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La danza quiere ser escuchada

Coreógrafas, bailarinas, bailaoras y gestoras culturales se reúnen para pedir una mayor presencia y regulación de este arte en los escenarios españoles

Algunas de las participantes en los Encuentros Coreográficos Internacionales; desde la izquierda, Isamay Benavente, María Pagés, Helena Martín, Chloé Brulé, Rafaela Carrasco, Ana Laguna, Sara Cano, Nazareth Panadero y Sol Picó, el martes 21 de noviembre en Fuenlabrada (Madrid).
Algunas de las participantes en los Encuentros Coreográficos Internacionales; desde la izquierda, Isamay Benavente, María Pagés, Helena Martín, Chloé Brulé, Rafaela Carrasco, Ana Laguna, Sara Cano, Nazareth Panadero y Sol Picó, el martes 21 de noviembre en Fuenlabrada (Madrid).Samuel Sánchez

Ernest Urtasun y Miquel Iceta interpretaron el martes el pas de deux (paso a dos) recurrente cada vez que hay un cambio de Gobierno. Una coreografía en la que el primero, el ministro de Cultura entrante, tomó la cartera del segundo, el saliente, que abandona el escenario ministerial en el que ha bailado desde julio de 2021. El mismo día, en otro escenario, un grupo de profesionales de la danza (bailarinas, bailaoras, coreógrafas y gestoras culturales) se reunieron, pero no bailaron. Este escenario es el Centro Coreográfico María Pagés de Fuenlabrada (Madrid) y la reunión formaba parte del Quinto Encuentro Coreográfico Internacional de Fuenlabrada que se ha celebrado este martes y miércoles con un objetivo: que las mujeres dedicadas a la danza unan sus voces para fortalecer un sector muy desfavorecido, para dar a conocer sus dificultades y promover mejoras y soluciones. Era inevitable que el nombre del nuevo ministro se mencionara como uno de los principales destinatarios de los mensajes que quieren mandar. No saben hasta qué punto Urtasun tiene presente la danza, pero la danza lo tiene muy presente a él. Y no solo a él.

Y donde se dice la danza, se dicen nombres de primeras figuras y premios Nacionales como las de 2023 Melania Olcina y Rafaela Carrasco, y de años anteriores como Sol Picó, Ana Morales, Iratxe Ansa, Nazareth Panadero, Dácil González y Ana Laguna. Además de la anfitriona y premio Princesa de Asturias de las Artes 2022, por mencionar solo uno de los que tiene en su haber, María Pagés, que se manifiesta “preocupada por la escasísima presencia de la danza en espacios escénicos” y urge a buscar soluciones. Pero no solo ellas, también se unieron las voces de coreógrafas, bailarinas y bailaoras con amplias trayectorias como Helena Martín, Leonor Leal, María Moreno, Chloé Brulé; gestoras como Beatriz Arzamendi, de los Teatros del Canal; Isamay Benavente, directora del Teatro de la Zarzuela, e Irantzu Vázquez, responsable del área de Cultura de la Fundación Caja Navarra. Un elenco de lujo que esta vez no ha usado su cuerpo, sino su voz, para señalar las dificultades que comparten y los temas sobre los que trabajar.

Público, audiencia, comunidad. Estos fueron algunos de los términos que usaron y discutieron para referirse a los espectadores, sin quienes son conscientes de que no sobreviven. Pero todas coinciden en que es falso el mantra repetido de que no hay público para la danza. Vázquez sacó a colación los espacios de mediación, los encuentros con la audiencia, cada vez más comunes en otras artes escénicas como el teatro, pero no tanto en la danza. “Quizá algo más en contemporáneo que en flamenco”, señala la bailaora Rafaela Carrasco. Ansa recuerda la primera vez que le ofrecieron uno de estos encuentros: “Me entró hasta la risa. ¿Hablar después del espectáculo? Pero si lo único que quieres es ducharte y descansar”. Hoy esta bailarina y coreógrafa que trabaja con su compañía, Metamorphosis Dance, y como invitada en otras ―más en el extranjero que en España―, ha participado en proyectos en los que ha mostrado hasta los procesos de creación. Ella compara, aunque es incomparable, la situación con Alemania, donde existen compañías locales, cuyo trabajo repercute en la comunidad, que las siente como suyas, “como si fueran su equipo de fútbol”.

