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EL FARO DEL FIN DEL MUNDO
Columna

Reencuentro con Nijinsky en el Liceo

El magnífico espectáculo del Hamburg Ballet sobre el bailarín es una buena ocasión para repasar la vida del legendario personaje, su locura y su fabuloso salto

Una escena de 'Nijinsky'.KIRAN WEST

Entre las diversas cosas que he querido ser y no me ha dado la vida para ello está bailarín de danza clásica. Me parecía más fácil que actor porque no había que memorizar texto y la verdad es que algunos maestros de lo corporal como Pawel Rouba o su mujer Irene consideraban que tenía aptitudes e incluso un salto de elevación más que notable. Ahora ya no, y ni digamos cómo me quedan las mallas. En su momento hice mucha barra, lo que me permitía intimar con las bailarinas que, con las sirenas y las amazonas, han sido siempre mi perdición. Una vez hasta participé en una master class con Lindsay Kemp que nos recalcó que se baila con los ojos y no con las piernas. Vale, pero a ver quién hace un double tour en l’air solo con la mirada.

Pensaba en todo esto mientras releía el otro día, tras ver el tan exitoso y espectacular (medio centenar de bailarines en escena) Nijinsky de John Neumeier en el Liceo, mi vieja y baqueteada edición de La danza de Serge Lifar (Labor, 1973), uno de los libros que marcó mi interés por el ballet y en el que el creador y bailarín de Ícaro repasaba la historia del arte de la danza desde los griegos hasta Béjart pasando por los ballets rusos de Diaghilev y su estrella Nijinsky y poniéndose él, Lifar, modestamente en el centro de su desarrollo. A mi entonces Serge Lifar me parecía la repera y tengo todo su libro subrayado trémulamente desde la cita del principio, “la Danse est mon foyer ardent”, que es una frase del propio Lifar, claro, y en la que foyer, vaya, significa hogar. Luego he sabido que este mi primer “dios de la danza” era un tipo de aúpa que se peleó con la viuda de Nijinsky, Romola, por quién de los dos se enterraría más cerca del legendario bailarín en su tumba en el cementerio de Montmatre, y que confraternizó con los nazis cuando ocuparon París. En la relectura de La danza he encontrado ahora frases (sin subrayar) tan venenosas como “poco hay de verdadera danza en el ballet de Martha Graham, que se las da de literata”.

En fin, decía que fui a ver Nijinsky, al que descubrí precisamente en el libro de Lifar y que es el verdadero “dios de la danza” pese a que el autor lo ningunea un poco (“bailarín genial, desprovisto de toda clase de cultura”) y presume del hecho de haber sido él también uno, el último, de los protégés —con todo lo que cabe en esa palabra— de Diaghilev al igual que antes lo fueron Nijinsky, Fokin y Massine.

Vaslav Nijinsky (nacido en 1889 en Kiev de padres polacos, ambos consumados bailarines) es palabras mayores y para mí el propio nombre resulta una onomatopeya del salto. Es decir Nijinsky, esas tres sílabas tan evocadoras, y se me ensancha el corazón y sueño con volar, inmaterial, sobre el escenario (la Paulova miraba en el interior de las zapatillas del bailarín para ver si estaba ahí el secreto de sus saltos prodigiosos) y comerme el mundo a base de grand jetés, tours en l’air y sissonnés. Comulgo menos con algunas de las inclinaciones sexuales de Nijinsky y sobre todo con su obsesión culpable (pero sostenida) por la masturbación, que encontró un eco artístico (y provocó escándalo) en el momento en que su fauno plus nu que nu de La siesta de un fauno se autosatisfacía visiblemente en el escenario sobre el pañuelo de una ninfa. A ver si la locura le habrá venido de eso como sostenían los curas.

Me gustó mucho el planteamiento de Neumeier de situar el arranque de su espectáculo en la famosa velada en el salón de baile del hotel Suvretta House de Saint-Moritz (recreado como una mezcla del Overlook de El resplandor y un decorado de Pina Bausch), donde Nijinsky bailó ante el público por última vez, el 19 de enero de 1919, calificando la actuación —ya andaba un poco loco— de sus “bodas con Dios”. Quería mostrar “la agonía de la creación” y lo hizo ante doscientas personas que quedaron patidifusas. Nijinsky ignoró a la audiencia, se sentó en una silla con la ropa de ensayo, un abrigo de piel y un gorro ruso y se quedó mirando fijamente al público durante media hora. Cuando la pianista empezó a tocar un poco de Chopin (el fúnebre Preludio nº 20 en Do menor) a ver si se animaba y Romola se le acercó para sugerirle que hiciera algo, estalló “¡bailaré cuando esté preparado!”. Cuando lo estuvo, trazó en el suelo una cruz con unos rollos de tela blanca y negra anunciando que danzaba “la guerra con su sufrimiento, su destrucción y su muerte”.

