallazgo es interesante sin duda. “Recibo a diario las noticias del parque arqueológico porque soy un auténtico friki. No diría que estos dos hallazgos constituyan todavía una muestra representativa, pero sí que ponen de manifiesto la variedad de peligros que entrañó la erupción. Desde las primeras amenazas, como la caída de piedra pómez o el derrumbe de edificios, hasta los peligros posteriores, como la asfixia por gases. Fue una erupción compleja, y los restos encontrados en diferentes niveles y épocas lo demuestran”.
La investigación de Tuck apunta a que hubo bastantes supervivientes. El profesor de la Universidad de Miami ha rastreado Campania en busca de inscripciones romanas que reflejen apellidos característicos de la ciudad o de personas que, por hallazgos arqueológicos, se sabe que vivieron en Pompeya. “Gracias a que podemos rastrear los apellidos, podemos saber quiénes sobrevivieron, adónde fueron y, en algunos casos, cómo fue su vida tras la erupción”, señala por correo electrónico. Por ahora ha logrado identificar a 200 supervivientes individuales en 12 ciudades diferentes de la región.
Los muertos de Pompeya nunca terminarán de contar historias, sobre todo desde que el arqueólogo que inauguró la investigación moderna de la ciudad, Giuseppe Fiorelli, inventó en el siglo XIX una técnica genial: rellenar con yeso los huecos que habían dejado al descomponerse los cuerpos de las víctimas de la erupción y lograr un molde perfecto de los pompeyanos en el momento de su muerte. Así han aparecido el famoso perro que murió atado sin poder escapar, el hombre sentado con las manos en el rostro, los amantes que fallecieron juntos y tantas decenas de cuerpos. Como explicó Zuchtriegel: “Pompeya también representa una tragedia”.
Mary Beard, una de las más conocidas estudiosas del mundo romano y autora de un libro sobre la ciudad —Crítica está a punto de publicar su nuevo ensayo, Clásicos sin filtros—, explica así la inagotable fascinación por los muertos de Pompeya: “Creo que siempre queremos mirar a los ojos a las personas del pasado, imaginarlas vivas. Los cuerpos de Pompeya tienen algo muy especial porque (gracias a la forma en que se conservaron) no solo se pueden ver sus huesos, sino incluso una imagen o una impresión de cómo iban vestidos. Eso hace que parezcan más humanos, más reales”.


























