Creación desde el trabajo. Hablan de los procesos de creación en relación con el público, si piensan en él cuando están en ese momento inicial del trabajo, más íntimo y menos de exhibición. En esto hay distintas vivencias: algunas lo ven como una etapa más individual (o con el equipo), incluso se preguntan si la danza ha de agradar. Panadero, que trabaja en la compañía alemana Tanztheater Wuppertal, fundada por Pina Baush, lo explica así: “La danza nace de una necesidad de expresarse y eso ya es comunicación”. Pagés asegura que la edad le ha hecho ver más necesario al público también cuando se crea: “Hay un mensaje que dar”. Y Brulé, bailaora canadiense, defiende el hecho de que son trabajadoras: “Tenemos un oficio. Hay que dejar la mística que se genera alrededor del artista. No estamos tocadas por la gracia divina”. Asiente Morales: “Parece que el flamenco nos llega solo, te tocan las palmas y ya bailas. Y no es así. Hay mucho trabajo”.

Un momento de los encuentros coreográficos, el martes en Fuenlabrada (Madrid).
Un momento de los encuentros coreográficos, el martes en Fuenlabrada (Madrid).Samuel Sánchez

Programadores y políticos. Según avanzan las jornadas irremediablemente los temas se entremezclan y los programadores y políticos están omnipresentes. Sin artistas no hay danza, sin público no hay danza, pero ambos están en manos de ellos, por tanto: sin gestores sensibles y conocedores de este arte y de sus necesidades tampoco hay danza y eso es lo que está ocurriendo. No es que sea la hermana pequeña de las artes escénicas, es que se está transformando en invisible. Muchos espectáculos requieren características técnicas específicas, esto exige un compromiso por parte de teatros, políticos y programadores. “El arte necesita libertad para dar un paso más allá, sino no habrá futuro ni evolución”, sostiene Panadero pidiendo que la danza sea una apuesta. El gestor, el programador, tiene que ser alguien con capacidad de influir, ha de saber qué necesita el público, pero también debe ofrecerle propuestas. Tiene que conocer el sector. Exigen el equilibrio en los presupuestos y la programación de las artes escénicas y que estas sean estables y no dependan del político de turno. Que haya una independencia entre danza y política, un pacto nacional por la cultura; elaborar un Plan General de la Danza que integre al sector público y privado, y que se refiera tanto a cuestiones artísticas, creativas, como laborales, educativas, legales y económicas que afecten al sector. Otro riesgo del que avisan es de la España vaciada de danza. Casi no hay baile más allá de Madrid y Barcelona.

“Mi espectáculo no es el estreno”, apunta Ansa. “Las producciones necesitan un rodaje, una vida, no es la misma el primer día que 10 días más tarde”, continúa para demostrar que que se programen tres o cuatro funciones, lo habitual en España, no va a ningún sitio. Eso fomenta el carácter efímero de la danza, señala lo peligroso de esto Panadero: “Hay coreografías que desaparecen, que apenas se vuelven a ver”. Son reveladoras las palabras de una institución como es la bailarina y coreógrafa de 69 años Ana Laguna, afincada en Estocolmo, cuando se le pregunta si quiere volver a España. “¿Para qué?”, responde. Se marchó hace más de cuatro décadas y tiene la sensación de que no se ha avanzado mucho desde entonces. Hace años, trabajadores del Ministerio de Cultura se pusieron en contacto con ella para hacerle unas consultas sobre las necesidades de las compañías nacionales. Ella les preguntó si sabían lo que costaban unas zapatillas de punta y cuántas necesitaba una bailarina. Lo desconocían. “¿Ante eso cómo se puede trabajar?”, se lamenta.

Parir y criar. La maternidad también lo sobrevuela todo, más allá de los evidentes cambios corporales que conllevan un embarazo y un parto. La bailaora Leonor Leal, con un hijo de tres años que le ha acompañado desde que nació a todos los teatros, reconoce que ahora, tres años después de parir, es cuando se ha vuelto a meter en un proceso de creación, a estrenar un trabajo nuevo. En este tiempo ha tirado de coreografías que ya tenía, pero hasta ahora no había encontrado el momento para volver a pensar nuevas ideas. La capacidad creativa también requiere de unas condiciones. Esta es otra manera de invisibilizarse, de estar menos presente. Helena Martín añade que, además, es algo que se da por hecho por parte de los demás. Lo confirma Sara Cano, que tiene un bebé de cinco meses. Te descartan sin preguntar, deducen a partir de un “está embarazada”, “acaba de ser mamá”. Y muchas de ellas confirman que se han incorporado muy rápido al trabajo después de sus partos. Pagés recuerda como cuando tuvo a su hijo, hace 34 años, no solo los demás se planteaban si podría volver a bailar, ella también lo hacía. Eso sí ha cambiado, Carrasco, madre desde hace menos tiempo, dice que los demás podían pensar lo que quisieran, ella no tenía duda de que regresaría.

