Ir al contenido
_
_
_
_

Una nueva herida: Miguel Hernández, escritos inéditos de guerra

Un libro recupera artículos periodísticos del autor que permiten conocer mejor la Guerra Civil

Intervención de Miguel Hernández en la emisora del 5º Regimiento, durante la Guerra Civil Española en 1936 y uno de sus artículos de 1937.

Apenas unos meses antes de concluir la Guerra Civil, Miguel Hernández tenía terminado su último libro, El hombre acecha, que no vería la luz en España hasta 1981. Desde entonces no ha dejado de crecer su figura y su obra, dentro y fuera de España. Una de las facetas más reveladoras, pendiente todavía de explorar, sigue siendo su trabajo periodístico durante el conflicto. Se trata de una serie de escritos, apenas conocidos hasta hoy de manera fragmentaria, inseparables de su compromiso y de su obra poética, que muestran la verdadera extensión de la herida con la que Hernández sintió la guerra. No en vano, su trabajo como reportero del frente terminaría costándole la vida. Un libro, con estudio introductorio y notas de Joaquín Riera Ginestar, recupera ahora más de treinta y cinco artículos inéditos suyos, e identifica, además, aquellos otros que el poeta de Orihuela había escrito bajo seudónimo. El resultado es la satisfacción de ver completada toda una obra que ilumina su poesía y que abre una ventana a la propia historia social de la Guerra Civil. Una oda al lenguaje, a las costumbres, a las vivencias populares que encarnaban el rostro del joven Ejército Popular de la Republica.

A diferencia de muchos otros escritores de aquella época que firmaron crónicas del frente, José María Pemán o Manuel Chaves Nogales, por citar solo dos ejemplos opuestos, Hernández sí que estuvo allí. Tras ser movilizado en Madrid por el Quinto Regimiento del Partido Comunista, donde sufre el primer ataque frontal a la ciudad, los bombardeos y los combates por la Carretera de la Coruña, sigue buena parte de la guerra en los frentes secundarios del interior. Aquellos en los que nunca pasa nada, pero en los que se decide todo. Se mueve con bastante rapidez por los caminos de Andalucía oriental, donde asiste al asedio republicano del Santuario de la Virgen de la Cabeza (Andújar, Jaén).

Uno de los primeros episodios que narra con detalle y del que se conserva numerosa correspondencia con los combatientes. Pasa después a Extremadura, donde estuvo concentrado en el entorno de Castuera, para partir de nuevo hacia Aragón. Pronto su voz cruzaría las líneas enemigas a través del servicio de altavoces del frente. Miguel, “ruiseñor entre fusiles”, tiene clara su función como intelectual entre todas las atribuciones que el Comisariado de Guerra guarda desde su creación. Y encuentra un formato, el periodístico, que le permite desplegar su prosa humana para describir los horrores de la guerra, acusando directamente al enemigo y sus apoyos extranjeros, al tiempo que supervisar la línea ideológica de las distintas publicaciones de cada batallón. Todo lo que escribe se convierte en un arma, un dique contra la propaganda enemiga que busca y consigue, poco a poco, extender la desmoralización, forzar el abandono y la deserción entre las filas republicanas.

Nadie como Hernández narra el sufrimiento, el vacío y el dolor de la guerra. Comparte condición con miles de hombres que han pasado de ser niños yunteros a soldados campesinos; son la única fuente de sustento de familias enteras que aguardan empobrecidas su regreso. Desertores en potencia, combatientes desmotivados que escuchan las promesas franquistas que llegan por radio o que adivinan entre las pocas letras que, meses atrás, les mandaron desde el pueblo. A esos frágiles e improvisados soldados, en alpargatas, inexpertos, sin apenas adiestramiento ni armamento moderno, se dirige Miguel Hernández, quien, a diferencia de otros comisarios políticos, no replica con la consigna, sino desde la inmensidad de su alma. “No podemos ser víctimas de nuestro rencor”, les dice, porque, al igual que ellos, sueña con volver a su huerto y a su higuera. Es lo único que poseen, pero tienen que defenderlo con las armas.

A pesar de todo y de todos, Miguel no puede encubrir el hambre y las divisiones internas que sufren a diario. Tampoco esconde el abandono internacional y la inoperancia militar que terminarán siendo determinantes para que, desde finales de 1937, la guerra empiece a estar perdida. Después de la batalla de Teruel, que se prolongó hasta febrero de 1938, y que inicialmente estuvo a su favor, la ofensiva franquista sobre Aragón terminaría con las tropas rebeldes alcanzando el Mediterráneo y rompiendo en dos la zona republicana a la altura de Castellón. La llegada al mar no solo aisló y separó el territorio gubernamental, terminó con la esperanza del millón de soldados que habían logrado organizar y poner en pie en defensa de la República. El impacto de ese esfuerzo sobrehumano prolongado fue letal.

“El poeta es el soldado más herido en esta guerra de España. Mi sangre no ha caído todavía en las trincheras, pero cae a diario hacia adentro, se está derramando desde hace más de un año hacia donde nadie la ve ni la escucha, si no gritara en medio de ella”, escribe un Hernández agotado y hundido.

A partir de ese momento, no puede seguir en el frente y queda adscrito a la Escuela de Oficiales de la localidad valenciana de Albalat dels Sorells. Su labor en el comisariado desde el comienzo de la guerra, le termina provocando un intenso estrés bélico del que no logra salir. Visiblemente enfermo, ingresa, en la primavera de ese mismo año, en un sanatorio. Poco después, es trasladado a una zona de reposo en Benicássim, donde coincide por primera vez con Buero Vallejo, una de las pocas alegrías de aquellos días. Pero el descanso no era tratamiento suficiente para una enfermedad autoinmune con problemas respiratorios. Situación que se vio agravada con la temprana muerte de su primer hijo, en octubre de ese mismo año, tras la que Hernández cerraría definitivamente su actividad como informador y periodista de guerra.

En esta dura etapa, se extiende la incertidumbre del final de la guerra para él y su familia. Necesitaba creer, como tantos otros, que no le pasaría nada porque no tenía las manos manchadas de sangre. Volvió a su casa, a su huerto y a su higuera. Pero, como sabía, el hombre acecha. La guerra nos había convertido en animales. Una tragedia colectiva que pocos vivieron y lograron trasmitir como el propio Miguel Hernández, que, a lo largo y ancho de estos dos años plasmó su terrible visión de una España desangrada. La muerte de los soldados en las trincheras, de las mujeres, los niños y los ancianos en la retaguardia, bajo la metralla y las bombas, les perseguiría a él y a toda su generación. A pesar del tiempo transcurrido, su lectura sigue helando el corazón.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_