Universos Paralelos
Columna
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Volviendo al ‘underground’

‘Rock progresivo español’ es un ambicioso vademécum sobre las parcelas secretas del pop español de los años sesenta y setenta

Triana, una de las bandas que menciona el libro 'Rock progresivo español', en una imagen de los setenta. De izquierda a derecha, Eduardo Rodríguez, Jesús de la Rosa y Juan José Palacios 'Tele'.
Triana, una de las bandas que menciona el libro 'Rock progresivo español', en una imagen de los setenta. De izquierda a derecha, Eduardo Rodríguez, Jesús de la Rosa y Juan José Palacios 'Tele'.

En España, como suele ser habitual, vamos a la contra. En música pop, por ejemplo. Las televisiones hacen catas en los archivos y rescatan con orgullo lo más extravagante, de los pantalones de campana a las realizaciones de Valerio Lazarov. Además, el virus del populismo mal digerido lleva ahora a reivindicar el mínimo común denominador como medida del arte pop. Y juntan todo: la canción del verano, la ruta del bakalao, la música de verbena, Operación Triunfo, la rumba noble y la rumba chunga.

Fenómenos dignos de estudio, cierto, pero que ahora eclipsan a todo lo demás: se borra todo el pop creativo, desechado por extranjerizante o clasemediero. Así que nada de rock, de cantautores inquietos, de flamenco rupturista, de fusión. Se agradece, por lo tanto, la sigilosa aparición de un tomo monumental, Rock progresivo español, del investigador sevillano Luis Clemente. Advierto que lo de “progresivo” se queda corto ante el abanico de estilos que abarcan estos 1.500 discos, más docenas de libros y revistas, todos con su portada y su comentario más o menos benévolo. Comienza en 1966, en plena era de los conjuntos, y termina en 1979, justo antes de la eclosión de la nueva ola, alías Movida.

Portada del libro 'Rock Progresivo Español', de Luis Clemente.
Portada del libro 'Rock Progresivo Español', de Luis Clemente.

El muestrario es asombroso: Clemente indaga en los surcos de artistas, a priori, poco prometedores y encuentra joyas, no necesariamente progresivas, pero sí por encima de la vulgaridad. Funcionaba el síndrome de la cara b: muchos grupos presentaban como tema principal alguna nadería impuesta por la compañía y al dorso se permitían experimentar. Uno tiene la impresión de que en aquellos años grababa todo el mundo, desde el poeta beat Carlos Oroza a la esposa del ubicuo productor García Pelayo (Tessy, que ¡interpretó una balada de Pink Floyd!). Por no hablar de la abundancia de discos de mensaje católico, a veces firmados por frailes o seminaristas; no confundir con los lanzamientos de Shalom, que procedían de la Iglesia Evangelista de Terrassa y Sabadell.

Todo era posible. Compositores como Manuel Alejandro o Augusto Algueró podían escribir para Raphael o Serrat pero también facturaban trallazos de soul. Los músicos de fuera solían tener abiertas las puertas de nuestras discográficas, incluso en el flamenco heterodoxo, desde el guitarrista londinense Ian Davies al violinista nipón Akira. A pesar de la censura gubernamental, se colaban grupos que hacían guiños al cannabis en sus nombres: Griffos o Los Kiffers (para más inri, estos barceloneses editaron el tema El sol es una droga, título con sibilina referencia al LSD).

No se crean, sin embargo, que todo aquel mundillo estaba trufado de subversivos: el locutor más in del momento, José María Iñigo, aupado por la revista Mundo Joven, ya daba muestras de su antipatía por la evolución del pop (“el underground es un camelo”). Un rechazo que no le impidió publicar Sono Control, una “revista profesional” interpretada por las disqueras como impuesto revolucionario para aparecer en sus programas de TVE.

Todas estas pequeñas revoluciones han sido olvidadas por la industria discográfica española, que en muchos casos ya no conserva los masters (¡ni los contratos!) de los artistas. Su supervivencia en la memoria es obra de coleccionistas, frecuentemente foráneos, que rescatan discos clandestinamente o reúnen información: el noruego Dag Erik Asbjornsen exploró minuciosamente la parcela spanish en su enciclopédico recorrido por el progresivo europeo, Scented Gardens of the Mind. Algunos discos se han reeditado ¡en Corea!. Bichos exóticos como Elkin & Nelson, colombianos producidos por Juan Pardo en clave de latin rock, han tenido una segunda vida como llenapistas en la era del balearic beat.

Rock progresivo español, el libro que hoy celebramos, amplía las fronteras de un territorio musical hoy ignominiosamente ignorado. Con sus cerca de dos mil portadas, funciona como guía de escucha (y no se pierdan el repaso a los desdichados libros que entonces se publicaban). Se trata, dados sus planteamientos y dimensiones, de un tomo autoeditado y vendido directamente por el autor. Una heroicidad.

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