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Adiós al intelectual público: escritores latinoamericanos reflexionan sobre la pérdida de su influencia social

Una treintena de autores participan en la Casa de México en España para reflexionar por qué han perdido relevancia en la agenda de la región

Isabel Zapata, Santiago Roncagliolo, Rosa Beltrán y Fernando Iwasaki, en la primera jornada del Tercer Encuentro de Creadores Iberoamericanos.
Isabel Zapata, Santiago Roncagliolo, Rosa Beltrán y Fernando Iwasaki, en la primera jornada del Tercer Encuentro de Creadores Iberoamericanos.Casa de México en España
Caio Ruvenal

La foto fue tomada en 1994, pero pasó a la posteridad. Aparece un Bill Clinton bronceado en el medio y los escritores Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes a sus dos lados sonriendo. El expresidente de EEUU les invitó a cenar para escuchar sus opiniones sobre Cuba o el narcotráfico y preguntarles dónde debería ser la sede de la Cumbre de las Américas. Treinta años después, la postal ilustra la importancia que tuvo tiempo atrás la figura del literato latinoamericano como mediador de gran influencia social y política. Un personaje anacrónico, así lo recuerdan la treintena de escritores iberoamericanos que se reunieron hasta este miércoles 10 de abril en Madrid en el III Encuentro de Creadores Iberoamericanos, celebrado en la Fundación Casa de México en España. A través de varias mesas redondas, se preguntan si son ellos mismos los culpables por no escribir ya tanto sobre temas sociales o políticos o si se debe más bien al monopolio que hacen las redes sociales de lo público, al tiempo que se preocupan de no tener la suficiente fuerza para alertar de la escalada de populismos en la región.

“La influencia que tenemos hoy es mínima y es un problema de los mismos escritores, que se han dejado de sentir responsables de emitir una opinión que guiara a la sociedad como en los setenta y ochenta”, dice el periodista y escritor de no ficción salvadoreño Carlos Dada. El autor mexicano y factótum del evento, Jorge Volpi, rastrea esa pérdida de sentido de la responsabilidad con la llegada de las democracias a finales del siglo pasado y comienzos del nuevo. “Los escritores latinoamericanos eran prácticamente la única voz en los regímenes del siglo XX, porque la censura no permitía que existiera una opinión. Después del fin de las dictaduras, hacia finales de los noventa, fueron reemplazados, primero, por economistas, técnicos e historiadores en los medios tradicionales y, ahora, por cualquiera en las redes sociales”.

El argentino Martín Caparrós es de los que escriben sin pensar en causar un impacto: “Escribí un libro sobre el hambre y no creo que desde entonces haya dos personas menos con hambre en el mundo”. El peruano Santiago Roncagliolo, por su parte, no cree que la falta de relevancia de los pensadores tenga que ver con su predisposición o no de causar un efecto social, sino que el debate público actual exige voces diversas y que históricamente han sido silenciadas. “Cuando era chico, los escritores más comprometidos hablaban de darle voz a los que no tienen voz. Hoy en día eso suena un poco paternalista, los que no tienen voz hablan solitos. La opinión de un señor urbano de clase media no representa a nadie”, comenta el peruano.

El escritor mexicano Jorge Volpi, durante el encuentro.
El escritor mexicano Jorge Volpi, durante el encuentro.Casa de México en España

Coincide con esa opinión el boliviano Edmundo Paz Soldán, que señala un ejemplo que parece aludir al Canto general, de Pablo Neruda. “Los silenciados que dice representar pueden reclamar por qué él se apropió de ese derecho si nadie se lo dio”. Neruda, García Márquez, Vargas Llosa (antes de su viraje político hacia la derecha) o Eduardo Galeano son algunos de los que arengaban a las sociedades desde el exilio. Fueron la base culta sobre la que se erigieron las guerrillas que peleaban contra las dictaduras militares y que, en algunos casos, continuaron con su apoyo cuando se convirtieron en cuestionables gobiernos. Es otra de las hipótesis que han surgido durante el encuentro.