Los presentes vieron a Nijinsky bailar, recoge Lucy Moore en su impactante biografía Nijinsky (Profile Books, 2013, que tengo dedicada por Mijaíl Baryshnikov de una vez que estuvo en Barcelona, ya que el propio Nijinsky, que murió en 1950, no se encontraba a mano), como si estuviera en un campo de batalla, corriendo sobre cadáveres, evitando obuses, lanzándose en una trinchera llena de sangre, herido, agonizando.

Alexandr Trusch interpreta Nijinsky

El Nijinsky del Hamburg Ballet recoge todo esto casi al pie de la letra con una danza de inmenso nivel técnico, aunque a mi profano parecer algo fría, para continuar como un ballet narrativo y alucinado en el que parece que entremos en la atormentada mente del gran bailarín (Aleix Martínez en el reparto que yo vi) para repasar momentos de su vida. Mientras, aparecen los personajes que interpretó -el arlequín de Carnaval, con su entrechat-dix; el espíritu de El espectro de la rosa, con su célebre salto para salir de escena; el esclavo dorado de Scherezade, que le convirtió en sex symbol; el fauno de La siesta de un fauno, el payaso desgraciado Petrushka, un tenista de Jeux…- y las personas que le rodearon. Entre estas últimas, Romola (Ida Praetorius, de lo mejor de la función con su maravilloso vestido rojo), Diaghilev (Pepijn Gelderman, que gustó mucho por su altura y apostura), el hermano (más) loco de Vaslav Nijinski, Stanislav o Stassik (Evan L’Hirondelle, que debe ser un nombre artístico, digo yo, como el de El Increíble Orlando), el padre y la madre del artista, “la bailarina” (que representa a la histórica Karsavina) o “el nuevo bailarín” (Massine).

Otra escena central (y sensacional) en el ballet de Neumeier y que recoge otro episodio crucial de la vida de Nijinsky es la que transcurre a bordo del transatlántico SS Avon en 1913 cuando los Ballets Rusos de Diaghilev van de gira a Sudamérica y el bailarín es seducido por la que se convertirá inesperadamente en su esposa, su fan Romola de Pulzy, lo que provocará la sonada ruptura con Diaghilev, promotor y celoso amante del artista, que sufrió un ataque de cuernos que ríete de los del fauno. La escenografía reconstruye la cubierta del buque de una manera mágica y evocadora, similar a como lo hacía la exposición del Victoria & Albert Museum de Londres sobre los grandes transatlánticos, incluida una tumbona que parece la del Titanic. Menos afortunadas me parecieron las escenas posteriores de los jóvenes soldados que bailan en calzoncillos como si fuera un anuncio de Abanderado.

El ballet Nijinsky recoge el dramatismo, el arte y la sensualidad de la vida del bailarín, que tuvo una existencia en la que se alternaron esplendor y miseria. De jovencito ya lo tomó como chico para todo el príncipe Pavel Lvov, que le pagó las lecciones con el gran Cecchetti (se dice que el maestro podía caminar erguido entre las piernas de Nijinsky cuando este daba sus prodigiosos saltos) y se lo pasó luego al lascivo Diaghilev, el Svengali de la danza. Con este vivió la gran aventura dorada de los Ballets Rusos aunque tras la ruptura su antiguo amante traicionado se vengó echándolo de la compañía. Para algunos, la fractura precipitó la locura de Nijinsky, agravando su inestabilidad (así lo sostenía Rudolf Nureyev). El ballet de Neumeier se abona más a la teoría de que fueron la Gran Guerra y sus horrores los que lo desestabilizaron. El caso es que siguieron años, muchos, en los que Nijinsky entraba y salía del estado de enajenación mientras se sometía a distintas terapias, algunas muy bestias. Se ha especulado con que sufriera esquizofrenia, psicosis o una enfermedad del espectro autista. En el ballet de Neumeier parece que sufra un poco de todo. El coreógrafo muestra la abnegación con la que finalmente Romola cuidó de su marido (especialmente durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los nazis estuvieron a punto de exterminarlo con otros pacientes de un sanatorio austriaco) y es muy conmovedor el pasaje en que la muestra tirando como una Madre Coraje de un trineo en el que porta al bailarín catatónico.

El reencuentro con Nijinsky ha sido muy emocionante, aunque ya advirtió Baryshnikov (que le dedicó su espectáculo dirigido por Bob Wilson Letter To A Man) que ningún bailarín contemporáneo puede bailar los papeles en los que brilló Nijinsky mejor que él, y que esas obras no funcionan con nadie más. O sea que el salto de Nijinsky es inigualable, aunque podamos soñar en darlo.

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