DESDE EL PUENTE
Columna
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La condena de cumplir 40 años

¿Dónde estabas aquella tarde del golpe de Tejero? Esta pregunta marcó un antes y un después en la política y en la sociedad española

Antonio Tejero irrumpe, pistola en mano, en el Congreso de los Diputados el 23 de febrero de 1981.
Antonio Tejero irrumpe, pistola en mano, en el Congreso de los Diputados el 23 de febrero de 1981.MANUEL P. BARRIOPEDRO (EFE)

El día en que Miguel cumplió 40 años los almendros estaban en flor y el teniente coronel Antonio Tejero acababa de perpetrar un frustrado golpe de Estado. Estos dos sucesos fueron un parteaguas en la vida de nuestro héroe. Nada sería igual en adelante. La lluvia caería ya para siempre de este lado del tejado. Durante el Gobierno de Adolfo Suárez hubo un periodo de acracia en este país en el que nadie se atrevía a prohibir nada por miedo a que lo llamaran fascista. Prohibido prohibir, era la consigna que venía del Mayo francés. Como los compañeros de su generación, Miguel también se había inventado una libertad a su medida, a caballo de una yegua que iba desbocada hacia ninguna parte. Pero aquel día en que cumplió 40 años se escrutó el rostro en el espejo mientras se afeitaba y aunque nada parecía haber cambiado por fuera, Miguel aceptó con resignación que había dejado de ser joven solo por el hecho de haber cumplido 40 años, una edad que marca una divisoria maldita en tu vida, en la que se descubren las primeras canas y un extraño velo en la mirada. Ahora desde el cuarto de baño oía a su mujer que regañaba a su hijo en la cocina y gritaba al padre que se apurara porque tenía que llevarlo al colegio.

¿Dónde estabas aquella tarde del golpe de Tejero? Esta pregunta marcaba un antes y un después en la política y en la sociedad española. Los reaccionarios lo habían intentado todo para derribar la naciente democracia hasta llegar a recurrir al ejército; pero ante el fracaso del 23- F la extrema derecha decidió entrar en política no con los sables, sino a través de las urnas y las instituciones. Tejero, pistola en mano, había gritado en el Congreso: “Quieto todo el mundo”. Los diputados se tiraron al suelo, pero pasado el peligro, como reacción a esa orden de que no se moviera nadie, en Madrid una pequeña tribu de jóvenes artistas, pintores, dibujantes, escritores, fotógrafos, cineastas, modistos y diseñadores que se habían negado a andar a cuatro patas inauguró una nueva manera de ser y estar en este mundo. Eso fue la Movida, que en el fondo consistía en no estarse quieto.

De pronto, la modernidad irrumpió como un oleaje con toda la furia contra las mohosas escalinatas de la patria. Las noches de Madrid se poblaron de jóvenes tarzanes de lino, de libélulas y de ciervos de 14 puntas, de cisnes y pavos reales que bajaban por el paseo de Recoletos a sentarse en las terrazas para reflejarse en la piel de otro. La cultura se había convertido en un cómic. Una generación de jóvenes estaba haciendo estallar bragas y braguetas en las esquinas iniciáticas, en los descampados de los polígonos de extrarradio, en los túneles, en el suburbano. Algo inaprensible había en el aire que podía hundirte o salvarte.

La fiesta que había sucedido antaño en la vía Veneto de Roma, en el bulevar Saint-Michel de París, en la Washington Square de Nueva York o en el Piccadilly Circus de Londres se había trasladado a Madrid como rebufo del golpe de Estado. Distintas bandadas de aves torcaces volaban por la ciudad a ras del asfalto y ponían de moda transitoriamente una discoteca, una plazoleta, una taberna, un pub, un abrevadero, cualquier lugar donde se posaban. A nuestro héroe la movida lo pilló con el pie cambiado. Tener 40 años le obligaba a contemplar ese desfile desde la orilla. De nuevo tenía la sensación de que había nacido demasiado pronto.

Miguel había recibido el primer aviso de que estaba fuera de contexto cuando decidió asistir al concierto de los AC/DC en el pabellón del Real Madrid una noche de enero de 1981, donde fue arrollado por sucesivas oleadas de búfalos del sur con sus chupas de cuero duro llenas de chinchetas, garfios e imperdibles, que avanzaban hacia el norte del paseo de la Castellana y derribaban las vallas bajo las ráfagas de luz cobalto de los furgones de la policía. En ese tiempo Miguel se sentía alimentado todavía por el saxofón de John Coltrane, por la trompeta de Miles Davis; asistía a los conciertos de Serrat, de Raimon, de Miguel Ríos, de Víctor Manuel y de Aute con los que se sentía solidario. Por otra parte, a los 40 años había empezado a leer En busca del tiempo perdido y le estaba costando desenredar cada hilo interminable de aquel capullo de oro podrido. A los 40 años Miguel empezó a sentir en sus labios el sabor a la magdalena de Proust mojada en la infusión de manzanilla y, por primera vez, se vio subido en aquel tiovivo de la feria del pueblo y experimentó el suave placer que provoca la memoria fermentada de la niñez. Todos los días, al llevar a su hijo al colegio, Miguel tenía la sensación de que los buenos tiempos ya estaban en el otro lado del parteaguas. Eso pensaba mientras observaba al trasluz la pelusilla que le estaba creciendo al chaval en el bigote.

Continuará

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Sobre la firma

Manuel Vicent

Escritor y periodista. Ganador, entre otros, de los premios de novela Alfaguara y Nadal. Como periodista empezó en el diario 'Madrid' y las revistas 'Hermano Lobo' y 'Triunfo'. Se incorporó a EL PAÍS como cronista parlamentario. Desde entonces ha publicado artículos, crónicas de viajes, reportajes y daguerrotipos de diferentes personalidades.

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