Mísia: “He vivido siempre desgarrada, en los extremos. Es una cosa terrible pero quizás ahora con la enfermedad me siento más equilibrada”

La cantante que renovó el fado relata en sus memorias un viaje constante entre el cielo y el infierno: aplauso internacional, desdén de su país, un marido maltratador e intentos de suicidios. Su nuevo disco da la bienvenida a un tiempo de serenidad

La cantante portuguesa Mísia, en el hotel Verride de Lisboa, a comienzos de julio.
La cantante portuguesa Mísia, en el hotel Verride de Lisboa, a comienzos de julio.JOAO HENRIQUES (JOAO HENRIQUES / EL PAIS )

En los 67 años de vida de Susana María Alfonso de Aguiar hay 30 años de carrera como Mísia, una exploradora artística, que lo mismo cantaba con Iggy Pop que letras de José Saramago. Renovó el fado, le abrieron los grandes teatros del mundo y la ignoraron en su país. Animal sentimental (Oficina do livro) es el título de sus memorias, que hoy se presentan en la FNAC del Chiado, en Lisboa, y de su nuevo disco, una producción del sello alemán Galileo, que incluye versiones de un poema de Lídia Jorge y temas de Rodrigo Leão, Violeta Parra, Tiago Torres da Silva y Luis Eduardo Aute. En el libro afloran placeres y heridas igual de grandes. Tras sobrevivir a la violencia de género, dos intentos de suicidio y un cáncer recurrente, habla como una mujer libre. Dicen que ya no canta el fado, sino que canta su vida.

Pregunta. Ha realizado un largo camino hasta hacer las paces con la vida y con la muerte.

Respuesta. Sí. Y a veces es más interesante hacer el camino que llegar. Aún estoy haciendo el camino. La vida y la muerte forman parte de un todo. En mi caso la reconciliación con la vida hace que la presencia de la muerte no sea tan inquietante como hace unos años.

P. En el libro relata su experiencia oncológica de los últimos años. ¿Hay alguna cosa buena que le haya dado el cáncer?

R. Muchas. Una manera de ver la vida en muchos aspectos mejor, muchas revelaciones de cosas y simbolismos de los que antes ni me daba cuenta y una importancia enorme a los pequeños milagros cotidianos.

En Portugal sufría invisibilidad y falta de respeto. Durante mucho tiempo yo hacía un paralelismo entre ser mal amada en mi país y ser mal amada en mi infancia

P. La conquista de los ahoras.

R. Sí, la secuencia de los ahoras también.

P. Es hija de española y portugués. En cierto momento escogió ser portuguesa.

R. Nací y viví en Oporto hasta los 20 años, tenía muy claro que era portuguesa interiormente, pero había tantas llamadas de Cataluña, la tierra de mi madre y mi abuela, y lo bien recibido que fue mi trabajo en España, que tuve titubeos. Cuando me fui de Portugal entendí que era más portuguesa que nunca. Regresé tras unos años en Barcelona y Madrid por la cuestión de pertenencia y el hecho de no ser bien recibida en mi país me hizo mucho daño. Tenía éxito y prestigio cultural en el extranjero, donde llevé el fado a lugares donde no se había cantado nunca como salas de ópera, mientras que en Portugal sufría invisibilidad y falta de respeto. Ahora ya me he apartado de ese dolor, pero durante mucho tiempo yo hacía un paralelismo entre ser mal amada en mi país y ser mal amada en mi infancia.

P. ¿Llegó antes de tiempo?

R. Eso dicen algunos críticos.

P. Hoy hay fadistas con una estética no fadista.

R. Hoy hay voces extraordinarias, pero digo voces… El nuevo fado no consiste en que alguien sea joven y se vista de forma moderna, hoy día incluso puede enseñar la ropa interior mientras canta a Camões, pero no es eso. Paulo Bragança y yo hicimos algo mucho más subversivo, teníamos una visión, no solo era poner una batería y vestirse moderno, trabajábamos con poemas, a veces ahora no se trabaja tanto el contenido, hay más una banalización en el fado. Son cosas diferentes el entretenimiento y el arte y la cultura, casi como oficios distintos.

P. ¿Cree que hoy habría generado una respuesta distinta?

R. No se habrían escandalizado con muchas cosas, no solo por el paso del tiempo, también porque hay internet, canales extranjeros. Yo soy muy cosmopolita, si canto fados es para poder comunicar con el mundo. A la mayoría de las personas que les gustaba mi voz, recibían un shock cuando me veían. Se empezó a decir que yo era solo marketing e imagen. Era una mujer sola sin ninguna validación masculina, en aquella época casi todas las fadistas estaban casadas con un guitarrista o eran protegidas por el dueño de una televisión o de una casa de fados o por los dos jomeinis del fado, digamos así, Carlos do Carmo y João Braga.

P. Iba por libre.

R. Yo no fui a pedirle permiso a nadie, no miré si era prematuro, estaba concentrada con mi esencialidad artística y convencida de que si daba lo mejor de mí me aceptarían y fue al revés. Cuando cantaba en España decían Mísia, mitad española, mitad portuguesa, mientras que en Portugal me llamaban la fadista japonesa porque tenía éxito en Japón.