Hay que forzar que la danza forme parte de la educación. Hay que mostrar la capacidad que tiene para transformar la sociedad.
Sol Picó

Familia entre bambalinas. Así han criado algunas a sus hijos, de teatro en teatro, sin que estos estén adecuados, no hay lugares para los menores. Las niñeras y los bebés esperan en los camerinos a que termine la función. Tirando de una indispensable red familiar porque coinciden en que no es una profesión que deje espacio para ser madres y tampoco para pagar canguros. Se plantean espacios que se ocupen de los niños, pero esto genera otras tantas preguntas: ¿cuándo? ¿Al ensayar, durante la función, en el momento de creación? Los técnicos y los creadores no trabajan siempre a la par, ¿se necesitaría una guardería abierta 24 horas? Y así se encuentran que tras noches sin dormir, días de trabajo y crianza, a las siete de la tarde sube el telón y tienen que estar perfectas tanto psíquica como físicamente (ojo con lesionarse), y además, en muchas ocasiones es la única oportunidad de ser vistas en ese escenario.

Machismo. Lo escenifica a la perfección Isamay Benavente, directora del Teatro de la Zarzuela, cargo al que llegó tras dejar la dirección del Festival de Jerez y del Teatro Villamarta, en la localidad gaditana. Con 58 años y una larga carrera en la gestión cultural, contaba como en alguna ocasión había oído que se referían a ella como “la niña del Villamarta”. A ninguna le extrañaba esa terminología para referirse a ellas: “las niñas”. Y solo es un ejemplo.

Desde niños. Picó es clara: “Hay que forzar que la danza forme parte de la educación. Hay que mostrar la capacidad que tiene para transformar la sociedad. Hay que buscar la manera de hacerlo”. Actualmente hay signos de que la danza está en un estado más grave entre los más jóvenes. Una de las bailarinas de la compañía de Pagés que participa en un proyecto de acercar el baile a los colegios cuenta que cuando les preguntan a los niños de Educación Primaria qué es el flamenco no encuentran respuestas. Los pequeños ni saben lo que es, ni les suena, ni lo han visto. Lo confirma Carrasco: “Antes se oía en la radio, se veía en la tele. Ahora...”. Ansa habla de identidad, ella es de Errenteria (Gipuzkoa) y llegó a la danza a través de la dantza, de los bailes euskaldunes. Esto está en vías de desaparecer, y si no se impulsa, no se renueva el público.

Otro momento de los encuentros del martes por la tarde en Fuenlabrada (Madrid).
Otro momento de los encuentros del martes por la tarde en Fuenlabrada (Madrid).Samuel Sánchez

Transportistas, bailarinas y community manager. Autogestión mal entendida, pero pasa por ser la clave de su supervivencia. La situación es tan precaria que aunque hayan sido galardonadas con Premios Nacionales y estén manteniendo, no sin dificultad, una compañía ellas son sus diseñadoras de vestuario, de carteles si hace falta, sus agentes de viajes y cualquier otra profesión que gire en torno a la danza. Cuenta María Moreno cómo se siente cuando a veces desde los teatros en los que actúa le mandan ese mensaje de “hay que mover la taquilla”. La mayoría asienten, les suena familiar. No solo tienen que bailar y crear, también mover la taquilla.

Tirón de orejas para los medios de comunicación. Resulta paradójico precisamente aquí, pero también exigen más espacios, más promoción, más difusión. Vuelve a ser la pescadilla que se muerde la cola: aparecer en radio, televisión o prensa escrita atrae público y es cierto que la danza ocupa muy pocos minutos y palabras en cualquiera de los medios generalistas.

Vulnerabilidad del sector. “No se creen la danza”, resumía Sol Picó. El objetivo de estos encuentros es hallar una voz común, un espacio común, una fuerza colectiva para no luchar contra las dificultades individualmente y conseguir mejoras en el ámbito tributario y laboral. Plantean una reformulación del Consejo Estatal de las Artes Escénicas y de la Música para convertirlo, realmente, en una comisión asesora que pueda participar de manera decisiva en el diseño de las políticas culturales y asesorar al Gobierno promoviendo e incentivando el diálogo entre el mundo de la Danza y la Administración.

Todas coinciden que estas ideas no se pueden quedar en el aire, hay que concretarlas, hacerlas factibles y llevarlas a la práctica. El lunes harán público el manifiesto de estas jornadas.

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