Ir al contenido
_
_
_
_

Iberdrola muestra el poder del arte corporativo en el Museo de Bellas Artes de Bilbao

La multinacional bilbaína, que celebra 125 años, presenta una muestra con más de 100 obras de su colección, con nombres como Miquel Barceló, Antonio Saura, Andy Warhol o Bill Viola

Una imagen de 'The Silent Sea' del videoartista Bill Viola, parte de la colección de Iberdrola que se puede ver en el Museo de Bellas Artes de Bilbao.

La sala del Consejo de Iberdrola está presidida por una escultura de Eduardo Chillida y otra de Jorge Oteiza, los dos artistas vascos más internacionales del siglo pasado. No es ningún capricho. Que actúen como testigos simbólicos de las decisiones que marcan el devenir de la multinacional bilbaína responde a una forma de proyectar una imagen cosmopolita y, al mismo tiempo, arraigada.

Es parte de un discurso que se articula a través de una importante y heterogénea colección de cerca de 400 obras con nombres de la talla de Andy Warhol, Marina Abramović, Gerhard Richter, Antonio Saura, Miquel Barceló o Ai Weiwei, además de los escultores españoles. Una selección de 134 de esas piezas, habitualmente alejadas de la mirada pública y repartidas por las sedes corporativas de la compañía, se podrá visitar desde este miércoles y hasta el 30 de agosto en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, en una exposición que, además de reunir obras de primer nivel artístico, permite entender el papel de las grandes empresas como uno de los principales agentes coleccionistas de nuestros tiempos.

“Lo que tiene esta colección, a diferencia de otras colecciones corporativas”, explica Miguel Zugaza, director del museo, “es vigor y coherencia conceptual. Hay un relato y eso es singular”. Iberdrola empezó a construirla en 2006 con dos ejes: por un lado, reflejar la evolución de la empresa —con obras procedentes de los territorios en los que se ha expandido, por ejemplo—; y por otro, abordar los grandes temas que atraviesan su actividad, como la luz, la energía o el medio ambiente. Hay pintura, escultura, videoarte, instalaciones y fotografía, de una variedad que abarca desde la modernidad del arte vasco de finales del siglo XIX hasta una visión marcadamente internacional del siglo XXI, pasando, no sin algún bache entre los años 30 y 80, por el arte español del siglo pasado. Todo como una forma de “contar la historia de la compañía a través del arte”, explica Rafael Orbegozo, responsable de la colección.

No es un ejercicio extraño, sino todo lo contrario. El coleccionismo siempre ha sido una forma de topografía del poder. El impulso que llevó a los monarcas a reunir obras que hoy colman los grandes museos lo han heredado las grandes compañías contemporáneas. El coleccionismo corporativo se consolidó en Estados Unidos en las décadas de 1960 y 1970, y poco después en Europa. Dejó de ser entendido como una acumulación de caprichos de empresarios ricos para integrarse en las estrategias de relaciones públicas de las empresas y como una forma de filantropía cultural, con colecciones dirigidas por expertos en arte que se dedican enteramente a ellas y que protagonizan habitualmente las subastas. Hoy en España, empresas como Banco Santander, BBVA, CaixaBank, Banco Sabadell, Mapfre, Telefónica, el Instituto de Crédito Oficial o el Banco de España custodian en conjunto más de 25.000 obras de arte contemporáneo, muchas con calidad museística.

De hecho, un buen número de ellas se presta de forma habitual y gratuita a instituciones culturales. Tanto que, como explica el director del museo de Bilbao, “es muy importante para un museo que haya una buena colección al lado”. Lo que separa a su institución de la torre Iberdrola, sede corporativa de la multinacional, no pasa de los 300 metros. La empresa forma parte del Patronato del museo y es patrocinadora habitual de muchos proyectos, pero a pesar de eso no suele prestarle obras —“Ya veremos si alguna de estas se queda”, dice el director, pícaro, provocando una risita de Orbegozo mientras ambos caminan por las salas—. Y es que, a pesar de la continuidad narrativa de la que habla el Zugaza, no es un conjunto pensado para su exhibición en salas. De hecho, aunque la energética sí ha prestado 175 piezas en los últimos diez años a distintos museos, esta es apenas la segunda vez que la colección se muestra en su conjunto, tras una exposición en 2014 que recorrió Bilbao, Madrid, Valencia y Valladolid.

Un reto museístico

Hacerlo no deja de ser un reto museístico importante. De las poco más de 100 obras presentadas en la nueva muestra, muy pocas repiten autor. Es decir, como explica Guillermo Zuaznabar, conservador jefe del museo y comisario de la muestra, “había que convertir a un grupo de solistas en un coro”. Lo importante, cuenta, era “basarse en el espíritu y el carácter” del conjunto. Empezó por titular la exposición igual que Iberdrola titula los dos ejes que ordenan su colección: Paralelos y meridianos. En distintos espacios de las tres plantas del edificio de 1970, la muestra se divide en ocho secciones: Inicios; Naturaleza, aguas y tramas; Cuerpos y huellas; Trabajo; Luz; El artista y sus espacios; Arquitectura y construcciones; y Ciudad y puerto. Y con esos conceptos deliberadamente abiertos, agrupa temáticas de artistas que de otra forma no se verían juntos. Hay, por ejemplo, una fotografía de Marina Abramović en la que duerme junto a una hoguera en la Amazonía brasileña, al lado de un lienzo de Gustavo de Maeztu que dibuja un paisaje, y delante de un Barceló abstracto que se titula Erizos de mar en la marea baja. Todos bajo el paraguas de Naturaleza, aguas y tramas.

Otras se cuelan en las secciones con menos armonía, y es que para Zuaznabar el objetivo no era imponer un relato cerrado, sino construir una “representación fiel de la colección”. A veces, reconoce el comisario, surgen combinaciones que “parecen un poco fuera de lugar”, pero que forman “un recorrido que invita al paseo”. Por eso, recorrer las salas no deja de ser presenciar un popurrí de grandes nombres que necesitan de la historia de la empresa, que ha construido con ellas un autorretrato, para tener sentido. La de Iberdrola es una colección viva que sigue creciendo. Un día, cuenta el comisario, llamó Orbegozo al museo con la distribución ya definida. “¡Compramos un Motherwell!’, nos dijo. Yo le respondí: ‘No sé cómo, pero estará”. Hay piezas, resume, que no podían quedarse fuera. Hasta un díptico inédito a medio hacer de Antonio López, en el que el artista trabaja desde 2016 unas vistas de Bilbao desde la torre de Iberdrola prologa el recorrido.

Y, como para quedarse satisfechos, el recorrido se prolonga más allá del museo. Los fines de semana y con visitas guiadas se puede visitar el atrio de la torre para ver un conjunto de obras concebidas específicamente para ese espacio, firmadas por artistas como Kenneth Noland, Darío Urzay, Cristina Iglesias o Txomin Badiola. “Es verdad que no es una colección concebida para un museo”, explica Miguel Zugaza, “pero ha pasado la asignatura con sobresaliente”.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_