Carlos Saura me propuso [para participar en la película ‘Fados’], pero la persona que hacía la programación dijo que no y Saura tuvo que aceptarlo

P. Era más fácil comprar sus discos en Osaka que en Oporto.

R. Durante más de 20 años mis discos no estaban en ninguna tienda de Portugal y no tenía agente artístico que me diera conciertos. Estaba considerada como una persona difícil porque no sabían en qué cajón guardarme y entonces lo mejor fue la invisibilidad, y yo tuve que acostumbrarme a eso. Si no fuera por los contratos en el extranjero, habría desaparecido artísticamente.

P. En el libro cuenta que fue vetada para la película Fados a pesar de que su director, Carlos Saura, la quería.

R. Fui vetada para eso y para otras cosas porque los patriarcas del fado tenían mucho poder. Al revés de lo que ocurrió con Flamenco, porque Carlos Saura entendía de flamenco, tuvo que ser aconsejado porque no entendía de fado, fue un encargo del ayuntamiento. Carlos Saura conocía a Amalia Rodrigues, que está súper mal tratada en la película, y me conocía a mí y me propuso, pero la persona que hacía la programación dijo que no y Carlos Saura tuvo que aceptarlo. Visto el resultado de la película, estoy feliz de no estar en ella, y no lo digo resabiada.

P. Leyendo el libro da la sensación de que su vida ha sido un ir y venir entre el cielo y el infierno.

R. He vivido siempre desgarrada, en los extremos. Es una cosa terrible pero quizás ahora con la enfermedad me siento más equilibrada. Antes lloraba casi todos los días, aunque no se notaba por fuera. Tengo un lado almodovariano, cabaretero y teatral pero por dentro va la procesión, creo que es elegante ahorrar el dolor a los demás. Soy capaz de fingir muy bien y esas mentiras forman parte de mi verdad, revelan lo que yo soy. No he tenido calma nunca.

P. Hasta ahora.

R. Ahora tengo una calma envenenada, pero sí.

Mi exmarido tenía cuentas pendientes con la personalidad de su madre. Le gustaba mi poderío, mi frontalidad y mi poder de afirmación, pero era lo que después quería doblar y quebrar

P. Dice que ha escrito sin hacer ajustes de cuentas. ¿Es por eso que no da nombres de las personas que le hicieron daño?

R. Todos tenemos derecho a nuestra patología. Y si esas personas tienen su patología y su patología a mí me ha hecho daño, la mía ha permitido que me lo hicieran. Creo que no tengo derecho a juzgar y sería indigno hacia mí misma la venganza.

P. Pero también dice que escogió mal a sus amores.

R. Escogí muy mal, mis casting mistakes, como yo les llamo, y eran siempre todos iguales, muy atractivos por fuera y por dentro… pero es así la vida. Mi problema es que yo repetía el modelo de mi infancia, por eso me dejé atrapar por esas personas.

P. Vivió una relación en la que sufrió maltrato.

R. Es la primera vez que lo digo.

P. ¿Por qué necesitó hacerlo ahora?

R. Creo que las mujeres con aire de fuertes e independientes a veces somos las mayores víctimas porque hay un tipo de hombres que no nos soportan, aunque se sientan atraídos. Mi exmarido tenía cuentas pendientes con la personalidad de su madre. Le gustaba mi poderío, mi frontalidad y mi poder de afirmación, pero era lo que después quería doblar y quebrar. Hay muchas mujeres fuertes y frágiles, por ejemplo Tina Turner, que somos la diana de ese tipo de hombres.

P. ¿Cómo ve a la sociedad portuguesa respecto a la concienciación con la violencia machista?

R. En la portuguesa, la española, la mexicana… sigue habiendo muchas muertes. La violencia forma parte de una educación que habría que trabajar desde el colegio. Por ejemplo, hoy se accede con gran facilidad a películas pornográficas que vehiculizan una imagen de una mujer como un objeto con agujeros, eso somos nosotras en las películas pornográficas que los adolescentes ven. Para que ellos entiendan que ese no es el modo de tratar a sus novias… hay muchas cosas que arreglar, no solo en las leyes, también en la práctica.

P. Vistos desde ahora, ¿qué reflexiona sobre sus dos intentos de suicidio?

R. Fue bastante inconsciente. Yo, que desde pequeña he pensado en la muerte, el día que pensé en suicidarme no pensé ni en cómo quería ser enterrada. Queda extraño decirlo, pero el momento desde que tomé los medicamentos hasta que me dormí fue de los más felices de mi vida. Ahora no lo haría. La segunda vez fue como una reverberación de la primera, un trabajo sucio, mal hecho, una chapuza. Salí del cuarto de baño de la estación [donde intentó colgarse] de una autopista alemana toda avergonzada pensando en el trabajo que estaba dando a todas aquellas personas. En el suicidio también quería ser educada y correcta. Pero la primera vez fue de verdad y una inconsciencia, no un acto pensado. Mi psiquiatra dijo que fue un suicidio de inscripción, para inscribirme en la vida de mi madre, mi padre, del público portugués, para existir verdaderamente. Consideraba que era transparente, que no me veían. Tenía valor para mí colaborar con William Christie, que es un dios de la música barroca, o la actriz Fanny Ardant, pero lo que yo quería era que mi vecina portuguesa me quisiera y me aceptara. Cualquier cosa venida de Portugal me ponía en el cielo o en el infierno.

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Tereixa Constenla

Corresponsal de EL PAÍS en Lisboa desde julio de 2021. En los últimos años ha sido jefa de sección en Cultura, redactora en Babelia y reportera en Andalucía. Es autora del libro 'Cuaderno de urgencias'.

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