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EL CORREO DEL ZAR

En la tumbona del ‘Titanic’

La exposición sobre la edad de oro de los transatlánticos en el Victoria & Albert Museum permite vivir momentos inolvidables

El 'Queen Mary', uno de los transatlánticos legendarios que aparecen en la exposición del Victoria  & Albert Museum de Londres..
El 'Queen Mary', uno de los transatlánticos legendarios que aparecen en la exposición del Victoria & Albert Museum de Londres..

Ahí estaba yo a bordo del gran transatlántico, en primera clase, tan intruso como el Jack de Leonardo di Caprio, admirando a las pasajeras con sus vaporosos vestidos y echándole un subrepticio vistazo a la tiara de Cartier (diamantes y perlas) de Lady Margarite Allan, que refulgía como las estrellas que tachonaban el cielo. ¡Qué viaje! En un momento en que nadie miraba hasta me hice un selfie fetichista junto a la tumbona de cubierta del Titanic, algo ajada porque la hallaron flotando entre cuerpos y restos del barco después del hundimiento (solo se conservan siete).

Jamás hubiera dicho que iba a vivir una experiencia tan emocionante en una exposición sobre buques de lujo de pasajeros. De hecho solo en último momento cambié mis planes londinenses de volver otra vez al Imperial War Museum por la visita al Victoria & Albert (V & A) para ver allí Ocean Liners: Speed & Style, dedicada a los tiempos de gloria de esos grandes barcos. Como suele suceder, bastó que me dijeran que no podía acceder (era el día previo a la inauguración y estaba reservada la visita a los invitados de postín y patronos del museo) para que me entraran unas ganas irreprimibles de verla. Así que me colé con un pase prestado del consejo internacional de museos (ICOM), cuidando de no darme de bruces en el entrepuente con el capitán E. J. Smith y diciéndome que procuraría estar siempre cerca de los botes salvavidas, como cuando viajo en acomodación Sirena (butaca) en Balearia.

Cary Grant y Deborah Kerr en el 'SS United States' en 'An affair to remember'.
Cary Grant y Deborah Kerr en el 'SS United States' en 'An affair to remember'.

La exhibición arranca con los espectaculares carteles de época que publicitaban los viajes en las diferentes líneas (White Star, Cunard) y embarcaciones, y una enorme maqueta del Titanic en la que solo falta el iceberg. Pasas luego por diferentes salas que muestran a través de pinturas, fotos y mobiliario original, el esplendor de los buques de la edad dorada de los transatlánticos, orgullo de sus naciones, de finales del XIX hasta ya bien entrado el XX. Ahí están esos lujosos leviatanes de cuatro altas chimeneas y salones suntuosos, los Lusitania, Mauretania, el Olympic y su gemelo Titanic, claro, “stuff of legend”, el Aquitania, los tan ostentosos barcos alemanes ... o la siguiente generación de entreguerras, el precioso Normandie y el Ile de France, con sus interiores art déco, el Queen Mary...

La tumbona de cubierta del 'Titanic' en la exposición sobre los grandes transatlánticos.
La tumbona de cubierta del 'Titanic' en la exposición sobre los grandes transatlánticos.

Pero es en el maravilloso e inmenso espacio central (Life on board) donde te quedas sin aliento. Se han reproducido varios ámbitos de un gran transatlántico de los de antaño y te encuentras asomado en el promedade deck, viendo pasar el Normandie sobre el mar en un enorme ciclorama, mientras un botones de uniforme te alcanza un telegrama en una bandeja y otros pasajeros juegan al tejo en cubierta. Luego llegas hasta la piscina en la que chapotean elegantes nadadoras con trajes de baño vintage y te hallas ya bajo la lujosa escalera por la que los pasajeros de primera efectuaban la Grande descente, la bajada de farde, diríamos, desde sus camarotes hacia los salones y el comedor, enfundados en sus esmóquines y deslumbrantes vestidos de lujo. Era toda una glamorous entrance, dejándose ver, in style. La escalinata la evoca un impresionante audiovisual en columna por cuyas pantallas, en blanco y negro, desciende una y otra vez, una pareja elegantísima, todo distinción y posibles.

Imagen del espacio central de la exposición 'Ocean liners' en el Victoria & Albert Museum
Imagen del espacio central de la exposición 'Ocean liners' en el Victoria & Albert Museum

Con el inmenso techo repleto de estrellas rutilantes (como aquella noche de abril en el Titanic) y sonando, repetida, obsesivamente, el Alexander’s Ragtime Band, entras en un arrebatador estado de febril ensoñación que te transporta en el espacio y el tiempo. Te sientes, vamos, como Jack Nicholson en aquella fiesta de fantasmas en el hotel Overlook de El resplandor. Rodeado de maniquíes con vestidos históricos de la colección del V & A, las maletas de los duques de Windsor (de la Maison Goyard de París), Miss Emile Grigsby en su traje de noche de Paul Poiret, o la citada tiara de Lady Allan -que una criada salvó del hundimiento del Lusitania, aunque en cambio dos de las hijas de la dama se ahogaron en el torpedeamiento (1.198 muertos)-, quedas prendido para siempre en el hechizo de los viejos barcos.

El trozo de panel del salón de primera clase del 'Titanic', rescatado del mar, en la exposición.
El trozo de panel del salón de primera clase del 'Titanic', rescatado del mar, en la exposición.

Cuando consigues arrancarte de ahí te espera aún una última conmoción: una sala oscura en cuyo centro flota sobre olas virtuales un panel real del salón de primera clase del Titanic (el lugar por el que el buque se partió en dos al hundirse), de madera, con motivos rococós. Es muy parecido a aquel en el que se salva al final Rose- Kate Winslet. En una pantalla se proyectan fragmentos de películas, Titanic, claro, pero también un beso apasionado de Deborah Kerr y Cary Grant en la cubierta del SS Constitution en An affair to remember (1957) y, glups, la escena final, con el transatlántico panza arriba, de La aventura del Poseidón.

Lo dicho: ¡qué viaje! No dejen de subir a bordo (hasta el 17 de junio).

cartel publicitario de la White Star Line.
cartel publicitario de la White Star Line.