Manuel Valdivia, director de series: “La vida no tiene finales rotundos”
El hombre que está detrás de éxitos en televisión como ‘Médico de familia’ y ‘Compañeros’ publica el libro ‘Querer o no querer’ sobre la historia de su familia: una madre con una enfermedad mental y un fusilamiento en la Guerra Civil


Manuel Valdivia (Madrid, 71 años) tiene un currículo lleno de éxitos. Médico de familia, Compañeros, Policías, en el corazón de la calle son solo algunas de las series de televisión que han partido de la cabeza de este creador. La pandemia le dejó en el tintero otra sobre educación y una sobre músicos callejeros, pero la cita con EL PAÍS es por otro motivo: la publicación de su libro Querer o no querer (Uno editorial), donde narra la historia de su familia. Una madre que padeció una enfermedad mental, aunque entonces se dijera que estaba “mal de los nervios”, un fusilamiento en la Guerra Civil que lo trastocó todo y un hogar que saltó por los aires.
Pregunta. Le prometo que vamos a hablar de su libro, pero he leído por ahí que se le considera el primer showrunner español. ¿Eso qué significa?
Respuesta. Fui el primero sin saber que lo era, ni siquiera sabía que existía esa palabra. Es el máximo responsable creativo de una serie, de las historias, de qué manera se cuentan, a veces dirige, escribe… tiene que consensuarlo todo para que tenga coherencia cada episodio, cada temporada… vamos, que el showrunner es el puto amo.
P. Está detrás de muchos de los grandes éxitos en series, sobre todo en la década de los noventa. ¿Qué otro proyecto le habría gustado firmar?
R. David Simon es uno de mis referentes. Me he leído todo lo que ha escrito y dentro de sus series hay una en particular que quizá no es de las más conocidas, pero que me fascina, Treme. Se hizo en Nueva Orleans, después del paso del huracán Katrina. Hablaba sobre la vida de la gente después de ese desastre, y me encantaba cómo estaba metida la música, el jazz, en todo aquello. Me gustan las series que hablan desde la verdad. Ahora estoy siguiendo The Pitt semana a semana. De las españolas, me gustan mucho Querer y Yakarta.

P. Fue directivo de Telemadrid durante un tiempo.
R. Ocurrió en una época en la que era freelance porque no me gustaba nada eso de tener jefes, pero un día me encontré por la calle con mi amigo José Manuel Contreras, entonces director de programas de Telemadrid, y me dijo: “¿Oye, por qué no haces un especial de fin de año, pero no el típico, sino de 1992?”. Y estábamos en 1991. Lo hice, salió bien y así es como entré. José Miguel me convenció para que fuese responsable de ficción y de programas de entretenimiento. Todas las semanas durante los dos primeros meses entraba en el despacho y le decía: “Me voy, no aguanto esto, no puedo”. Ahí estuve año y medio, fue una etapa maravillosa, imaginativa, independiente, donde puse en marcha mi primera ficción, Colegio mayor.
P. Dice que le gustan las series que hablan desde la verdad. ¿Cuánto ha costado contarlo en su libro Querer o no querer?
R. Primero me planteé escribir ficción, un thriller, pero luego pensé: necesito contar algo real, algo que me importe. Y tuve todas las dudas del mundo, porque el primer día que fui a contarle a mi madre que quería hablar de nuestra historia familiar, estuve en la puerta apuntando con el dedo en el portero automático, sin saber si apretar o no. Sabía que si subía y empezábamos a hablar, a lo mejor me hacía daño y reabría heridas emocionales.
P. ¿Llevaba mucho sin conversar con ella?
R. Llevaba tres años sin verla. Me llamaba de vez en cuando, de esas conversaciones de apenas un minuto de duración. Mi primer dilema fue: ¿escribo o no escribo? El segundo: ¿voy o no voy? Pero cuando comencé a hablar con ella y comprobé lo lúcida que estaba, y empezó a contarme detalles que desconocía, creo que me venció mi oficio, el de contador de historias. “Manolito, esta historia es muy buena”, me dije, y me sirvió de coraza para entender qué nos pasó para que pensáramos que éramos felices, que mi madre había superado su enfermedad, y que acabáramos destruyéndonos. Creo que por primera vez he contado una historia que no sabía cómo iba a acabar. Le puse un punto final porque había que hacerlo, pero la vida no tiene finales rotundos.

P. ¿Cómo es la relación con ellos?
R. Por muchas razones mis hermanos se dividieron en dos bandos. Las dos hermanas pequeñas, por un lado, y mi hermana mayor y otro hermano, por otro. A mí me querían atraer de cada uno, y yo desde una postura absolutamente cobarde, decidí escaquearme. Eludí parte de mis responsabilidades por pura supervivencia y me escapé de ellos.
P. ¿Qué cuerpo se le ha quedado después de escribir 657 páginas?
R. Se me han satisfecho muchas cosas. Yo algunas las sabía, como cuando fusilaron a mi abuelo y le volaron la cara. A mi madre, siendo niña, no solo le fusilaron a su padre, sino que fue obligada a asistir a la ejecución pública de los que habían sido responsables, y eso le ocasionó un trauma que fue lo que le trajo, cuando le llegó la regla, los primeros síntomas de una neurosis obsesiva que arrastró durante décadas y que no solo a ella la marcó de por vida, sino a todos. Mi padre descubrió que su mujer estaba enferma en la noche de bodas. He averiguado una serie de asuntos familiares, he restaurado cosas que no sabía. Pero, por otro lado, he comprobado que las heridas siguen vivas. Me separaron de mi madre con 11 meses porque no era capaz de cuidarme, se quedaba grogui por los medicamentos y los electroshocks. No volví a verlos hasta los 12 años. Y soy un privilegiado, porque estuve con mis abuelos y me libré de todo lo que había allí. Cuando llegué, pregunté por qué vivía con ellos y me contestaron: “Es que mamá está mala de los nervios”.
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