“Hay ejemplos de escritores que han sido funcionales para el poder. Cómplices de ciertos proyectos de gobierno, defensores de una idea de clase incluso cuando el sistema estaba haciendo agua. Ellos mismos han contribuido a la caída de ese prestigio”, asegura Paz Soldán. Aunque no lo señale directamente, es evidente la referencia a la amistad sin fin entre García Márquez y Fidel Castro. El colombiano Carlos Granés, quien recuerda la larga tradición de escritores convertidos en presidentes en la región (Rómulo Gallegos, José Martí, Domingo Sarmiento), tampoco cree que los creadores y la política sean una buena combinación: “El intelectual proyecta en sus fantasías sociedades armónicas, perfectas, pero hay una carencia de contenidos prácticos que dificultan la materialización de esos sueños, poder bajar esas utopías”.

No todo es mea culpa entre los creadores latinoamericanos a la hora de buscar razones que expliquen su pérdida de influencia. En la era de la cibercultura está en su auge, la opinión pública se configura más en las redes sociales que en periódicos y libros. Espacios que no son suficientes, según la mexicana Isabel Zapata: “Hay una escasez de lugares donde se puede tener un diálogo real y las redes sociales no han venido a llenar ese espacio. Suele reinar el morbo y te pasan factura de lo que dijiste; cambiar de opinión, algo tan sano, ya no está permitido”. Sostiene que las principales características de estas nuevas “plazas públicas” son la inmediatez y la indignación.

La transmisión inmediata de mensajes cortos y directos a millones de personas que ofrecen las nuevas formas de comunicación es ideal para la escalada de líderes populistas que han vivido la región, apunta Pola Oloixarac. “Es un espacio ideal para ellos. Milei fue primero una estrella de las redes sociales”, comenta la argentina, con la que el mandatario argentino se confrontó en su cuenta de X. Los populismos, dice, son movimientos que manejan un tono álgido, “que dan por sentado que la ira y la furia son estructurales. El líder es quien comanda hacia dónde tenemos que dirigir el odio, crean la necesidad de un enemigo”.

Desde la izquierda, Julia Santibáñez, Martín Caparrós y Carlos Granés, en la inauguración del Tercer Encuentro de Creadores Iberoamericanos.
Desde la izquierda, Julia Santibáñez, Martín Caparrós y Carlos Granés, en la inauguración del Tercer Encuentro de Creadores Iberoamericanos.Casa de México en España

Esta nueva tendencia se ha presentado como la alternativa a los tradicionales y fallidos gobiernos de izquierda que reinaban en la región: Bolsonaro vino después del impeachment de Dilma Roussef; Milei, tras 20 años de kirchnerismo, y Bukele, después del exguerrillero Salvador Sánchez Cerén. Dada detalla: “Es un voto de castigo, la población está harta de las democracias que fueron incapaces de acabar con la desigualdad. Los anteriores prometían un paraíso en la tierra y los actuales solo les prometen destruir ese sistema. Son proyectos autoritarios y corruptos, nos toca advertir”.

El salvadoreño llama a intervenir en un contexto con presidentes que son investigados por llevar relojes Rolex, que ordenan el asalto policial a embajadas, que aparecen con una motosierra en discursos o que no permiten a opositores a inscribirse en las elecciones. No a la manera del intelectual público, que consideran una figura anticuada, sino germinando dudas en pequeños grupos. Sugieren talleres, foros o presentaciones en espacios periféricos. Pero, sobre todo, contando historias. Ilustra Roncagliolo: “No creo que nuestro compromiso sea decirle a la gente por quién tienen que votar, pero tampoco creo que escribir historias sea banal. Pensamos que el compromiso tiene que ver con escribir manifiestos y declaraciones, pero el compromiso mayor es escribir historias que te hagan sentir lo que sienten las personas que están ahí, entender sus conflictos como tuyos”.

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